León XIV, un negocio divino

Prevost llega a un país polarizado por las ideologías del odio que triunfan en todo el mundo

05 de Junio de 2026
Actualizado a las 17:54h
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León XIV en una imagen de archivo. Foto: TVE
León XIV en una imagen de archivo. Foto: TVE

La derecha pretende convertir el viaje del papa a nuestro país en un inmenso photocall. Todos quieren su propio selfie con León XIV, una imagen capaz de monetizar su perfil de Instagram, su canal de Youtube, su red social rebosante de contenidos. Los precios de los pisos turísticos se han disparado hasta niveles desorbitados, los balcones con las mejores vistas se alquilan a lingote de oro y hoteles, bares y restaurantes esperan hacer el agosto en junio. Es la religión como negocio.

Más que un evento espiritual, Ayuso ha organizado un gran mercadillo del merchandising vaticano con mucho puesto ambulante de reliquias, velas y estampitas de la Virgen. Las pandillas de jóvenes peregrinos, juniors y catequistas van de acá para allá por un Madrid impregnado de incienso y más beato que nunca. La muchachada se nos ha vuelto ultracatólica y reaccionaria de la noche a la mañana, nada que ver con aquel 2 de julio de 1965, cuando los Beatles dieron su histórico recital en la Plaza de Toros de Las Ventas ante un público juvenil ansioso de libertad. Aquello fue más que un concierto, fue una revolución cultural mientras las autoridades franquistas temblaban viendo cómo cuatro melenudos de Liverpool sacudían los pilares del régimen. Hoy la convulsión es muy diferente, ya no triunfa el rock (música del demonio), ni lo contracultural, ni la subversión marxista, sino Hakuna, el grupo de pop cristiano de melodías dulces, melifluas, anestesiantes. Sesenta años de progreso y lucha callejera para terminar en una generación que reza el rosario mientras grita Pedro Sánchez hijo de fruta. Triste y desolador.

Son muchos los factores que explicarían el retorno de los jóvenes a las iglesias. La decadencia de la izquierda, que no ha sabido dar respuesta a los problemas de la juventud; las sucesivas crisis económicas que han golpeado a las nuevas generaciones; el alto nivel de vida de las clases medias (el aburguesamiento entontece al personal y hace más egoísta al individuo); el fracaso de un sistema educativo que ya no explica lo que debería explicar (mayormente la memoria histórica y de dónde venimos); el auge de las sectas y los nuevos movimientos religiosos; y, ante todo, el miedo a un futuro sombrío que solo ofrece desastres por cambio climático, pandemias, guerra y amenaza nuclear.

Lejos de reaccionar con rebeldía para transformar el mundo (la revolución ya no interesa porque le quita tiempo al Black Mirror, o sea a la pantalla del móvil y al ordenador), el joven de hoy se refugia en la idea de Dios, o eso dice al menos, porque está por ver si esta nueva ola de santurronería, puritarismo y gazmoñería tiene que ver con la búsqueda de valores de verdad o con una moda pasajera. Los chats de internet se llenan con los influencers de Dios, ellos recios charlatanes hormonados que sueñan con volver a la Cruzadas contra el moro y ellas jovencitas que venden lápices de labios y milagrosos tratamientos de skin care mientras te colocan un crucifijo, un rosario o una medalla bendecida y presumen de ser sumisas y buenas esposas. Es el tecnocatolicismo, un fenómeno íntimamente unido al tecnofascismo que arrasa en todo el mundo desde que la secta MAGA, creada por un multimillonario de rubio tupé que es la viva encarnación del Diablo, sustituyó la Constitución norteamericana por la Biblia. La Conferencia Episcopal ya ha alertado de que muchos de estos movimientos “desvirtúan la visión de Dios”.

La chavalería se abraza a los movimientos xenófobos inspirados por la nueva ultraderecha internacional mientras esperan la llegada de León XIV, otro papa que como Francisco, su antecesor, les ha salido rana y antitrumpista. Tiene mucho trabajo, mucha homilía y mucha encíclica por delante al santo padre Prevost hasta sacar a tantas ovejas descarriadas por los caminos del odio, el racismo y la insolidaridad. Tiene León mucha tarea por hacer para deshacer la empanada mental que Ayuso ha ido cocinando en las maleables mentes de nuestros chicos. Solo unas horas antes de la llegada del sumo pontífice, la presidenta de Madrid se ha despachado, en la Asamblea de Madrid, con uno de los discursos más vergonzosos que se le recuerdan (lo cual ya es decir). Comparar el proceso de regularización de inmigrantes puesto en marcha por Pedro Sánchez con una suerte de manipulación electoral y un intento de “importar pobreza masiva” no le habrá gustado al santo padre.

Por todo ello es bueno que venga el pastor de Roma, por eso es una gran idea que aterrice en este Madrid falangizado, se suba a un escenario, como una estrella del pop, y le explique a la juventud que no se puede ser un buen cristiano y un racista desacomplejado votante de Vox. Puede que a más de un chaval le explote la cabeza cuando el papa se plante ante él, brazos abiertos, y le recuerde que el primer mandamiento es el amor al prójimo, o sea aquello de dar de comer al hambriento y de beber al sediento, y no echar al mena del país de un puntapié, como propone Abascal. Fascismo malo, feo, caca, eso es lo que tiene que decir el papa, entre padrenuestro y avemaría, a nuestros pupilos.  

Estamos, sin duda, ante uno de los viajes más importantes de un Santo Padre a tierras españolas. Y no solo por la crítica situación nacional e internacional, sino por el mensaje de solidaridad y humanidad, frente a las nuevas ideologías del odio, que previsiblemente transmitirá el representante en la Tierra del Ser Superior, que no es precisamente Florentino (hoy de elecciones), sino Dios. Dicen que el viaje del papa ha costado 15 kilos. Si sirve para salvar un alma del infierno del fascismo, los damos por buenos.

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