Durante décadas, Europa construyó buena parte de su seguridad sobre una certeza aparentemente inamovible: Estados Unidos siempre estaría ahí. Con tropas. Con bases. Con capacidad militar suficiente para actuar como garantía última frente a cualquier amenaza seria sobre el continente. Esa seguridad empieza ahora a resquebrajarse lentamente.
La confirmación por parte de la OTAN de la retirada de 5.000 militares estadounidenses de suelo europeo, principalmente de Alemania, no supone todavía una ruptura estratégica. Pero sí refleja algo políticamente mucho más profundo. El vínculo entre washington y Europa ya no funciona con la misma lógica automática de las últimas décadas.
El comandante supremo aliado de la OTAN, Alexus Grynkewich, trató este martes de transmitir calma. Insistió en que la retirada no compromete los planes militares de la Alianza y recordó que muchos países europeos han reforzado considerablemente sus capacidades defensivas desde la invasión rusa de Ucrania. Formalmente tiene razón.
Europa está hoy más armada que hace apenas unos años. Polonia ha disparado su gasto militar. Los países bálticos viven en estado de movilización estratégica casi permanente. Alemania, tras décadas de comodidad geopolítica, ha empezado lentamente a rearmarse. Y la OTAN ha consolidado estructuras multinacionales en el este europeo. Pero precisamente por eso esta retirada resulta tan simbólica.
Porque confirma algo que ya venía insinuándose desde hace tiempo: Estados Unidos quiere reducir progresivamente el peso militar que asume sobre la seguridad europea.
Donald Trump lo verbalizó de manera agresiva durante años. Pero incluso sectores del establishment estadounidense mucho más moderados comparten en el fondo la misma idea: Washington necesita concentrar recursos en otras prioridades globales, especialmente en Asia y en la creciente rivalidad con China. Europa ha dejado de ocupar el centro absoluto del tablero estratégico norteamericano.
Durante demasiado tiempo, buena parte de la Unión Europea vivió instalada en una cierta ilusión de estabilidad permanente. Crecimiento económico, energía relativamente barata y protección militar estadounidense garantizada. La guerra de Ucrania primero y ahora este repliegue gradual de tropas estadounidenses están desmontando esa comodidad histórica.
Por eso las declaraciones del vicepresidente estadounidense, JD Vance, resultan tan reveladoras cuando afirma que “Estados Unidos no puede ser el policía del mundo”. La frase parece dirigida al electorado norteamericano, cansado de décadas de intervencionismo exterior. Pero también funciona como un mensaje muy directo para Europa. Defendeos más solos. Gastad más. Depended menos de nosotros y asumid que la política exterior estadounidense ya no gira exclusivamente alrededor de la seguridad europea.
Durante años la idea de construir una defensa europea más autónoma chocó contra múltiples resistencias, rivalidades nacionales, dependencia tecnológica de Estados Unidos, falta de inversión militar y también una cierta ingenuidad política sobre la estabilidad internacional. Hoy el escenario es completamente distinto.
La invasión rusa de Ucrania devolvió la guerra convencional al continente. Trump ha reintroducido además una enorme incertidumbre sobre el compromiso futuro de Washington con la OTAN. Y mientras tanto Europa sigue atrapada entre la necesidad de reforzar su autonomía estratégica y la evidencia incómoda de que continúa dependiendo enormemente del paraguas militar estadounidense. Por eso la retirada anunciada ahora tiene tanta carga simbólica aunque operativamente sea limitada. Porque obliga a formular una pregunta que Bruselas lleva años intentando aplazar: ¿Está realmente preparada Europa para defenderse si algún día Estados Unidos decide dejar de ser su garante militar principal?
De momento, la respuesta sigue siendo incierta.
Europa tiene capacidad económica suficiente para construir una defensa mucho más sólida. Lo que sigue faltando es cohesión política, coordinación estratégica y voluntad real de actuar como una potencia autónoma. Y ahí la OTAN vive también su propia contradicción. La Alianza insiste constantemente en fortalecer el pilar europeo de defensa. Pero cuanto más autónoma sea militarmente Europa, menos central será inevitablemente el papel de Estados Unidos dentro de la seguridad continental.