El discurso del Rey en la Pascua Militar de 2026 no introduce novedades doctrinales, pero sí consolida un marco: el de una sensación de amenaza persistente que atraviesa Europa y obliga a redefinir prioridades sin romper con las reglas que sostienen el orden internacional.
La intervención de Felipe VI en la Pascua Militar ha vuelto a situarse en ese terreno cuidadosamente delimitado que la Jefatura del Estado transita desde hace años: el del diagnóstico sin estridencias y la reafirmación de principios compartidos. Esta vez, sin embargo, el énfasis en la “sensación creciente de amenaza” adquiere un relieve particular. No tanto por lo que dice, sino por el momento en que se dice.
El cierre de 2025 ha venido acompañado de una sucesión de episodios —bélicos, diplomáticos y humanitarios— que han debilitado el consenso en torno al derecho internacional como marco regulador de conflictos. El Rey no menciona episodios concretos, pero su referencia al “corazón de Europa” y a un entorno global más inestable conecta con una percepción ampliamente extendida en las cancillerías occidentales: la excepcionalidad empieza a normalizarse.
El multilateralismo como anclaje
Felipe VI subraya el compromiso español con un orden basado en normas, una fórmula reiterada pero no vacía. En un escenario donde la fuerza vuelve a presentarse como atajo político, insistir en el multilateralismo es, también, una toma de posición. España aparece descrita como un actor que no se repliega, sino que participa activamente en misiones internacionales bajo paraguas de la OTAN, la Unión Europea y Naciones Unidas.
La enumeración de despliegues —del flanco este europeo a Líbano, del Índico a Irak— no es solo una relación de destinos. Funciona como recordatorio de que la política de defensa española se ha construido en los últimos años sobre continuidad, previsibilidad y alianzas, lejos de aventuras unilaterales. En ese sentido, el discurso enlaza con una línea de acción sostenida desde el Ejecutivo, incluso en momentos de fuerte presión interna sobre el gasto militar.
Invertir sin romper el equilibrio
El llamamiento a continuar incrementando la inversión en defensa se formula con cautela. No hay apelaciones épicas ni referencias a una economía de guerra. El Rey sitúa la modernización —IA, drones, capacidades tecnológicas— como una necesidad funcional, no como un giro ideológico. El mensaje es claro: la disuasión creíble no puede construirse sobre estructuras obsoletas, pero tampoco al margen de los consensos europeos.
Este enfoque evita una trampa frecuente en el debate público: la de presentar el refuerzo de capacidades como una renuncia a otras prioridades. El discurso, al menos en su formulación, no contrapone seguridad y bienestar, sino que los sitúa en una misma lógica de protección del Estado democrático.
La dimensión interna de la seguridad
Resulta significativo que, junto a los escenarios exteriores, el Rey vuelva a poner el foco en el papel de las Fuerzas Armadas y la Guardia Civil en emergencias civiles. La referencia a la dana de 2024 y a los incendios del verano no es ornamental. Refuerza una idea cada vez más asentada: la seguridad ya no se define solo en términos militares, sino también como capacidad de respuesta ante crisis climáticas y sociales.
En ese marco, el reconocimiento al trabajo cotidiano y al adiestramiento adquiere un tono menos ceremonial y más funcional. La seguridad se presenta como un servicio público ampliado, no como un compartimento estanco.
Continuidad institucional
La alusión directa a la Princesa Leonor introduce una dimensión de continuidad sin dramatismo. No hay escenificación del relevo, sino insistencia en la formación, el deber y la integración progresiva en la vida castrense. Es un mensaje dirigido tanto a dentro como a fuera: la estabilidad institucional se construye con tiempo y sin atajos.
El discurso de la Pascua Militar no pretende marcar agenda, pero sí ordenar el contexto. En un momento de ruido internacional y de discursos maximalistas, la intervención del Rey opta por un lenguaje contenido que, precisamente por eso, adquiere peso político. No ofrece respuestas cerradas, pero delimita el terreno sobre el que España dice querer moverse.