Cuando la economía necesita enemigos: así se explica la nueva fiebre armamentística en Europa

Detrás del aumento histórico del gasto militar hay una lógica económica importada de EE. UU.: la guerra como estabilizador del sistema. Un análisis incómodo que explica por qué el rearme ya es estructural

02 de Enero de 2026
Actualizado el 08 de enero
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Ursula von der Leyen y Donald Trump | Foto: The White House / Daniel Torok

La carrera armamentística europea no puede entenderse hoy como un fenómeno autónomo, nacido exclusivamente de la guerra en Ucrania o del deterioro de las relaciones con Rusia. Es, en gran medida, el reflejo continental de una dinámica estructural más profunda, incubada durante décadas en Estados Unidos y ahora exportada por presión estratégica, dependencia industrial y contagio político al conjunto de Occidente.

Desde hace al menos un cuarto de siglo, Estados Unidos gravita hacia el conflicto armado con la regularidad de una ley física. Afganistán, Irak, Siria y Libia no fueron anomalías, sino estaciones de un itinerario previsible. Lo sorprendente no es la persistencia de esta pulsión bélica, sino su coexistencia con una sociedad exhausta de guerras, un Estado hiperendeudado y una economía que ha perdido buena parte de su base industrial y cohesión social. Washington parece condenado a prepararse para guerras que no desea y que, en términos estrictamente materiales, está cada vez peor preparado para librar.

La paradoja es evidente. La potencia militar dominante del siglo XX entra en el XXI con cadenas de suministro frágiles, manufactura externalizada y una infraestructura civil en deterioro. La capacidad para sostener un conflicto convencional prolongado es hoy más limitada que en cualquier otro momento desde 1945. Tampoco está garantizada una ventaja decisiva en los conflictos no convencionales (información, automatización, biotecnología) donde sus rivales aprenden rápido y replican aún más deprisa.

Y, sin embargo, el redoble de los tambores no se detiene.

El debate público estadounidense tiende a personalizar el problema. Donald Trump encarna el belicismo de una era, como antes lo hicieron George W. Bush o Barack Obama. Intelectuales críticos han señalado errores estratégicos, malas decisiones y arrogancia imperial. Pero este enfoque resulta tranquilizador precisamente porque evita cuestionarse sobre qué incentivos estructurales empujan sistemáticamente a Estados Unidos hacia la guerra, incluso cuando su población no la quiere.

La respuesta comienza en la transformación del modelo económico. El consumo estadounidense ya no se apoya en producción local, sino en cadenas globales controladas por corporaciones multinacionales y financiadas por bancos transnacionales. Cuando una disrupción en el estrecho de Ormuz, el mar de China Meridional o el canal de Panamá amenaza esos flujos, se presenta inmediatamente como un riesgo para la “seguridad nacional”. No porque el ciudadano medio esté en peligro inmediato, sino porque lo está el flujo de beneficios hacia los accionistas.

Decisiones empresariales orientadas al corto plazo han creado dependencias estratégicas que ahora se gestionan con diplomacia coercitiva o fuerza militar. El coste de esa fragilidad lo asume el Estado. La desindustrialización ha tenido, además, una consecuencia política decisiva: en amplias zonas rurales y postindustriales, el complejo de seguridad y defensa se ha convertido en el principal generador de empleo estable.

En ese contexto, el gasto militar se vuelve intocable. Aunque las guerras dañen la economía nacional en su conjunto, a nivel local sostienen empleos, contratos y presupuestos. Estados Unidos ha evolucionado hacia una forma de keynesianismo militar, donde la demanda ya no se crea mediante redistribución y consumo civil, sino a través de presupuestos de defensa financiados con deuda e inflación.

Es aquí donde Europa entra en escena.

La Unión Europea, durante décadas, externalizó su seguridad estratégica a Washington mientras invertía en bienestar, infraestructuras y cohesión social. Ese equilibrio se ha roto. La presión estadounidense para aumentar el gasto militar europeo no responde solo a la amenaza rusa, sino a la necesidad sistémica de sostener un modelo económico militarizado. Europa no solo compra armas: absorbe excedentes industriales, legitima presupuestos y reproduce una lógica de seguridad definida al otro lado del Atlántico.

Alemania, Francia, Polonia o España han anunciado aumentos históricos del gasto en defensa. El discurso es defensivo, pero la dinámica es estructural. Europa corre el riesgo de sustituir su antiguo keynesianismo social por una versión atenuada del keynesianismo militar estadounidense, sin contar con el músculo fiscal, la autonomía industrial ni la cohesión política que ese modelo exige.

Las grandes empresas tecnológicas y de defensa juegan un papel central. La convergencia entre tecnología, finanzas y armamento no es exclusiva de Estados Unidos. Europa empieza a replicarla, con menor escala pero con idénticos incentivos. La digitalización del campo de batalla, la automatización del conflicto y la integración de inteligencia artificial reducen los frenos humanos y políticos al uso de la fuerza.

El problema no es solo presupuestario. Es institucional. Cuando la riqueza se concentra de forma extrema, el equilibrio democrático se erosiona. El poder ya no fluye principalmente del ciudadano al Estado, sino de los mercados financieros a los gobiernos, y de estos a los aparatos de seguridad. En ese triángulo (políticos, banqueros y generales) la legitimidad civil se vuelve secundaria.

Europa observa este proceso desde una posición ambigua: dependiente de la protección estadounidense, pero cada vez más arrastrada a su lógica interna. La carrera armamentística europea no es solo una respuesta al mundo exterior; es una adaptación a un orden occidental en el que la guerra funciona como estabilizador económico de último recurso.

Estados Unidos no busca la guerra porque su población la desee ni porque sus soldados la necesiten. La guerra emerge como subproducto de un modelo económico agotado, de una desigualdad extrema y de élites que han confundido seguridad con rentabilidad. Europa, al imitar ese modelo sin cuestionar sus fundamentos, corre el riesgo de importar no solo armas, sino también las contradicciones que hacen inevitable su uso.

En un sistema así, basta un error, una escalada mal calculada, una automatización sin control, una crisis financiera, para que la militarización deje de ser latente y se vuelva abierta. La pregunta ya no es si Europa puede permitirse rearmarse, sino si puede permitirse hacerlo sin replantear el modelo que convierte la guerra en una necesidad económica.

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