Trump borra de su agenda a Santiago "Obescal"

Vox se desmarca de la guerra que el presidente norteamericano le ha declarado al papa León y a Giorgia Meloni

16 de Abril de 2026
Actualizado a las 14:11h
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Trump y Abascal en una imagen de archivo

El autorretrato de Donald Trump como el nuevo Jesucristo que sana a los enfermos, difundido en la cuenta personal del magnate neoyorquino, ha indignado al mundo católico. El papa León le ha tenido que recordar al presidente de los Estados Unidos que “Dios está con los pobres y no con los soberbios” como él; Meloni le ha dado la espalda al millonario de Mar-a-Lago por sus despiadados ataques al Santo Padre; y la Conferencia Episcopal Española, nada sospechosa de roja woke, se desmarca del iluminado magnate. Medio mundo se aleja del gurú de la secta MAGA y hasta Vox empieza a marcar distancias con el tipo tiránico, cruel, antipático y detestado en todo el orbe.

En las últimas horas, la formación ultra ha matizado su respaldo al líder estadounidense al considerar “poco comprensibles” sus desplantes al papa y a la primera ministra italiana. Empieza la caída del ídolo con pies de barro, el declive del clown que, desde la pista circense de la Casa Blanca, se siente el amo del mundo. Varios son los factores que están llevando a Vox a reconsiderar su alianza con Trump. En primer lugar, una cuestión de pura lógica: ir de la mano con un señor tronado que se cree Dios no es buena cosa para el negocio. No da buena imagen. Despierta sospechas y recelos entre los votantes, mayormente entre los católicos practicantes (otra cosa son las nuevas sectas americanas que levantan iglesias alrededor del primer cantamañanas, charlatán o embaucador que pasa por ahí). Antes de la guerra de Irán, cuando Abascal viajaba a Washington a hacerle la pelota al jefe de la internacional neofascista y a mendigarle un puñado de criptomonedas, la farsa pasaba desapercibida. Hoy, con el mundo al borde de la Tercera Guerra Mundial, con el Estrecho de Ormuz clausurado, con el grifo del petróleo cerrado y la economía global desmoronándose con estrépito, el inmenso y truculento montaje MAGA queda en evidencia. Dígale usted a un camionero o un taxista o a un agricultor español que va a tener que pagar el litro de combustible al precio de un riñón (o que no va a poder colocar su aceite y su vino en el mercado yanqui) por culpa de los caprichos y delirios de un cateto millonario con gorra y un palo de golf. Se indigna y ya no le valen los vacuos y encendidos discursos sobre la patria. Poca broma cuando duele el bolsillo.

En segundo lugar, las encuestas no son tan positivas para Vox como hace unos meses y vaticinan que el partido verde podría haber tocado techo. Los extremeños, aragoneses y castellanoleoneses empiezan a estar hasta la coronilla del bloqueo sistemático del partido de Abascal. A fin de cuentas, una fuerza que llega a la política para destruir más que para construir no beneficia a nadie. Más allá de las soflamas patrioteras, de la nostalgia por el pasado franquista y de las divertidas conspiraciones terraplanistas y antivacunas, el ciudadano necesita funcionarios, técnicos, líderes competentes que sepan gestionar el día a día, que mantengan abiertas las escuelas y los hospitales públicos, que lleven los camiones de la basura a los barrios y los semáforos a las carreteras, calles y avenidas. Una sociedad civilizada es sentido común. Y no parece que entre los dirigentes de Vox abunde la materia gris para hacer que siga funcionando lo cotidiano. Como el partido está lleno de señoritos, ahí no trabaja ni Dios. Son buenos en lo suyo, en la zancadilla al enemigo político, en el odio antisistema, en dinamitarlo todo desde dentro. El talento de los dirigentes regionales ultras está más que acreditado cuando se trata de preparar un bloqueo o una parálisis institucional de padre y muy señor mío que ponga contra las cuerdas a los Guardiola, Azcón, Mañueco y Moreno Bonilla. Pero cuando les llega el momento de sentarse en el despacho, remangarse, coger el boli y trazar los planes concretos para organizar un pueblo, una ciudad, una comunidad autónoma o un país, los prebostes de Vox se pierden. No saben. Petan. Y lo privatizan todo en manos de los empresarios amigotes. Esa incompetencia para la gobernanza es percibida por el votante voxista algo cansado de aventuras anarcoides que empieza a añorar los tiempos del bipartidismo, cuando la vida era mucho más tranquila y no había una convulsión global cada día. El patriotismo está muy bien cuando no eres tú quien tiene que ir a la guerra. De ahí que muchos indignados ultras estén sopesando volver al PP que, aunque es lo de siempre, al menos promete algo de estabilidad y sosiego.

Y, en tercer lugar, el distanciamiento de Vox con respecto a Trump tiene mucho que ver con la coyuntura actual europea. Con Viktor Orban derrotado y Pedro Sánchez ejerciendo de gran faro y guía de las democracias occidentales frente al auge de las autocracias, seguir alineado con Patriotas, el grupo ultra-ultra fundado por el húngaro topo de Putin (con el beneplácito de Trump empeñado en liquidar la UE), es un pasaporte directo para cosechar un fracaso en las elecciones andaluzas que se avecinan y en las generales a más largo plazo.  

La decadencia del trumpismo se ha iniciado antes de lo que cabía esperar. Este extraño Cuarto Reich va a durar dos telediarios. Atrás quedan los días en que Abascal era invitado a los actos políticos del magnate neoyorquino como chico de los recados de ese país del sur de Europa llamado España. Hoy el invento del fascismo democrático inventando por el Señor Dorito colapsa y la gente confirma que más vale malo conocido que bueno por conocer. Como todo buen salvapatrias, Trump prometió a los incautos adeptos a su secta que atarían perros con longanizas y se bañarían en piscinas con champán. Pero hoy el ciudadano de la aldea global advierte que aquí solo ha ganado el falso mesías (3.500 millones de dólares más desde que estalló la guerra, según Forbes), mira a su alrededor y solo ve un mundo más negro, sirenas tronando contra ataques aéreos, genocidios, amenaza nuclear, caos y destrucción. Abascal creía que siendo el criado del triunfador llegaría antes a la Moncloa, pero ahora cae en la cuenta de que no era nadie para el amado líder, que ni siquiera sabía pronunciar su nombre (solía llamarlo Santiago Obescal) y que más temprano que tarde lo borrará de su preciada agenda privada para colgarle el cartel de loser. Vox reconfigura su GPS político, alejándose del trumpismo, para no descalabrarse electoralmente. Nadie en sus cabales vota a algo que va contra la paz, contra su propio bienestar y contra el futuro de su familia y de sus hijos. 

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