Vox también toca techo en Andalucía

El partido de Abascal gana un escaño y ya espera la llamada de Moreno Bonilla para negociar la investidura

17 de Mayo de 2026
Actualizado el 18 de mayo
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El candidato de Vox, Manuel Gavira, analiza los resultados de su partido
El candidato de Vox, Manuel Gavira, analiza los resultados de su partido

El 17M viene a demostrar que el declive del, en otro tiempo, todopoderoso PSOE de Andalucía no obedece a un accidente provocado por sus luchas intestinas. Ni siquiera a la ojeriza sanchista instalada en la sociedad o al hecho de que una exministra de Hacienda como Montero no era la candidata más simpática y seductora para el electorado. Desde hace unos años se aprecia un cambio de mentalidad entre los andaluces, una transformación sociológica en una comunidad que siempre votó izquierda y que se ha vuelto vertiginosamente conservadora. Vox bebe de esa revolución social.

En esa mutación del rojo al azul en la tierra del jornalero que siempre renegó del señorito, el mensaje duro y xenófobo del partido de Abascal ha logrado calar en ciertas clases trabajadoras, las más castigadas por la precarización, la desigualdad y la pérdida de poder adquisitivo. Sin embargo, los andaluces han hablado: el giro se ha producido hacia la derecha, sí, pero hacia un conservadurismo todavía no echado al monte, con apariencia de centrado, suavón, el que supuestamente representa Juanma Moreno Bonilla. La pretendida convulsión ultra que viene proclamando Abascal en sus mítines incendiarios no termina de arrancar. No la compra el electorado. No ocurrió en Extremadura, no ocurrió en Castilla y León y no ocurrió en Aragón. Tampoco ha ocurrido en las elecciones de este fin de semana, ya que sus resultados son más o menos similares a los pasados comicios (gana un escaño, de 14 a 15).

Es cierto que, elección tras elección regional, Vox cosecha unos buenos resultados que para sí los quisiera la izquierda cada vez más anémica de votos. Pero el sorpasso trumpista no se consuma, como sí se ha consumado ya en otros países del entorno europeo. Vox parece haber tocado techo. Son tercera fuerza en el Parlamento andaluz, pero también lo fue Ciudadanos en las Cortes de Madrid y miren ustedes dónde terminó: en el vertedero de la historia. La política de hoy vive de lo fugaz, los proyectos son efímeros, y el votante es más bien inconstante y volátil. Vox es una moda pasajera y pasará. Hoy por hoy, los ultras pescan adeptos para su proyecto sectario y de odio en las zonas urbanas más empobrecidas como las Tres Mil Viviendas de Sevilla. También en las zonas rurales abandonadas a su suerte. La inseguridad ciudadana y el miedo a la delincuencia genera desesperados votantes capaces de abrazarse al charlatán salvapatrias. Si en los próximos años la izquierda no sabe ofrecer soluciones a zonas marginales, Vox seguirá creciendo. Ya lo dijo Gabriel Rufián: basta con “poner la oreja” en los barrios para entender que la democracia y la izquierda tienen un problema.

La pretendida revolución facha se aparca hasta dentro de otros cuatro años, pero cabe preguntarse si más tarde o más temprano terminará cuajando. La gestión de Moreno Bonilla ha sido ampliamente respaldada por los andaluces pese a escándalos como el de las mamografías. En Adamuz, escenario del trágico accidente ferroviario con 46 muertos donde se ha puesto en duda la eficacia de los servicios de emergencias de la Junta, el PP dobla al PSOE en número de papeletas. Ahora bien, ¿qué pasará en el futuro, cuando el Estado de bienestar en Andalucía entre en quiebra por la falta de inversión en lo público, las privatizaciones y los recortes a los que tan aficionado es el Partido Popular? Sin duda, Vox tendrá ahí un nicho de oportunidad. Quizá dentro de cuatro años, si el PSOE no remonta el vuelo y recupera parte de su histórica hegemonía, el partido de extrema derecha podrá recoger su ansiado cosechón de votos labrado en el odio a la democracia, la rabia antisistema y la desafección de la izquierda. Pero el poder, de momento, queda lejos. Así las cosas, al partido de Abascal no le queda otra que seguir con el mismo rol de hasta ahora: bloquear y hacerle sudar sangre al PP en las comunidades autónomas donde ya no le da para las mayorías absolutas. Manuel Gavira, el candidato voxista, se lo dejó muy claro anoche a Moreno Bonilla: va a montarle un buen pollo, nunca mejor dicho, en las negociaciones. Nunca una investidura saldrá más cara.

Vox no tiene programa ni lo necesita; tampoco cuenta con cuadros preparados ni estructura de partido como sí disponen el PP y el PSOE. Pero ya aglutina poder suficiente como para influir en la agenda política. Todo apunta a que Moreno Bonilla tendrá que pasar por el aro ultra como ya pasaron antes sus homólogos Guardiola, Mañueco y Azcón en Extremadura, Castilla y León y Aragón. El presidente andaluz se ha pasado media campaña implorándole al pueblo que le dé un respaldo fuerte para no tener que depender de Vox. No ha sido así. Le va a tocar sentarse a negociar con la formación de Abascal. Será entonces cuando se verá lo que es el barón popular andaluz: alguien que hará lo que tenga que hacer para conservar el despacho de San Telmo. Si tiene que cerrar el grifo de las ayudas en la lucha contra la violencia machista, tal como reclama Vox, lo hará. Si tiene que bajar impuestos a los ricos en plan Milei, tal como exige Vox, lo hará. Y si tiene que asumir la “prioridad nacional” para recluir inmigrantes en el gueto, según la filosofía voxista, lo hará. Lo que haga falta para seguir siendo el presidente. Conviene no olvidar que fue el primer político de este país que pactó con Vox en el año 2018. Lo hizo entre bambalinas, casi en secreto y con cierta vergüenza, pero lo hizo.

Los resultados de Vox, buenos para Abascal, pero no para tirar cohetes ni para organizar desfiles con rojigualdas al viento y marchas militares, también demuestran que el voto joven no es esencialmente ultraderechista, como suele darse por seguro con cierta ligereza. La izquierda a la izquierda del PSOE ha sabido organizarse (aunque a regañadientes) y ha logrado seducir a una buena parte de la juventud que aún cree en nobles ideales muy alejados de la basura populista demagógica del partido verde.

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