Algunos intelectuales y artistas, pocos, se posicionan a favor del Frente Amplio de izquierdas propuesto por Gabriel Rufián para frenar el auge de la extrema derecha. Muchos no lo dicen abiertamente porque les da vergüenza reconocer que admiran a un indepe, pero algunos ya empiezan a dar la cara. Es el caso del humorista Millán Salcedo, el famoso cómico que junto a Josema Yuste llevó al dúo Martes y Trece a la cumbre del humor patrio. En una entrevista concedida al diario El Mundo, el bueno de Millán ha hecho una valiente confesión sobre los políticos de nuestra maltrecha democracia: “Hay uno que me hace tilín, que es Rufián, lo que pasa es que luego reniega del país que le vio nacer. Pero me gusta su verbo florido, cómo habla y cómo se expresa”.
Millán sigue conservando ese gracejo y esa chispa genial que le llevó al Parnaso de la comedia entre los más grandes de la comedia española. Pero, además, a diferencia de otros artistas que han renegado de su pasado izquierdista, sigue manteniendo su compromiso intacto y su integridad política y personal a prueba de bomba. No es un chaquetero, ni un renegado, ni un evolucionado hacia el trumpismo. Sigue siendo socialista y no siente ningún rubor o complejo en reconocerlo. No como otros. Asistimos a una ola reaccionaria imparable y muchos han decidido subirse al carro del populismo conservador. Unos lo hacen para que les sigan dando papeles en el cine, para no perder contratos con la discográfica de turno o para seguir estando en la pomada de la televisión. Otros sencillamente han cambiado.
Cuesta trabajo digerir, por ejemplo, la charla que Jordi Évole mantuvo con José María Sanz Beltrán, Loquillo, quien explicó por qué ya no se posiciona políticamente: “No me toca a mí. Ahora pisar a destiempo te puede costar el resto de tu vida”. Demoledor. Nada queda ya de aquel joven rebelde y muy “politizado” que en los años ochenta amenizaba las fiestas del PSUC. Lo hemos perdido, y eso que él más que nadie debería sentirse orgulloso de tener la sangre roja y el corazón a la izquierda, ya que su padre, uno de los represaliados en la Guerra Civil, se pasó media vida en campos de concentración. “Veníamos de la oscuridad, de la censura de los grupos de rock, y teníamos muy presente que queríamos ir hacia adelante. Había que aposentar eso”, explicó el cantante. ¿Y ahora qué, señor Loquillo, es que ahora no estamos en un momento aún más grave y delicado, si cabe, a las puertas de un Cuarto Reich y con Abascal llamando al nuevo fascismo bajo el escalofriante y falangista eslogan de “prioridad nacional”? Todo era mentira, hasta el viejo Cadillac segunda mano, que ahora nos enteramos no era un coche, como todos los jóvenes de la época creíamos, sino, según el propio cantante, una metáfora sobre los sueños rotos o algo así. Había más de Sanz Beltrán que de Loquillo. Cómo nos vendió la moto, el carro en este caso.
El decepcionante caso de Loquillo no es el único. Produce arcadas ver cómo cada día hay más equidistantes, tibios y conversos. Gente que en la Transición presumía de chupa de cuero y El Capital bajo el brazo y hoy van de ácratas ultraderechizados que ya no creen en la izquierda, ni en la democracia, ni en nada. El pan y los contratos primero, los principios y las ideas después. Triste.
Gramsci definió al intelectual como aquel que no se separa del grupo social al que pertenece, aquel que actúa como su organizador y pensador. Sartre denunció a las gentes de la cultura que se aíslan para no participar en la acción política y social de su tiempo. Y Chomsky recordó “la responsabilidad de los intelectuales” como una obligación ética de decir la verdad y desenmascarar las mentiras de los poderosos. Nos guste o no, hoy se lleva el artista vacío de derechas. Esa es la mayor de las traiciones. Han enterrado la verdad y la justicia bajo una escombrera de éxito efímero. Por sus obras los conoceréis. Lo vimos el pasado fin de semana en Madrid, donde el cantante Carlos Baute se subió a un escenario para, ante miles de venezolanos, dar la bienvenida a Corina Machado y de paso arengar a las masas con un feo insulto racista (“Fuera la mona”) contra la actual presidenta del país, Delcy Rodríguez. Aunque luego ha pedido perdón por haberse dejado llevar por “la ilusión del momento”, Baute es el mejor ejemplo de artista derechizado, cegado por el falso fulgor dorado del Mesías trumpista.
Pero no hablemos de las decepciones y sí de los pocos resistentes que nos van quedando ya como Millán Salcedo, el espíritu burlón azote de las celebreties. ¡Qué pena que no esté en plena forma y sobre los escenarios para ridiculizar todo ese movimiento patético retrofranquista que se abre paso entre los españoles de hoy, mayormente entre la muchachada recia e ignorante! Un sketch con Feijóo con bata, rulos y metido en una gran empanadilla de Móstoles (los pactos con Vox), u otro sobre Abascal vestido de flamenco y cantando por soleares con un aguilucho en la cabeza, en el mejor estilo surrealista de Martes y Trece, y el Gobierno de coalición estaría salvado. “He hablado por teléfono con Rufián porque es muy amigo de Boris Izaguirre, le dijo que era fan mío y un día que estaban juntos me llamaron. Hemos quedado en vernos un día. Me pareció un tío encantador, luego ya lo del independentismo…”, sentenció Millán. “Creo que el desengaño que está teniendo mucha gente de izquierdas de mi generación no es por dejar de ser de izquierdas, es por los políticos actuales. Nuestros dirigentes son muy ególatras y les encanta ser el centro de atención”. Clarividente.
Millán sigue al pie del cañón, fiel a sus orígenes, en la izquierda, mientras otros, como su compañero de fatigas Josema Yuste, hace tiempo que se bajaron del barco. “Siempre ha sido así. Somos las dos Españas, dos extremos opuestos, la noche y el día, el blanco y el negro. Yo siempre he sido rojo y no sé si Josema era más o menos facha, aunque ahora ha salido de ese hipotético armario y creo que ha dicho que le gusta Vox”. En Estados Unidos tienen a Morgan Freeman al frente del comando antifa de Hollywood. Aquí nos queda Salcedo, el gran Wyoming, los Bardem y poco más. Bravo por Millán.