Teatrillo en el Poder Judicial

La apertura de expediente al juez Peinado, que se jubila en septiembre, no es más que una operación de cara a la galería

22 de Junio de 2026
Actualizado a las 15:08h
Guardar
El juez Peinado, que investiga a Begoña Gómez, en una imagen de archivo. El Poder Judicial le abre expediente. Foto: La Sexta
El juez Peinado, que investiga a Begoña Gómez, en una imagen de archivo. El Poder Judicial le abre expediente. Foto: La Sexta

El Poder Judicial, por fin, ha dado un serio toque de atención al juez Peinado al abrirle un expediente disciplinario por sus comentarios fuera de lugar en sus resoluciones judiciales. Esta vez su señoría había ido demasiado lejos con su extravagante justificación para retirarle el pasaporte a Begoña Gómez, esposa del presidente Pedro Sánchez: el riesgo de que la Policía pudiera prestarle ayuda para darse a la fuga. En realidad, no es la primera vez que el instructor se descuelga con alguna boutade parecida. Llovía sobre mojado, ya que el polémico magistrado ha mostrado cierta afición y querencia a lanzar metáforas, editoriales y columnas de opinión políticas en sus autos y diligencias, como cuando comparó al actual Gobierno con el régimen absolutista de Fernando VII. Al final, la imagen de una Justicia circense estaba quedando, no ya por los suelos, sino por las cloacas, nunca mejor dicho, y el CGPJ ha echado el freno.

El pasado fin de semana, Peinado obligó a comparecer ante su presencia a la primera dama para comunicarle su intención de retirarle el pasaporte. Antes la había amenazado con mandarle a la Policía y llevarla retenida (¿detenida?) si no se presentaba voluntariamente. Ambas medidas se antojaban más propias de regímenes policiales que de sistemas democráticos avanzados. Sin duda, no había ninguna necesidad de tanta puesta en escena, ya que era imposible pensar en toda una esposa del presidente del Gobierno dándose a una road movie de persecuciones, en plan Thelma y Louise, o pasando la frontera con peluca rubia, gabardina y gafas de sol, o metida en el maletero de un coche como hizo en su día Carles Puigdemont. De haber optado Begoña Gómez por poner pies en polvorosa, esa hubiese sido la definitiva prueba de cargo contra ella. Cualquier juez conducido por la racionalidad y el sentido común, por la astucia y la lógica, le hubiese permitido a la mujer del presidente seguir en posesión del cebo del pasaporte: un solo intento de fuga y estaría condenada, el sanchismo derrotado y Pedro Sánchez firmando el decreto de disolución de Cortes con convocatoria de elecciones anticipadas. 

Así las cosas, en lugar de llevar el asunto con cabeza y templanza (las dos principales cualidades de un juez), decidió que todo el peso de la ley cayera a plomo sobre la presidenta masterizada, ordenó quitarle el pasaporte (con lo que ya no podrá irse a la China comunista en viaje oficial con su marido) y hasta la conminó a fichar cada quince días en el juzgado. Demasiado ensañamiento. Cuentan las crónicas que los abogados de las asociaciones ultraderechistas, personadas como acusación particular, se orgasmeaban de gusto viendo cómo el juez aplicaba el auto de fe inquisitorial a la roja. Ni en sus mejores sueños, ni en sus más delirantes querellas basadas en simples recortes de prensa de los tabloides sensacionalistas, hubiesen podido imaginar algo así. La victoria aplastante sobre el socialismo y sus socios republicanos e indepes estaba consumada, Viva España coño, y por un momento quizá pensaron en pedirle la perpetua a BG, en vista de que el instructor estaba proclive y por la labor. Al final se quedaron en la petición de 24 años de cárcel por el cursillito universitario de marras (pena propia de asesinato), que ya iba bien servida la procesada. En mala hora se le ocurrió a esta mujer seguir con su actividad laboral.

Peinado, a punto de la jubilación (o sea que le quedan cuatro días en el convento), decidió darse el placer de ver arrodillada y a sus pies a la tótem del sanchismo, pero necesitaba un argumento jurídico sólido para retirarle el pasaporte y no se le ocurrió otra cosa que acusar a los escoltas de la policía de hipotéticos cómplices en una fuga de Begoña Gómez. Ese fue su peor tropiezo en la cadena de errores cometidos a lo largo de la instrucción. A los cinco minutos de la decisión de Peinado, los sindicatos y asociaciones policiales se le echaron encima y hasta los juristas más rancios y conservadores del país exigían una rectificación en la COPE, indignados porque se estaba manchando el honor y el buen nombre de las Fuerzas de Seguridad del Estado. El juez antisanchista por excelencia había pasado de héroe de los ultras a villano en apenas un instante, el tiempo que le llevó darle el golpe a la maza para convertir a Begoña en poco menos que una quinqui atracadora de gasolineras.  

El pollo que ha montado Peinado no tiene precedentes y amenaza con convertirse en un terremoto para la democracia. El CGPJ, máximo órgano de gobierno de los jueces, se reunió en domingo (ya tuvo que ser fuerte la cosa para que sus señorías salieran de su descanso festivo yéndose a la oficina) y esta misma mañana han tomado una decisión: abrirle expediente disciplinario al controvertido magistrado. Bien mirado, lo de arrojar sombras de sospecha sobre la Policía no deja de ser una más en un largo rosario de incidencias judiciales. Como cuando el juez más duro al oeste del Manzanares irrumpió en Moncloa, en medio de una nube de periodistas (la foto y el titular que no se pierdan), para preguntarle a Sánchez si Begoña era su mujer; como cuando dio por muerta a la primera dama; como cuando la Audiencia Provincial de Madrid enmendó las decisiones del instructor y no pocas veces; como cuando el Supremo le tiró para atrás el intento de sentar a Bolaños en el banquillo de los acusados (recuérdese que Peinado llegó a pedir una tarima para parecer más alto que el ministro durante la declaración en el palacio presidencial); como cuando el tribunal superior le recordó que “la verdad no puede conseguirse a cualquier precio”, mucho menos a costa de erosionar el derecho a la presunción de inocencia; o cuando, hace apenas dos días, imputó por error, en delitos de prevaricación y fraude a la UE, a la esposa del presidente (acto seguido rectificó, pero el daño ya estaba hecho cuando la caverna publicaba a cinco columnas que BG era también una prevaricadora). A Peinado solo le ha faltado investigar a su gran obsesión feminista por la muerte de Manolete, como sugiere el ministro Óscar Puente.

Desde abril de 2024, cuando comenzó esta extraña historia alimentada por el odio en redes sociales, ha habido muchos y más graves motivos para expedientar a Peinado que un simple desprecio mal calculado a la Policía. No se ha hecho. Ahora el CGPJ organiza una especie de sainetillo o teatro de variedades para que parezca que pone orden en este sindiós de caso que hace tiempo se fue de las manos. El paquete que le pueda caer a su señoría no servirá de nada porque se jubila en septiembre, saldrá por la puerta grande de la plaza, con las dos orejas y el rabo socialista, y todo quedará diluido. Show must go on. O sea, el cachondeo de la Justicia española.  

Lo + leído