Melania no es una santa

La esposa del nuevo dictador norteamericano estrena documental, un bodrio tan elegante como vacío

07 de Febrero de 2026
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Melania Trump en el cartel promocional de su documental
Melania Trump en el cartel promocional de su documental

Todo tirano tiene a su media naranja, un espejo en el que reflejar su ambición y su crueldad. Claudia estuvo al lado de Nerón hasta que la repudió y la mandó ejecutar para casarse con Popea. Eva Braun acompañó a Hitler hasta el último minuto, hasta el atracón final de cianuro en el búnker. Y Trump, como buen aprendiz de dictador, tiene también a una dulce sombra, su mujer detrás de él. La misteriosa Melania, la callada Melania, la esclavizada Melania (quizá no tan sometida).

El documental sobre la primera dama provoca befa y mofa en todo el planeta. Melania Trump ha querido hacer sus pinitos en el mundo del cine y, tal como suele pasar con la gente que tiene tanta pasta como poco pudor a la hora de hacer el ridículo, se ha estrellado contra la crítica de público y expertos, que han recibido el evento fríamente, incluso con silbidos y abucheos. El talento no puede comprarse con dinero. El Washington Post describe el documental como “un retrato elegante pero vacío”; Los Ángeles Time habla de “una oportunidad perdida” (el filme de Melania ofrece imagen, no verdad); y el New York Times recuerda que la esposa del presidente norteamericano (por llamarlo de alguna manera, es más empresario que hombre de Estado) “evita afrontar su pasado”. No ha gustado el pastelito con regusto a pijerío y perfume caro.

La mayoría de críticos coincide en que Melania (los asesores de la Casa Blanca no se han estrujado demasiados los sesos con el título) es un engendro mezcla de propaganda política y capricho de nuevo rico. El interés por conocer la anodina vida de la consorte del emperador ha ido por barrios. El cine AMC, el más grande de Boston, informó de que solo se había vendido una entrada en tres funciones. Sin embargo, en algunas salas de la Texas profunda se agotó el aforo. Pero, en resumen, el proyecto ha pasado con más pena que gloria en todos los estados de la Unión. Eso sí, no ha faltado el consiguiente escándalo protagonizado por Sugar Daddy, que al parecer compró cientos de entradas para repartirlas entre los amigotes de Wall Street y tapar el fiasco cinematográfico de su nena. Todo muy típico de familia forrada pero decadente y venida a menos. Hay quien los compara con los Monster, pero los Monster tenían bastante más dignidad y estilo que estos dos pájaros de mal agüero.

Siendo sinceros, resulta poco menos que un sarcasmo que mientras Minnesota era tomada por los “camisas pardas” del Cuarto Reich trumpista para darse a la salvaje caza del inmigrante, la señorona Trump estuviese a sus cosas, a sus estrenos, mayormente pensando en hacerse las uñas y el pelo para salir mona en la gran pantalla. El cinismo y la depravación de los Trump, que han tomado la Casa Blanca como su rancho privado, no tiene límites. Es verdad que últimamente corren rumores de divorcio. Se habla de que la pareja duerme en habitaciones separadas y que ella ya se entretiene jugando al Monopoly con sus negocios de criptomonedas. En cualquier caso, ahí sigue la petarda de la pamela estilo mafia de Chicago (recuérdese que fue así vestida a la investidura del fatuo de su marido).

¿Qué pretendía Melania con Melania? ¿Proyectar una imagen de mujer total para la historia? ¿Vender unos cuantos modelitos para seguir haciendo caja? ¿Ser la nueva Julia Roberts, la novia de América de sonrisa cálida y cautivadora? De ser así, era una misión imposible. Su sonrisa es desabrida y de disgusto, como si le amargaran los pepinos. El intento por transformarla en la princesa Blancanieves solo ha servido para que quede como lo que realmente es: la madrastra antipática del cuento.

Todo el mundo sabe cómo llegó Melania al poder. Dejándose querer, haciendo de tripas corazón y aceptando el papel de chica del gánster. Tragaderas que tiene una. Cuentan que fue el pederasta Epstein quien los presentó (yuyu, lagarto, lagarto). Ocurrió en la fiesta posterior a un desfile de modas en Nueva York. Ella tenía 28 años, trabajaba como modelo y llevaba una vida de joven independiente. Él tenía 52 y asistió al evento acompañado de otra mujer. Una luz roja debió haber saltado en ese momento en la cabecita de Melania. Aquello no era un hombre, era un coleccionista de amantes. Pero ella decidió darle una oportunidad: la cartera pesaba más que los remordimientos de conciencia. Más tarde, tras el bodorrio en Palm Beach, cuando se filtraron las noticias sobre el pequeño vicio de Don de agarrar a las mujeres por el pussy, debió haber salido corriendo. Pero aguantó (una vez más, el magnetismo del dólar pudo más que la integridad y la dignidad como persona). Y ya en pleno escándalo por el caso Stormy Daniels –la actriz porno que tuvo el valor y el coraje de denunciar al magnate por obligarla a firmar un acuerdo de confidencialidad–, volvió a tragar y se quedó en casa como una esposa sumisa.

En Estados Unidos hay inmigrantes de primera y de segunda. Ella es eslovena de ojos azules, por tanto, de pedigrí. Hay quien la ve como una mujer subyugada, reprimida, el típico caso de esposa aterrorizada que no puede romper la relación sin miedo a las represalias. Nada más lejos. Es arrogante y estirada, tan altiva como pavisosa. Quedará como la del braguetazo del siglo. Uno quiere ver a este personaje gélido y sin alma de la fauna ultra yanqui como alguien que ha sabido arrimarse al poder para hacer un buen negocio con el macho alfa ario. Aquel movimiento popular propalado en redes sociales bajo el eslogan Salvar a Melania no fue más que otro intento por blanquear su imagen. Ella nunca ha querido romper con el tirano sencillamente porque se vive muy bien con jet privado, piscina olímpica, cuatrocientos lacayos a su servicio y una cuenta mareante con veinte ceros. Además, es más elitista y oportunista que él. O sea, más papista que el Papa, más trumpista que Trump. Tal para cual. Dos caras de la misma moneda absolutista.

Hace falta tener estómago para meterse en la cama con un nazi que persigue a los niños por la calle. La noche del cazador. No, Melania no es una santa. Es más bien una bruja operada con cara oculta tras dos dedos de maquillaje. Cree en las ideas del marido y está con él a muerte. Sabe que va a heredar un imperio desde Florida hasta Alaska, desde la Antártida hasta Groenlandia, bien por el pelotazo que le caerá con el divorcio, bien esperando a que estire la pata el emperador (ya se queda dormido en las más altas reuniones internacionales, mal síntoma, o bueno, según se mire). Los carteles con el póster de la diva cutre cuelgan en las marquesinas de las paradas de autobús. Y hay quien le dibuja bigote, rabo y cuernos a la emperatriz. Si es que cae fatal.

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