Trump ha enviado un mensaje al mundo: cuidado, que cualquiera puede seguir el mismo camino de Maduro hacia el corredor de la muerte. Y no solo los capos y señores de los cárteles de la droga. Todo aquel que no esté con él, es su enemigo. Esa es la nueva doctrina Trump, que viene a sustituir a la vieja doctrina Monroe. Su rueda de prensa en la que dio a conocer los detalles sobre la operación para derrocar el régimen chavista fue sencillamente delirante. Un sublime retrato del paleto narcisista para la posteridad. “Él y su mujer van a asumir responsabilidades”, dijo el presidente norteamericano erigiéndose, no ya en el gran gendarme del mundo, sino en el matón de barra de bar que está por encima del bien y del mal, por encima del Derecho internacional.
El magnate neoyorquino afirmó que quiere “paz, libertad y justicia para el gran pueblo de Venezuela”. Y lo dice mientras aparca la Sexta Flota frente a las costas caribeñas y envía a sus marines, con alevosía y nocturnidad, a arrestar a personas sin ninguna garantía jurídica que avale la detención. Trump es ese hombre que no necesita jueces ni leyes. Él es el juez. Él es la ley. La antítesis de la civilización. Le basta y le sobra con el cartel de Wanted. Para algo es el gran cacique global. A falta de legitimidad y de respaldo legal para su golpe a la caraqueña, su rueda de prensa fue lo de siempre, más de lo mismo. Frases rimbombantes sobre la grandeza de la nación americana, manidos clichés patrióticos y muchas mentiras. “Nadie ha podido conseguir lo que hemos conseguido, que todas las capacidades militares de Venezuela hayan sido doblegadas por la fuerza de Estados Unidos”, aseguró el inquilino de la Casa Blanca. En realidad, Venezuela no es enemigo para nadie. Y mucho menos después de que la CIA haya comprado las voluntades de los generales chavistas proclives a la traición. Nadie se cree que un puñado de marines pueda entrar en la mansión del dictador caribeño sin pegar ni un solo tiro y llevárselo detenido y esposado para Nueva York. Ha tenido que haber colaboración interna. Conspiradores, conjurados, traidores.
“Ha sido un asalto espectacular como no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial”, proclamó mientras parecía que en algún momento iban a sonar las fanfarrias del emperador. Pero más allá de las alharacas de Trump y de sus fuegos artificiales retóricos para justificar un golpe de Estado (de eso sabe mucho, ya organizó uno aquel día del asalto al Capitolio de infausto recuerdo para la democracia norteamericana), llama la atención que en su rueda de prensa haya asumido sin complejos que lo que le interesa a él no es la seguridad global, ni la paz y la estabilidad regional, ni restablecer la democracia en Venezuela colocando a un títere de su cuerda como María Corina Machado. Todo lo ha hecho por lo mismo que lo hicieron tantos y tantos dictadores a lo largo de la historia. Por riqueza y tesoros, por dinero y tierras. Por money. En este caso, por el preciado oro negro. Venezuela es uno de los principales productores de crudo del planeta y Trump no podía consentir que Maduro estuviera haciendo más negocio con Putin que con él. “Nos estaba robando el petróleo, tendrá que responder ante la Justicia”, sentenció el presidente de Trumpilandia convertido en juez y parte, además de en comisionista e intermediario, ya que a buen seguro sacará tajada de este golpe en medio de la noche y dejará que sus amigos del gremio de petroleros se lleven su parte también.
George W. Bush Junior, que era medio idiota pero no un primo, mintió con las armas de destrucción masiva para invadir Irak de modo que las grandes multinacionales yanquis pudieran explotar las reservas de crudo del maltratado pueblo iraquí. Y para convencer a la opinión pública estadounidense encargó a su lacayo general, Colin Powell, que rellenara un frasquito con el supuesto ántrax de Sadam Husein (más falso que falso) y lo mostrara ante la ONU. Este otro aprendiz de autócrata que es Trump no necesita ni siquiera una coartada convincente. Invade un país soberano, se mete en casas ajenas y declara inaugurada la gran fiesta de los vampiros trajeados de Wall Street. “El capitalismo se ha convertido en el manual del fascismo”, dice el artista y genio de la performance Paul McCarthy.
Cada frase de Trump de su estrambótica rueda de prensa es para enmarcar. Eso de que “hay mucha riqueza en Venezuela y queremos protegerla” es propio de un líder populista demagógico votado por millones de imbéciles. El charlatán no engaña a nadie. Suelta su verborrea entre los desesperados e incautos y deja que el elixir actúe, que agujeree las neuronas de la gente como un agente corrosivo. No deja de tener su gracia que se presente como el mazo contra el narcosatánico Maduro, como el gran libertador y salvador de los yonquis yanquis, cuando todo Estados Unidos es, en sí mismo, un gran laboratorio de drogas de diseño, un inmenso fumadero de opio, y quien no lo crea es que no ha visto Breaking Bad, donde se explica cómo se forja, hoy por hoy, el sueño americano. Si una simple cirugía de cataratas cuesta 5.000 dólares, una operación de apendicitis más de 10.000 y un reemplazo de rodilla hasta 50.000 machacantes, por culpa del modelo sanitario privatizado, se entiende perfectamente que los norteamericanos estén cayendo en el contrabando como forma de salir de la pobreza o en el chute barato de fentanilo para olvidar. “El dictador Maduro era el líder de una gran red de narcotráfico bastante mortífera, ha liderado el Cartel de los Soles y es responsable de la muerte de muchos americanos”, espeta Trump de dictador a dictador. Como si él nunca se hubiese relacionado con los ejecutivos agresivos del crack. Como si él no hubiese visto correr a raudales y en bandeja de plata, en las doradas fiestas de Epstein, de los brókeres y la jet, a la dama blanca dulcemente letal.