Vuelve a sonar con fuerza el nombre de Pedro Sánchez como candidato al Premio Nobel de la Paz. Y eso que todavía quedan nueve meses para que el preciado galardón se entregue, como siempre, en Oslo, Noruega. La posición de España respecto a los bombardeos de Irán, el histórico plante contra Donald Trump y el “No a la guerra”, han colocado al presidente del Gobierno español como referente de la paz, icono de la resistencia antifa y contra la tecnocasta y faro y guía de aquellos que, en Occidente, aún creen en valores como la democracia, el orden mundial basado en reglas y los derechos humanos sin los cuales no se entiende el Derecho internacional (por mucho que Feijóo se saltara esa lección en la Universidad de Santiago de Compostela).
El nombre de Sánchez ya se barajó este año, cuando se posicionó sin ambages en contra del genocidio de Gaza, yendo mucho más allá de la postura oficial de la Unión Europea, que jamás condenó los crímenes de guerra de Netanyahu, lacayo del magnate neoyorquino. Trump hizo lo posible y lo imposible para llevarse el Premio Nobel, se fabricó falsa propaganda para presentarse a sí mismo como el gran pacificador mundial, presionó a los miembros del jurado y hasta despreció a la ganadora, la opositora venezolana antichavista María Corina Machado, a la que finalmente le temblaron las piernas por la ojeriza que le tomó el fatuo millonario yanqui (recuérdese aquel episodio bochornoso, cuando la lideresa caraqueña se presentó en la Casa Blanca para regalarle el diploma sueco al amo del Universo y este la hizo pasar por la puerta de atrás, como a una inmigrante más).
La batalla por el Nobel de la Paz fue todo un pulso entre Trump –hoy criminal de guerra– y el idealista y Quijote Sánchez, y de aquellos polvos estos lodos. El líder de MAGA le cogió tal tirria, tal manía a su némesis, que ha terminado por acusar a España de cómplice de los ayatolás, o sea que nos ha metido en la lista negra de los países gamberros del Eje del Mal, junto a Venezuela, Cuba, Irán y Corea de Norte. Trump no ha conseguido superar que le dieran calabazas con el Nobel y fue entonces cuando nació su rencor enfermizo hacia todo lo hispano. Primero nos acusó injustamente de ser unos gorrones por no invertir el 5 por ciento del PIB en Defensa; después nos amenazó con echarnos de la OTAN; y finalmente, cuando Sánchez le cerró las bases de Rota y Morón para que los aviones yanquis no pudieran cargar las bombas contra los colegios iraníes, intentó coaccionar al Gobierno de Madrid con “cortar todo comercio” con España. Su fiebre antiespañola, su inquina, su rabia incontenible de nene malcriado, está a tope, más subida y disparada que un alcoholímetro después de una boda, y cuando el héroe de los latinos Bad Bunny le perreó en español ante sus propias narices nos sentenció para siempre. Ahora el Tío Gilito de la política internacional ya no puede ocultar la envidia que nos tiene y se atreve a confesar en público que “jamás aprenderá esa maldita lengua española”. Está a un telediario de la Fox de expulsarnos del Mundial de Fútbol, que La Roja de los morenos de Lamine Yamal puede ganar de calle y sin bajarse del autobús en lo que sería una humillación en toda regla para el Cuarto Reich ario/yanqui.
Numerosos especialistas han descrito a Trump como la mente infantil propia de un niño de corta edad. Le pueden la impulsividad (hoy dice blanco, mañana negro); la necesidad constante de atención y de que le rían las gracias; el vicio por la gratificación inmediata; la rabieta intolerante; la mentira (miente a todas horas como un nene mimado); la frustración (cuando no puede comprar algo con dinero lo coge sin más); y una visión dicotómica de la vida, ya que para él el mundo se divide en “buenos y malos”, en “ganadores y losers”, en “amigos y enemigos”. Le sobra cualquier análisis poliédrico de la realidad, entre otras cosas porque los niños no entienden problemas complejos. En resumen, este tipo de conducta es común en etapas tempranas del desarrollo, cuando el cerebro aún no ha consolidado plenamente las funciones ejecutivas responsables del autocontrol. O, dicho de otra manera: la emocionalidad de Trump se quedó en la prematura etapa infantil (quizá en la fase anal, por emplear un término freudiano) y cuando no ve satisfechos sus instintos y deseos primarios rompe el mecano, se queda con el balón enfurruñado o bombardea un país. Nadie con ese expediente psicológico deplorable puede recibir un premio. ¿Es algo biológico, hereditario como la hemofilia o simplemente falta de libros en la infancia y la juventud? Ya dijo Gunter Grass, este sí un Nobel de verdad, que “no hay espectáculo más hermoso que la mirada de un niño que lee”.
Desde que Sánchez le disputa el dichoso galardón sueco a Trump todo han sido desgracias para los españoles. Nadie se libra de la ira de un millonario despechado al que le llevan la contraria. Uno cree que el presidente español debería renunciar a esa carrera por la gloria porque si los sabios de Oslo terminan dándole el galardón puede pasarnos cualquier cosa, desde que los marines desembarquen en Algeciras hasta que tire un misil contra la Moncloa. Pedro, si te dan el Nobel tú di que no, que este tío nos mata.