La secuencia es abrupta y deliberada: un ataque militar de Estados Unidos sobre Caracas, la captura del presidente venezolano y su esposa, un balance provisional de un centenar de muertos y, apenas unos días después, el anuncio de una reunión en Washington con la principal figura de la oposición. La entrevista concedida por Donald Trump, en la que confirma el encuentro con María Corina Machado, no es un gesto diplomático más. Es una toma de posición explícita, con consecuencias inmediatas dentro y fuera de Venezuela.
Desde la Casa Blanca, Trump ha optado por un lenguaje seco, sin el envoltorio retórico de otras intervenciones exteriores de Washington. El mensaje, sin embargo, es inequívoco: Estados Unidos no solo ha intervenido, sino que administra los tiempos políticos posteriores. La reunión anunciada con Machado funciona como un acto de reconocimiento anticipado, aun sin proclamarlo formalmente.
La escena se completa con las imágenes que llegan desde Caracas. El ministro del Interior, Diosdado Cabello, cifra en cien los fallecidos “hasta ahora”. El adverbio no es menor. Introduce la sospecha de un recuento incompleto y de una violencia cuyo alcance real aún no se ha medido. La respuesta del poder chavista —la creación de una comisión de víctimas y el anuncio de un monumento conmemorativo por parte de Delcy Rodríguez— apunta más a ordenar el relato que a esclarecer responsabilidades.
Washington como actor político interno
Donald Trump no se limita a confirmar un encuentro. En la entrevista deja claro que la interlocución preferente de Estados Unidos pasa ahora por María Corina Machado. El gesto tiene una doble lectura. Hacia dentro, consolida a Machado como referencia indiscutible del bloque opositor, desplazando cualquier otra vía de mediación. Hacia fuera, envía una señal al resto de América Latina: el desenlace venezolano se gestionará desde Washington y con aliados escogidos.
Este movimiento rompe con años de ambigüedad calculada. No hay referencias a procesos electorales, transiciones pactadas ni misiones internacionales. Hay una acción militar consumada y una agenda política posterior diseñada sin intermediarios. La captura de Nicolás Maduro no es el final del conflicto, sino su reconfiguración bajo parámetros mucho más inestables.
El impacto regional que nadie controla
Las reacciones en la región no se han hecho esperar. El presidente colombiano, Gustavo Petro, reconoce que su propio futuro político queda condicionado por las decisiones de Trump y admite haber temido una extensión militar hacia su país. No es una hipérbole. Es la constatación de que la lógica de bloques vuelve a imponerse en un continente que creía haber dejado atrás las intervenciones directas.
Venezuela se convierte así en un precedente peligroso. No por la caída de un régimen exhausto, sino por el método empleado y por la rapidez con la que se normaliza el uso de la fuerza como palanca de reorganización política. La comisión de víctimas anunciada en Caracas, sin participación internacional independiente, difícilmente disipará las dudas sobre el número real de muertos ni sobre la proporcionalidad del ataque.
La entrevista de Trump evita cuidadosamente cualquier referencia a esas víctimas. No es un descuido: es una elección narrativa. El foco está puesto en el “después”, en la fotografía con Machado, en la promesa implícita de una nueva etapa. Pero el coste humano ya está incorporado al balance, aunque no figure en la agenda oficial.
En este nuevo escenario, Venezuela deja de ser solo una crisis nacional para convertirse en un laboratorio geopolítico. Y la pregunta que sobrevuela, sin necesidad de formularse en voz alta, es cuánto margen queda para que los venezolanos —los de a pie, los que no viajan a Washington ni hablan en VTV— recuperen algún control sobre su propio destino.