Hay una verdad que muchos en Bruselas y en Madrid se niegan a aceptar: la única respuesta que Marruecos entiende es la firmeza y la mano dura. Punto. No hay matices. No hay espacio para la ambigüedad. La diplomacia europea ya ha definido sin ningún tipo de cortapisa como ataque híbrido el asalto a la frontera de Ceuta. Ayer, el Partido Popular presentó una propuesta que coloca a Rabat contra las cuerdas. Exige que cumpla de forma estricta sus compromisos de control fronterizo y cooperación en materia de retornos. Califica de inaceptable cualquier provocación que ponga en duda la soberanía española sobre la ciudad autónoma.
Suena bien. Sin embargo, las palabras, por sí solas, ya no bastan. Porque Marruecos ha aprendido, con el tiempo, que puede apretar sin consecuencias. Que puede permitir que miles de personas crucen la frontera en cuestión de horas. Que puede mirar hacia otro lado mientras las redes de tráfico de personas operan a plena luz. Que puede utilizar la migración como moneda de cambio en negociaciones comerciales o pesqueras. Y lo hace. Una y otra vez.
El debate sobre la respuesta que debe dar la Unión Europea ha puesto al descubierto la profunda brecha doctrinal que separa a los grupos de la Eurocámara. La vertiente más dura reclama devoluciones inmediatas y masivas. Las filas socialdemócratas apelan al derecho internacional y comunitario para frenar las propuestas de expulsión en caliente.
Pues bien. Ahí está el error porque el problema de fondo no es el tono del comunicado. Ni la dureza de las palabras. El problema es que la Unión Europea sigue manteniendo vigentes los acuerdos con Marruecos. Y mientras eso siga así, el reino alauí seguirá teniendo la sartén por el mango. Por tanto, la firmeza no es una opción. Es una obligación porque mientras la Unión Europea mantenga vigentes los acuerdos con Marruecos, Rabat seguirá sabiendo que, pase lo que pase, los fondos europeos seguirán llegando, que los acuerdos pesqueros se renovarán, que las cumbres bilaterales se celebrarán con alfombra roja. Eso es lo que debe cambiar.
Lo que está en juego no es solo la gestión de un flujo migratorio puntual, es la credibilidad de la Unión Europea como potencia geopolítica. Si Bruselas no es capaz de responder con firmeza ante lo que sus propios diplomáticos definen como un ataque híbrido manda un mensaje de debilidad a sus socios.
Marruecos lo sabe. Y por eso juega al borde del precipicio. Por eso permite, cuando le interesa, que las fronteras se conviertan en un colador. Por eso utiliza la migración como moneda de cambio en negociaciones que van mucho más allá de Ceuta o Melilla. La firmeza, la mano dura y las sanciones son el único mensaje que Rabat entendería sin ambigüedades. No se trata de castigar al pueblo marroquí, que bastante tiene con tener a un autócrata en el poder. Se trata de dejar claro que la Unión Europea no es un socio al que se pueda chantajear, que hay líneas rojas que, de ser cruzadas, tienen consecuencias y que la guerra híbrida no puede quedar impune, como no quedó impune la invasión de Ucrania por parte de Rusia.
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