Unión Europea: el mito del declive

La moraleja de Molière no caduca: más peligroso que el catarro es el negocio del catarro. El declivista profesional siempre trae a mano una lavativa de titulares y una sangría de adjetivos. Y, sin embargo, Europa se levanta, paga la cuenta

09 de Enero de 2026
Actualizado a las 19:57h
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comisión europea

Desde 1983, cuando por primera vez acudí profesionalmente a Bruselas y Luxemburgo, vengo oyendo que la Unión “se va al carajo”. Lo decían cuando eran seis, cuando dejaron de ser seis, cuando nos sumaron de vecinos, cuando se cayó el Muro, cuando entraron los del Este, cuando llegó la moneda única, cuando hubo crisis y cuando hubo ataques de presuntamente amigos. A cada década, como en el Enfermo imaginario de Molière, su Doctor Diafoirus con bata impecable y latín macarrónico aparece diagnosticando: “Europa padece un colapso irreversible del sistema inmunitario; receta: enemas, sangrías y un poco más de apocalipsis”. Y Europa, como Argán, el enfermo imaginario, tomando nota de todo, asustada, hipocondríaca, convencida de que el siguiente estornudo será el último.

Lo divertido del teatro de Molière, y del de Bruselas, es que los médicos pedantes se agarran al manual y se les escapa cada vez el paciente vivo. Año 2026: Bulgaria entra en el euro, eyecta el “lev” al museo de cera y se sienta en el Consejo de Gobierno del BCE. Se ve que la moneda maldita sigue teniendo club de fans y lista de espera; no parece la sala de cuidados paliativos que nos pintan los purgadores de oficio. Allí estaban los nuevos billetes de Euro saliendo de los cajeros de Sofía el 1 de enero; por si alguien necesitaba una prueba menos conceptual.

Con Schengen ha pasado otra función digna de aplauso: Bulgaria y Rumanía, tras años en la sala de espera, terminaron la integración retirando también los controles terrestres en enero de 2025. La puerta que algunos presentaban como herrumbrosa y atrancada resultó ser automática. Más espacio de libertad, más mercado único, más normalidad cotidiana para camioneros, turistas y empresas.

Y mientras los doctores de la decadencia recetan más susto, la sala de admisiones rebosa. Nueve países están en condición oficial de candidatos, Albania, Bosnia y Herzegovina, Georgia, Moldavia, Montenegro, Macedonia del Norte, Serbia, Turquía y Ucrania. Los dos últimos han sido Ucrania y Moldavia, que abrieron formalmente sus negociaciones de adhesión en junio de 2024. No es la estampa de un sanatorio en liquidación, sino la de un hospital de referencia con lista de espera: se entra por turnos porque el quirófano tiene reglas, no porque se haya apagado la luz.

Pero la economía...”, insisten los Diafoirus del prime-time, agitando gráficos como enemas. Pues resulta que fuera de la consulta también hay vida. Canadá no sólo mantiene con la UE un buen acuerdo comercial (CETA) en vigor provisional desde 2017; además, la evaluación de 2025 de la propia Comisión constató beneficios económicos claros y un aumento notable del comercio bilateral. No suele uno pedir cita con un moribundo para ampliar negocios y acercar políticas, pero quizá en Ottawa practiquen otra medicina.

¿Y México? El diagnóstico es parecido: el 17 de enero de 2025 se cerraron las negociaciones para modernizar el Acuerdo Global UE–México y, en septiembre, Bruselas elevó las propuestas formales para firma y conclusión. Queda la coreografía parlamentaria y nacional, sí; pero el paciente, lejos de acatarrarse, amplía circulación sanguínea y capilares.

