Rufián y un par de juristas valientes sostienen a Sánchez

El presidente del Gobierno insiste en agotar la legislatura pero el terremoto del caso Zapatero amenaza con dar un súbito vuelco a la historia de este país

21 de Mayo de 2026
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Sanchez con Rufián en una imagen de archivo
Pedro Sánchez y Gabriel Rufián en una imagen de archivo | Foto: PSOE

La noticia del auto de la Audiencia Nacional que imputa a Zapatero por corrupción en el rescate de la compañía aérea Plus Ultra ha sacudido como un gancho de derecha letal a los socios de Gobierno. Ayer, el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, se dejaba llevar por el desencanto más absoluto al asegurar que si el auto del juez Calama “es verdad, es una mierda, y si es mentira, es una mierda aún mayor”. El líder republicano, que estos días se está dejando la piel para ahormar una unidad de izquierdas con la que plantar cara al auge posfascista de Vox, confesó estar “jodido” y pidió explicaciones al presidente del Gobierno, explicaciones que de momento no han llegado, explicaciones para el votante progresista que sigue en shock tras el escándalo.

Rufián es la viva imagen de la sufrida persona de izquierdas que aprieta los dientes y los puños, pero que le hierve la sangre por dentro. A esta hora, no puede decirse que esté en peligro el Gobierno de coalición. Sería un fracaso, también un suicidio, para todos los partidos que han contribuido a una mayoría de progreso durante el sanchismo. En ese barco hay de todo. Viajan los que están por ideas, por compromiso social y por convencimiento político (ahí estaría la propia Esquerra, Sumar, Compromís y otros que están sufriendo el escándalo con pena y tristeza); están los que están porque siempre han jugado a dos barajas, a caballo ganador, con independencia de si gobiernan los rojos o los azules (los nacionalismos pragmáticos como el PNV, que se acuesta con todos siempre que se respete el cupo vasco); y están los que están porque lo necesitan para eludir la sombra alargada de la cárcel y del juez Llarena (véase Puigdemont). En cuanto al antisistema, disociado de personalidad mútiple y rencoroso Podemos, es difícil pronunciarse ni saber en qué bando juega realmente, más teniendo en cuenta lo que dijo ayer su líder, Ione Belarra. “De confirmarse toda esa información que hay en ese auto, es evidente que esto no se puede hacer sin el Gobierno de España, que al final esa decisión se toma desde el Consejo de Ministros. Y está completamente atado el futuro de Zapatero al futuro del Gobierno de España y del presidente del Gobierno”, dijo. Pocas declaraciones de Miguel Tellado, el mamporrero portavoz del PP, más fuertes que eso.

Zapatero es un icono y verlo salpicado por rumores de comisiones millonarias, chuscas conversaciones de empresarios sospechosos, pastizales, sociedades instrumentales y paraísos orientales resulta insoportable según el listón moral de la izquierda. Todo esto es una conmoción, un trauma colectivo, uno más para el maltrecho bloque socialista, de ahí la amargura de Rufián, su asco, su denuncia de “la mierda” de país. ¿Estamos ante la tormenta perfecta final o ese momento letal para Pedro Sánchez no ha llegado todavía? Vox exige moción de censura, urnas y la retirada del pasaporte para el expresidente (poco le falta para demandar la perpetua). El PP, por su parte, se resiste a presentar la moción. Feijóo cree que ir para nada es tontería, como decía el humorista aquel. “Hacerlo para confirmar al Gobierno es bastante infantil”. La tensión es máxima y Sánchez recuerda a ese funambulista con leotardos que camina balanceándose por el alambre de lado a lado.

Si Zapatero es la pieza mayor de los abogados ultraderechistas personados, una vez más, como acusación popular en una caza de brujas al rojo –Vox, Manos Limpias, Hazte Oír y otros grupos nostálgicos–, Sánchez es el objetivo final. La tesis de la derecha juega con esa máxima: si cae el fiel consejero y delfín del sanchismo, cae Sánchez. El presidente del Gobierno tiene cada vez menos cosas a las que aferrarse. Le queda el paciente socio Rufián, un puñado de sabios y críticos juristas como Martín Pallín y Pérez Royo (este último ha calificado de “malísimo” el auto de Calama) y poco más. La voz de los escasos periodistas que se quejan del “lawfare” y la guerra sucia judicial resuenan como el eco de un profeta en el desierto. Da miedo poner la radio y la televisión y comprobar cómo se han derechizado nuestros profesionales de la información. El maná de Ayuso está regando profusamente a los digitales y medios serios y ya hasta las páginas de El País parecen sacadas de OK Diario. Aquí el problema es el de siempre: no dejan a la izquierda gobernar. No se le permite. Se la deslegitima desde el minuto uno, se la deshumaniza, se le inventan cuatro casillos y montajes cloaqueros y se la tritura. Ya pasó con Podemos, un partido abrumado de causas, todas falsas y archivadas.

Dice Rufián que la gente de izquierdas tiene el “corazón roto” con lo que está pasando. Y es verdad. Todo el buen trabajo que está haciendo el líder de ERC en la reconstrucción de un Frente Amplio unido para ganar escaños y provincias, todas sus nobles lecciones parlamentarias sobre la ética y la moral en plan Séneca, se diluyen con el auto demoledor de Calama y el ruido fascista. El día 2 de junio declarará Zapatero ante el juez. El instructor tiene muchas cosas que demostrar de su auto indiciario cogido por los pelos de una ceja, nunca mejor dicho, y el expresidente muchas cosas que aclarar sobre sus jugosos trabajos de consultoría. Hasta donde se sabe, no hay pruebas contundentes contra él. Juega a su favor que lo tenga todo legal con Hacienda. Sería la primera vez que el cabecilla de una red criminal, como dice el magistrado instructor, cumple religiosamente con sus declaraciones de la renta. ¿Es Zapatero un lobista o un traficante de influencias? Esa es la clave de este turbio asunto. Aunque mucho nos tememos que eso poco importa ya. El daño está hecho y los bots, influencers y tertulianos de la extrema derecha replican millones de veces el engañoso mensaje. A ZP lo han sentenciado y condenado a la pena del telediario. Sánchez lo sabe. No contaba con este terremoto, mucho más sísmico y destructivo para el PSOE que el encapsulado caso Ábalos. Lo de Zapatero no tiene cápsula posible. El presidente se agarra a su manual de resistencia. Pero a esta hora quizá ya solo esté él solo amarrado al palo mayor de un barco al que la derecha y sus concienzudos jueces conservadores están a punto de hundir.        

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