Trump y su “gran armada”: la amenaza como política exterior

Washington vuelve a exhibir músculo militar frente a Irán mientras disfraza la escalada de oportunidad negociadora

28 de Enero de 2026
Actualizado a las 11:08h
Guardar
Trump y su “gran armada”: la amenaza como política exterior
Donald Trump, presidente de los EE.UU

Donald Trump ha vuelto a recurrir al lenguaje que mejor domina: el de la fuerza. En una entrevista el presidente de Estados Unidos ha asegurado que su país tiene ya desplegada una “gran armada” cerca de Irán, incluso mayor —ha dicho— que la enviada en su día a Venezuela. La comparación no es casual ni inocente: sitúa la escena en el terreno que le resulta más cómodo, el de la intimidación convertida en relato, la amenaza presentada como diplomacia preventiva.

La declaración coincide con el despliegue del grupo de combate del portaaviones Abraham Lincoln en Oriente Próximo, una de las piezas centrales del dispositivo militar estadounidense. Oficialmente, se trata de “garantizar la estabilidad regional”. En la práctica, es una demostración explícita de capacidad de ataque, acompañada de un mensaje político dirigido tanto a Teherán como al electorado doméstico: Estados Unidos sigue mandando, aunque el orden que manda ya no sea el mismo.

Disuasión, pero con altavoces

Trump no se limita a describir un despliegue; lo convierte en espectáculo. Habla de armadas, de tamaño, de superioridad. Y, en la frase siguiente, afirma que Irán “quiere pactar”, que llama, que busca negociar. La paradoja es el método: la negociación bajo amenaza como forma de diplomacia. Un modelo que no pretende abrir espacios de acuerdo, sino imponerlos por agotamiento.

El presidente ha añadido además que, si él no estuviera en la Casa Blanca, Irán ya tendría armas nucleares. Es un argumento circular que justifica cualquier acción previa: primero se exagera el peligro, luego se presenta la fuerza como única respuesta racional. El discurso no informa, condiciona.

La región como tablero de ensayo

El despliegue naval se produce en un momento especialmente frágil para Irán, sometido a una presión interna creciente y a una economía estrangulada por sanciones. Desde Washington se lee esa debilidad como oportunidad estratégica. Desde Teherán, como prueba de que el cerco es permanente.

En este contexto, la presencia de un portaaviones no es un gesto neutral. Multiplica escenarios, reduce márgenes y aumenta el riesgo de incidentes que nadie dice querer, pero que todos parecen prepararse para gestionar. La militarización del Golfo Pérsico no es nueva, pero la insistencia en exhibirla sí marca un giro: menos diplomacia silenciosa y más ruido calculado.

Una política exterior hecha de comparaciones

Que Trump compare Irán con Venezuela dice más de su manera de entender el mundo que de la situación real. Todo es intercambiable: países, conflictos, armadas. Lo que importa es el tamaño del gesto, no su coherencia. En ese marco, la política exterior se convierte en una sucesión de pulsos, donde el ganador es quien grita más alto y despliega más rápido.

La ironía es que, mientras Estados Unidos insiste en esta lógica, el mundo se reorganiza precisamente para reducir su dependencia de ella. Pero Trump sigue hablando como si la hegemonía fuera un hecho natural y eterno, no una construcción frágil que necesita ser renovada cada día a golpe de portaviones.

Fuerza como lenguaje único

La “gran armada” no es solo una flota. Es un mensaje, un método y una advertencia. La idea de que la seguridad se garantiza acumulando poder militar sigue siendo el eje de una presidencia que confunde estabilidad con control y control con exhibición. Y mientras el presidente asegura que no quiere usar esa fuerza, la coloca exactamente donde puede hacerlo.

La política exterior estadounidense, bajo Trump, no se basa en evitar el conflicto, sino en administrarlo desde la superioridad. Y eso, más que tranquilizar, explica por qué cada despliegue se vive como el preludio de algo más.

Lo + leído