Hasta el denostado Mercosur —el santo grial del “ya si eso”— salió de la camilla: en 2025 la Comisión remitió a los Estados el paquete jurídico para la firma y conclusión (con un interino que podría pisar primero), y de ahí en adelante todo será política, gallineros y agricultores, que también tienen derecho a dormir. ¿Es fácil? No. ¿Está muerto? Tampoco. Un ejemplo es el retraso último por culpa de Francia. Es el tipo de papeleo que en la consulta de Purgon, el otro médico, se despacha con una purga; pero en democracia requiere mayor dosis de paciencia.

No me dirán que Brexit fue la demostración clínica del “sálvese quien pueda”. Ahí la obra viró al esperpento: el enfermo que se cura amputándose la pierna. A día de hoy, el regulador fiscal británico estima un daño duradero del 4% en productividad frente a permanecer en la UE, y una mayoría de británicos considera un fracaso la salida. O sea: el remedio Diafoirus produjo convalecencia larga y cojeo crónico. La criada Toinette habría tardado dos escenas en sacarlo a la luz; a falta de criada ingeniosa, los datos lo van haciendo. Lo cierto es que los que hablaban del Spain-exit o de France-exit, están negando tres veces, como San Pedro, de que nunca dijeron nada de eso.

No voy a negar que Europa tose, y de que hay aspectos en los que deberá crecer. La energía, el capital de riesgo, la demografía, la seguridad, la IA… Claro que hay achaques. Pero conviene distinguir entre el miedo del paciente y la avidez del boticario. La receta del “declive” vende columnas, conferencias y consultorías, muchas pagadas con dinero extracomunitario. Y, sin embargo, cuando se mira la historia en el tiempo, lo que aparece es un cuerpo que aumenta de talla y de sistemas circulatorios: moneda común que sigue creciendo (hola, Sofía), fronteras interiores que se disuelven (hola, Ruse y su Puente de la Amistad), acuerdos que ensancha fuera (hola, Ottawa; hola, Ciudad de México), y una cola de candidatos donde nadie se pega por salir, sino por entrar.

A veces pienso que la UE debería aprender de Béralde, el hermano que en El enfermo imaginario devuelve a Argán a la evidencia con una sonrisa cansada. Europa no necesita otro diagnóstico lúgubre en latín fachorra, sino un recordatorio en prosa: seguimos integrando, seguimos atrayendo, seguimos firmando. Los datos son aburridos, sí, pero salvan del placebo del tremendismo. Y cuando falta sentido común, aparece Toinette disfrazada de médico, llámese opinión pública, llámese elecciones, para desenmascarar al que te cobra por purgarte cada quince días.

Recuerdo 1983: España llevaba todavía el reloj de fichar en la puerta de Europa. Desde entonces, he visto a demasiados Fleurant pasar la factura de fiebres inventadas. La UE cometió errores, vaya si los cometió. Pero su trayectoria no es la del enfermo terminal; es la de un organismo que atraviesa crisis y, tozudamente, absorbe órganos nuevos sin rechazos catastróficos. Cuando los doctores de guardia anuncian “declive sistémico”, suele coincidir con que un país abre capítulo de negociación, otro quita una frontera, otro cambia de moneda, y dos socios de fuera cierran o modernizan acuerdos comerciales. No es épica: es administración, es aburrimiento productivo, es el efecto Bruselas.

La moraleja de Molière no caduca: más peligroso que el catarro es el negocio del catarro. El declivista profesional siempre trae a mano una lavativa de titulares y una sangría de adjetivos. Y, sin embargo, Europa se levanta, paga la cuenta, y se va a firmar con México; llama a Canadá para revisar política y análisis; prepara otra cama para Ucrania y Moldavia; y pone un cartel de aforo completo en Schengen justo cuando le recetan aislamiento. Si esto es “irse al carajo”, que venga Argán y me lo traduzca del latín. A mí, mientras tanto, me toca seguir escuchando, como desde 1983, a los médicos que todo lo curan con miedo y exaltaciones patrióticas, y tomando nota de que, en la calle de al lado, se siguen inaugurando alas nuevas del hospital europeo.

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