La derecha ganó la batalla cultural de la meritocracia

La meritocracia nació como una aspiración profundamente democrática vinculada a la igualdad de oportunidades. Sin embargo, con el paso del tiempo ha terminado convirtiéndose también en un relato que permite explicar desigualdades complejas

11 de Octubre de 2026
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La derecha ganó la batalla cultural de la meritocracia

Existe una victoria cultural de la derecha que no ocupa grandes titulares y que, sin embargo, probablemente haya resultado más influyente que muchas reformas legislativas o campañas políticas. Se trata de la capacidad de haber instalado una determinada manera de interpretar el éxito y el fracaso, una forma de observar la sociedad que atraviesa fronteras ideológicas y que ha terminado siendo aceptada incluso por personas que se consideran progresistas.

La idea es aparentemente sencilla. Vivimos en una sociedad donde quien se esfuerza progresa y donde quien alcanza posiciones de privilegio lo hace fundamentalmente gracias a su trabajo, a su disciplina o a su talento, del mismo modo, las dificultades para avanzar suelen interpretarse como una consecuencia de decisiones individuales equivocadas, de una insuficiente capacidad de sacrificio o de una falta de iniciativa personal.

A primera vista, el planteamiento resulta razonable, el esfuerzo importa, el talento existe y la dedicación influye. Negarlo sería absurdo. Sin embargo, la cuestión verdaderamente interesante no consiste en discutir algo tan evidente, sino en preguntarse por qué una sociedad que reconoce sin dificultad la existencia de profundas desigualdades económicas, educativas o territoriales parece sentirse cada vez más incómoda cuando se le invita a reflexionar sobre el peso real de esas desigualdades en las trayectorias personales.  La gran victoria cultural de la meritocracia no ha sido convencer a la sociedad de que el esfuerzo importa, la gran victoria ha consistido en conseguir que muchas veces dejemos de hablar de cualquier otra cosa.

Dejamos de mirar las condiciones de partida

La paradoja resulta especialmente llamativa porque la meritocracia nació como una idea extraordinariamente igualitaria. Su propósito original no consistía en justificar privilegios, sino en combatirlos, lo que pretendía era construir una sociedad donde el origen social, la fortuna familiar o el apellido influyeran cada vez menos en las oportunidades disponibles para cada individuo.

Durante buena parte del siglo XX, esa aspiración acompañó la expansión educativa, el fortalecimiento de los servicios públicos y la construcción de sociedades más abiertas y más dinámicas. La promesa era sencilla y poderosa al mismo tiempo. Si todos disponían de oportunidades semejantes, el esfuerzo individual podría convertirse en un mecanismo razonablemente justo para distribuir recompensas.

Sin embargo, algo parece haber cambiado en las últimas décadas. Allí donde antes se analizaban las diferencias de partida, hoy se observan sobre todo los resultados; donde antes se discutía cómo ampliar oportunidades, cada vez se habla más de responsabilidades individuales y, allí donde antes existía una preocupación constante por las desigualdades estructurales, hoy encontramos con frecuencia una narrativa que presenta el éxito o el fracaso como el reflejo casi perfecto de las virtudes o defectos de cada persona. Lo llamativo es que esa transformación se ha producido precisamente en una época en la que abundan las evidencias sobre la persistencia de importantes desigualdades sociales.

La herencia invisible

Cuando se habla de privilegios heredados, muchas personas imaginan grandes fortunas familiares, apellidos ilustres o patrimonios multimillonarios. Sin embargo, la realidad suele ser bastante más sutil y, precisamente por eso, mucho más difícil de detectar. Hay una herencia económica, por supuesto, pero también existe una herencia cultural, una transmisión de bienes materiales, pero también una transmisión de conocimientos, de contactos, de expectativas y de seguridad vital que condiciona profundamente las trayectorias futuras.

Dos estudiantes pueden sentarse en la misma aula y escuchar las mismas explicaciones. Sin embargo, llegar a ese aula en condiciones comparables resulta mucho menos frecuente de lo que solemos imaginar. No tienen por qué compartir las mismas expectativas familiares, ni el mismo acceso a recursos culturales, ni el mismo entorno de apoyo, ni la misma tranquilidad económica para afrontar sus decisiones futuras yalgo parecido ocurre en el ámbito profesional. No todos los ciudadanos acceden a las mismas redes de contactos, no todos reciben la misma orientación ni todos cuentan con las mismas referencias ni con idéntica capacidad para asumir riesgos. Y, sin embargo, una parte creciente del relato público sigue comportándose como si todo comenzara de nuevo cada vez que alguien se incorpora al mercado laboral.

Hablar únicamente del mérito individual permite ignorar cómodamente la enorme influencia que siguen teniendo factores sobre los que nadie ha ejercido jamás ninguna capacidad de elección.

El éxito como demostración moral

Quizá una de las consecuencias más interesantes de este cambio cultural sea la progresiva transformación del éxito económico o profesional en una categoría moral. Cuando alguien alcanza posiciones destacadas, tendemos a interpretar ese recorrido como una demostración de sus capacidades personales. La conclusión suele aparecer de manera casi automática. Si ha llegado lejos será porque se ha esforzado más, porque ha tomado mejores decisiones o porque posee unas cualidades especiales que explican sus resultados.

Sin embargo, la lógica raramente funciona en sentido inverso, resulta mucho menos habitual preguntarse hasta qué punto quienes encuentran dificultades para avanzar están soportando cargas adicionales, limitaciones estructurales o desventajas acumuladas que escapan por completo a su responsabilidad individual. No se trata de negar la autonomía de las personas ni de convertirlas en víctimas pasivas de las circunstancias. Se trata simplemente de aceptar que la libertad humana siempre se desarrolla dentro de contextos concretos y que esos contextos importan mucho más de lo que a veces estamos dispuestos a reconocer.

Por eso resulta tan relevante discutir el relato meritocrático dominante. No porque el mérito carezca de valor, sino porque ningún mérito puede entenderse al margen de las condiciones en las que se desarrolla.

Recuperar la conversación sobre la igualdad

Una democracia avanzada necesita reconocer el talento, premiar el esfuerzo y valorar la responsabilidad individual. Pero también necesita algo más. Necesita mantener viva una conversación honesta sobre las oportunidades reales de sus ciudadanos y sobre las barreras que continúan limitando el acceso a esas oportunidades.

Cuando esa conversación desaparece, las desigualdades dejan de percibirse como problemas colectivos y comienzan a interpretarse exclusivamente como experiencias individuales. En ese momento, la política pierde capacidad para transformar la realidad porque deja de preguntarse por las causas profundas de los problemas y se limita a juzgar los resultados. La igualdad de oportunidades deja de ser una herramienta de transformación social cuando se convierte únicamente en una consigna repetida hasta vaciarse de contenido.

Quizá por eso convenga recuperar una idea que durante demasiado tiempo pareció obvia. El mérito existe. El esfuerzo importa, el talento cuenta, pero ninguna de esas afirmaciones debería impedirnos reconocer otra realidad igualmente evidente, las condiciones de partida siguen teniendo una influencia enorme sobre nuestras posibilidades de éxito. Y mientras eso siga siendo así, una sociedad democrática no debería conformarse con celebrar a quienes llegan más lejos, también debería preguntarse por las razones que explican por qué algunos parten mucho más cerca de la meta.

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