Sesión de Control, una reunión de navajeros con traje y corbata

La primera sesión de control del curso político escenifica una escalada de la crispación donde la oposición entrecruza las sospechas de espionaje, la educación y la inmigración, mientras el Gobierno fía su supervivencia a la resistencia numantina

09 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 10:08h
Guardar
Sesión de control Sánchez
Pedro Sánchez durante la Sesión de Control

El primer día de colegio tras las vacaciones suele ser un termómetro de la convivencia, y el reencuentro en el Congreso no ha sido muy diferente. Solo que aquí no hay abrazos: hay cuchillos volando sobre la moqueta.

Quien esperara un debate serio sobre los verdaderos quebraderos de cabeza del país, esto es, la vivienda, las listas de espera en la sanidad, el ataque a Ceuta, la precariedad laboral, los salarios tercermundistas o los trenes que fallan, se equivocó de canal. Lo que vimos en la Carrera de San Jerónimo fue una pelea de barro en toda regla, un ring donde las formas saltaron por los aires a los cinco minutos. En el centro del cuadrilátero, un Pedro Sánchez parapetado en su resistencia aguantó la embestida de una oposición que disparó con todo lo que tenía a mano.

Sinceramente, dio la sensación de que las grandes cuestiones nacionales han quedado reducidas a simple munición para conseguir el titular más cañero del telediario, o para conseguir el mejor señuelo para los vídeos editados y manipulados que todos publican en sus redes sociales.

La estrategia de Alberto Núñez Feijóo fue meterlo todo en la misma coctelera: la tensión migratoria en Ceuta, las notas del informe PISA y los líos judiciales que salpican al entorno del Gobierno. Mezclar churras con merinas para construir el retrato de un Ejecutivo acorralado y sin rumbo. ¿El objetivo? Muy claro: transmitir la idea de que Moncloa ya no gobierna, solo encaja golpes.

Al final, la sesión dejó una amarga certeza: el Congreso ya no es un lugar para llegar a acuerdos, sino una máquina de picar carne política.

Tomemos la educación. El informe PISA no se debatió para ver qué falla en las aulas o cómo ayudar a los profesores. Qué va. Se usó para tirarse los trastos a la cabeza según el color político de cada comunidad autónoma. "Mis regiones sacan mejores notas que las tuyas", venían a decirse, como si la educación de nuestros hijos fuera un partido de fútbol entre partidos.

Con Ceuta pasó tres cuartos de lo mismo. En lugar de analizar con calma la geopolítica del norte de África o la presión sobre las fronteras, la conversación bajó al barro y la respuesta de Sánchez tampoco fue para tirar cohetes: se limitó a sacar pecho con las cifras de becas y presupuesto. Cifras frías que, seamos sinceros, no le quitan el miedo a nadie sobre la estabilidad en la frontera.

Por no hablar del lío del voto en el extranjero. Tras el frenazo judicial a la ley de nietos, la discusión no se centró en cómo dar garantías al censo, sino en acusarse mutuamente de querer manipular las urnas. Todo sospechoso. Todo bajo sospecha. Exactamente lo que pretende la extrema derecha que se expanda entre la ciudadanía. 

Pero más allá de los gritos de la derecha, el verdadero dolor de cabeza para Sánchez estaba un poco más cerca, en las bancadas de sus propios socios de investidura. La aritmética parlamentaria está al límite y la tensión se nota en el ambiente.

Escuchar a los aliados habituales preguntarse abiertamente en el escaño "de qué sirve seguir así" es un aviso para navegantes de los que hacen época. El Gobierno responde que se quedará hasta 2027, pase lo que pase, atrincherándose en la resistencia. Pero una cosa es resistir en el cargo porque no se tiene a dónde ir fuera de la política y otra muy distinta tener fuelle para aprobar leyes importantes. Gobernar no es solo sobrevivir a las votaciones de los jueves.

Y mientras la extrema derecha eleva el tono con discursos cada vez más duros, el clima se vuelve respirable solo para los más marrulleros. La política se ha atascado en una especie de precampaña infinita donde la propuesta moderada no vende y solo puntúa la provocación en redes sociales.

Lo más triste de la jornada fue comprobar una vez más la distancia abismal que separa la agenda de los diputados de la vida de la gente común.

Fuera del león de bronce de las Cortes, hay familias haciendo encaje de bolillos para pagar el alquiler, jóvenes que no pueden emanciparse y trabajadores atrapados en andenes por averías de transporte. Dentro, los líderes políticos se retaban a verse en las urnas y se acusaban de estar vendidos a quien haga falta.

Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo + leído