El miedo como termómetro político: dos de cada tres españoles ven posible una guerra

El último barómetro del CIS revela una ciudadanía atravesada por la incertidumbre global y una sensación de fragilidad que desborda lo estrictamente militar: del temor a los conflictos armados al deterioro social y económico del día a día

28 de Noviembre de 2025
Actualizado a las 17:02h
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El miedo como termómetro político: dos de cada tres españoles ven posible una guerra
La ley establece un contingente de reservistas, pero cualquiera puede ser movilizado en caso de guerra

El dato es contundente: un 66% de españoles cree que el país podría verse arrastrado a una guerra en los próximos años. Lo que a primera vista parece un escenario improbable refleja, en realidad, un clima emocional que mezcla inseguridad internacional, tensiones geopolíticas y un pesimismo social que se extiende más allá del ámbito defensivo. El CIS recoge en su estudio sobre miedos e incertidumbres un retrato de país donde la inquietud convive con la consciencia de haber progresado, pero también con la sensación de caminar sobre un terreno cuya solidez se cuestiona cada día.

El temor a un conflicto armado, un síntoma más que una que previsión

La cifra que abre el estudio —dos tercios del país imaginando un futuro bélico— debe leerse con contexto. Hablamos de percepciones, no de cálculos estratégicos. Y, en ese terreno, la sociedad responde al ruido del mundo: la invasión rusa de Ucrania que no termina, las tensiones con Marruecos convertidas en asunto cíclico de la política exterior, el malestar ante una América polarizada y un Asia que se observa con distancia y recelo.

No es que España esté a las puertas de una guerra. Es que los ciudadanos sienten que el conflicto ha dejado de ser algo lejano. El 57% señala a Rusia, un porcentaje que coincide con los meses de sobreexposición mediática de la guerra en Ucrania y con la narrativa de amenazas híbridas que recorre Europa desde 2022. El 42% menciona a Marruecos, reflejo de un vecindario complejo, cuya relación —por más que se trabaje diplomáticamente— genera incertidumbres heredadas. Las menciones a Estados Unidos o a Asia responden más a un imaginario global que a una lectura específica de la actualidad.

Pero lo relevante no es el enemigo hipotético. Lo decisivo es la fragilidad que expresa una sociedad que ha visto romperse certezas que creía sólidas, desde la estabilidad económica hasta la seguridad sanitaria.

Los datos acompañan el relato: un 23% declara miedo frecuente; casi ocho de cada diez identifican las guerras como el principal temor; y la lista de inquietudes se amplía a casi todas las esferas vitales: salud física y mental, delincuencia, clima, trabajo, vivienda. Cada porcentaje es una forma de nombrar una vulnerabilidad.

En paralelo, el estudio revela algo menos visible: la convivencia entre el miedo y la sensación de progreso. Siete de cada diez españoles creen que se vive mejor que nunca en la historia. Esta dualidad —bienestar general, angustia concreta— es una marca de época. No estamos ante una población derrotada, sino ante otra que percibe una inestabilidad latente.

Es significativo que, pese al clima de alerta emocional, la sociedad mantenga expectativas de longevidad optimistas y una percepción relativamente equilibrada sobre lo que ha recibido del país. Hay miedo al futuro, sí, pero también una lectura de continuidad y progreso.

El pesimismo sobre la situación general —67%— convive con un reconocimiento de avances y con una conciencia intergeneracional del cambio. La incertidumbre no es solo política o económica. Tiene que ver con la erosión de las seguridades colectivas, iluminada por crisis que todavía funcionan como eco: la pandemia, la inflación global, el encarecimiento de la vivienda, la sucesión de emergencias climáticas.

El miedo a la guerra aparece así como un contenedor amplio donde caben otras preocupaciones más cercanas. La amenaza no es tanto un conflicto armado como la sensación de que los mecanismos de protección —económicos, sociales, institucionales— necesitan reforzarse.

El CIS ofrece un mapa emocional útil para entender el debate público: una ciudadanía informada, que no niega el progreso histórico, pero que detecta grietas que antes pasaban desapercibidas. Una sociedad que no dramatiza, pero tampoco trivializa. Y que, entre estadísticas y percepciones, deja claro que la estabilidad ya no se da por garantizada.

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