Aznar ha vuelto a recuperar su manida frase, “el que pueda hacer que haga”, para instar a los españoles a desalojar del poder a un Gobierno legítimo como el de Pedro Sánchez. Ya lo hizo en 2023, cuando hizo un llamamiento a los jueces para que se movieran contra el sanchismo. Hoy, en pleno terremoto por la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero, el expresidente popular cree que su sentencia “cobra más sentido que nunca”. Y hasta Felipe González le compra el discurso.
Tenemos ante nosotros al Aznar más inquietante, más duro, más trumpista que nunca. El señor de la guerra está adoptando las maneras y estilos del presidente norteamericano y, al igual que él, se ha aficionado a subir contenidos a su cuenta de Instagram, como uno de esos influencers hipermotivados de la secta MAGA. En realidad, estamos ante el mismo manual de derrocamiento de gobiernos zurdo/wokes que hace tiempo patentó el xenófobo, conspiracionista e iluminado magnate neoyorquino. Recuérdese que, en plena vorágine electoral yanqui, Trump arengó a su tropa de paramilitares, decadentes vaqueros y salvajes ultras disfrazados de chamanes prehistóricos con cabeza de bisonte hasta lanzarlos contra el Capitolio. La imagen de los golpistas paseándose por los pasillos del sagrado templo de la democracia fue la más penosa de la historia de Estados Unidos. Ahora Aznar recurre también a esos mismos métodos golpistas, solo que lo hace a la española, sustituyendo el eslogan trumpista “America First” (América primero) por el de “prioridad nacional” (copiado íntegramente de Vox) y “el que pueda hacer que haga”, que es más cervantino y castizo. Pero en el fondo, el sistema es el mismo. Aznar habla de una situación “insostenible” en España e insta a “ciudadanos responsables, comprometidos, dispuestos a hacer, a actuar, a servir a nuestro país”. Solo le ha faltado pedirle a sus acólitos y correligionarios que den hasta la última gota de su sangre por la madre patria, recuperando el lenguaje franquista que el PP está poniendo tan de moda por influencia del partido de Abascal.
El pasado fin de semana tuvimos un último episodio de la febril aventura golpista que ha emprendido Aznar contra un Gobierno legítimo. Al término de la manifestación de Colón, decenas de exaltados (muchos de ellos con la bandera del pollo y coreando cánticos fascistas) se dirigieron a Moncloa para tomar el palacio presidencial por la fuerza. ¿Terminará Sánchez como Allende, refugiado en la sede gubernamental tras un montón de sacos terreros y rodeado de unos cuantos fieles defensores de la democracia? Ya no hay que descartar nada. Este país enferma por momentos. La metástasis del fascismo se extiende rápidamente por toda la sociedad, tal como se pudo comprobar durante el cálido recibimiento que la Ertzaintza dispensó a los refugiados de la Flotilla de la Libertad (cálido porque los agentes calentaron a los activistas contra el genocidio perpetrado por Netanyahu en Gaza con un celo profesional similar al que demuestran los agentes del ICE en sus cacerías contra los inmigrantes de Minesota).
“Sánchez es un peligro para la democracia constitucional española, y los españoles nos tenemos que dar cuenta de esto, porque se ha puesto la Constitución y el Estado del Derecho al servicio de los que la quieren romper”, dice Aznar. Y la pregunta no puede ser otra que: ¿acaso no es más peligroso para un país quitar y poner gobiernos desde la calle, garrote en mano y al grito de Fulano hijo de fruta? Después de ese retorno al 36, con Sánchez convertido ya en el mismísimo demonio rojo con rabo y cuernos, con la antorcha del fascismo refulgiendo en medio de la noche de la historia, solo nos queda la consternación, el miedo y la pena.
En el mundo de ayer, lo de Zapatero habría sido tomado como un asunto a tratar con la máxima prudencia y ciencia judicial hasta ser aclarado (bajo el foco de la presunción de inocencia). Hoy, ya en tiempos de la posverdad fascista, al expresidente ya lo han condenado sin que le hayan dado siquiera la opción de defenderse. Todo ello mientras la mayoría de los medios de comunicación muerden el cebo y se entregan sin pudor al aznarista lema de “el que pueda hacer que haga” (los periodistas pueden hacer y de hecho están haciendo mucho en la hora crucial de la reinstauración del autoritarismo en nuestro país). El trumpismo al que se entrega Aznar trabaja para reventar el sistema desde dentro y a fe que lo está consiguiendo en todas partes. Al exalcalde de Barcelona Trías le inventaron una cuenta en Suiza (todo era falso); a Podemos y Pablo Iglesias le inventaron otra cuenta en el paraíso fiscal de las Granadinas (falso también, aunque sirvió para destruir el partido); y al diputado podemita Urban le inventaron cuarenta kilos de cocaína (más falso que una moneda de dos caras). Hay más ejemplos de hasta dónde estamos llegando en el descenso a la cloaca y en el retroceso al Estado de derecho, como la reciente sentencia contra todo un fiscal general del Estado con la única mera sospecha de que una filtración tuvo que partir de su entorno personal. A tomar viento la Constitución, el Código Penal y las leyes procesales.
El fascismo está más fuerte y desacomplejado que nunca. Ha metido cabeza en las instituciones para convertirlas en organismos pseudofranquistas; ha tomado la judicatura; y ha conseguido convencer a buena parte del pueblo de que todo vale y de que todo es legítimo para derrocar un gobierno socialista. Se hace realidad el sueño húmedo de que una España sin rojos, limpia, católica y pura de sangre y de ideas, es posible. Aznar agita el fantasma de la revolución falangista posmoderna mientras la gente de bien calla por miedo, en la falsa creencia de que todo pasará como una mala pesadilla. El problema es que la pesadilla no pasará. Y ya nada será igual que antes.