Hay una diferencia fundamental entre el humor y la excusa. El primero necesita inteligencia. La segunda suele aparecer cuando el humor fracasa.
Mariano Rajoy ha decidido responder a la polémica provocada por su artículo sobre la selección francesa con una nueva columna titulada Hay que tener buen humor. No hay rectificación. No hay disculpa. Tampoco una explicación sobre por qué afirmó que Francia tiene una selección de "altísimo nivel, eso sí, sin franceses". Hay, sencillamente, un intento de desplazar el foco. El debate deja de ser lo que escribió para convertirse en la reacción que provocó.
Cuando una afirmación recibe un rechazo casi unánime, siempre queda la posibilidad de sostener que los demás han perdido el sentido del humor. El problema es que el sarcasmo no modifica los hechos. Solo intenta hacerlos menos incómodos para quien los pronunció.
Rajoy insiste en esa idea cuando concluye que "ellos no piden perdón por nada". La frase pretende devolver el golpe político, pero elude la cuestión esencial. Aquí nadie discutía si Pedro Sánchez debía disculparse por otros asuntos. Lo que se esperaba del expresidente era una mínima reflexión sobre unas palabras que provocaron la protesta del Gobierno francés, de su embajada en España e incluso de sectores políticos franceses muy alejados ideológicamente del Ejecutivo de Emmanuel Macron.
Porque los hechos siguen siendo los mismos. Todos los jugadores de la selección francesa son franceses. La inmensa mayoría nació en Francia. Los que nacieron fuera adquirieron legítimamente la nacionalidad francesa y representan a su país con el mismo derecho que cualquier otro ciudadano. Ese dato no admite ironías ni interpretaciones creativas.
Lo verdaderamente llamativo es que Rajoy haya preferido mantener intacto el planteamiento inicial antes que reconocer un error evidente. Existe una forma elegante de salir de una polémica. Consiste en admitir que una frase fue desafortunada, que una ironía no funcionó o que un comentario pudo interpretarse de una manera distinta a la pretendida. Lejos de debilitar a quien la pronuncia, esa capacidad de rectificación suele reforzar la credibilidad pública.
Rajoy ha elegido el camino contrario. Su nueva columna dedica más espacio a reprochar la reacción de quienes le criticaron que a explicar por qué escribió lo que escribió. El debate desaparece sustituido por una supuesta persecución política. El humor pasa a convertirse en escudo. Y cualquiera que cuestione sus palabras queda situado automáticamente entre quienes carecen de sentido del humor.
Pero el humor posee una característica que conviene recordar. Funciona cuando provoca inteligencia, no cuando necesita una larga cadena de justificaciones posteriores.
Durante años, Rajoy cultivó una imagen basada en la retranca gallega, el comentario irónico y las frases aparentemente improvisadas. Esa forma de comunicar podía resultar eficaz cuando la ironía servía para rebajar la tensión política. Lo ocurrido estos días pertenece a otra categoría muy distinta.
Porque el centro de la discusión nunca estuvo en una broma. Estuvo en una idea. La de sugerir que unos futbolistas dejan de ser franceses por el origen de sus familias. Esa idea no cambia de naturaleza porque se presente con una sonrisa o porque, días después, se envuelva en un tono burlón.
Las palabras construyen también una determinada forma de entender la ciudadanía. Y Europa conoce demasiado bien las consecuencias de establecer categorías entre ciudadanos más o menos auténticos según su apellido, el lugar donde nacieron sus padres o el color de su piel.
Resulta especialmente significativo que Rajoy no dedique una sola línea a los propios jugadores franceses. Ninguno merece una reflexión. Ninguno recibe un reconocimiento explícito como ciudadanos franceses. Toda la atención se concentra en quienes criticaron su artículo y en el supuesto exceso de susceptibilidad que atribuye a sus adversarios políticos.
El sarcasmo puede ser un magnífico recurso literario. Lo que nunca debería convertirse es en un mecanismo para eludir la responsabilidad de las propias palabras.
Rectificar no habría rebajado la figura institucional de un expresidente del Gobierno. Muy al contrario. Habría demostrado una cualidad cada vez más escasa en la vida pública: la capacidad de reconocer que incluso quienes han ocupado las más altas responsabilidades pueden equivocarse.
Rajoy ha preferido insistir. Y cuando un dirigente necesita explicar durante varios días que un comentario era solo una broma, quizá el problema nunca estuvo en quienes dejaron de reír. Estuvo, sencillamente, en que aquello nunca tuvo gracia.
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