Juan Carlos I, rey de Francia

El emérito elige la prensa gala para conceder entrevistas y contar su verdad renegando de los medios de comunicación españoles

30 de Noviembre de 2025
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El rey emérito y la reina Sofía en una imagen de archivo.
El rey emérito y la reina Sofía en una imagen de archivo.

Juan Carlos I ha elegido la prensa francesa para hacer sus últimas revelaciones, confesiones, reprimendas y reproches a los españoles. Es evidente que estamos ante un monarca resentido que cree que su pueblo le ha dado la espalda. Sin embargo, es justo al revés: fue él quien falló, como gobernante y como ciudadano de este país, al defraudar a Hacienda. Por si su Majestad no se ha enterado aún, escamotear impuestos es como arrebatarle a la gente un trozo de los servicios públicos más básicos, mayormente Sanidad y Educación. Algo políticamente muy grave y éticamente muy feo. En cuanto al exilio, fue él quien se largó con viento fresco y por decisión propia, no lo echaron como al abuelo Alfonso (aunque seguramente aconsejado por su hijo Felipe VI quien, tras airearse el escándalo Corinna, el safari africano y el dinero evadido, quiso marcar distancias con el padre). Así que el emérito no tiene razones para estar dolido. Si le pica, que le rasque un criado, sirviente o lacayo.

Juan Carlos I lleva un lustro en Abu Dabi. Se fue a aquellas lejanas tierras en medio de un vendaval de vergüenza y en plena pandemia, tras comunicar al heredero que lo hacía “para prestar el mejor servicio a los españoles y a las instituciones”. Desde entonces, ha mantenido su residencia en el país de los jeques, los petrodólares y el islamismo laxo con la defensa de los derechos humanos. Y allí sigue, en una villa exclusiva a todo lujo entre fuertes medidas de seguridad, con un loro mudo (ay, si ese pájaro hablara) y una existencia algo kafkiana. Mal lugar para alguien que pretende pasar a la historia como un hombre justo amado por su pueblo.

Entre idas y venidas a las regatas de Sanxenxo y celebraciones familiares en el Pardo, ha tenido tiempo de pedir perdón por sus errores del pasado. No lo ha hecho. Al contrario, no se arrepiente de nada. Ni de los 65 kilillos que regaló a su girlfriend, Corinna Larsen, ni de su exceso de vanidad y orgullo de Borbón (pese a su innegable contribución a la llegada de la democracia a España, buena parte de su reinado ha sido nefasto, errático, impresentable). Podría haber aprovechado Reconciliación, su libro de memorias marcado por la desmemoria, para rendir cuentas con la historia. Pero nada, ni un ápice de autocrítica. Eso sí, todas las exclusivas se las da a la competencia francesa, para chinchar un poco más. ¿Por qué hace eso teniendo en Madrid, a su entera disposición, un periódico cien por cien monárquico como el ABC? Por resentimiento en parte, y también por la equivocada creencia de que en el extranjero lo tratarán mejor que aquí, que es que los españoles son unos desagradecidos.

Juan Carlos ha cruzado los Pirineos para coronarse en la república más monárquica de Europa. Sabe perfectamente que la prensa española no será tan amable y condescendiente como la de París, donde los aristócratas periodistas se visten de tweed, perfumados de DiorLe Pen, y le ponen la alfombra roja. Francia, tierra de revoluciones y guillotinas, se ha convertido en el confesonario de un rey en horas bajas. Paradójicamente, él se siente más libre y mejor tratado en un país que abolió la monarquía hace más de dos siglos, y de forma violenta, que en esta España dócil, sumisa y borreguil. Nadie le pedirá cuentas en los dorados salones de París, donde se siente como en casa, como el “rey de Francia” de la nueva Restauración. La Casa Borbón nació en un castillo francés y desde entonces siglos de guerras y hambrunas hasta que el doctor Guillotine dijo basta y recetó la cuchilla de afeitar como tratamiento drástico para el mal del parasitismo político. En España apostamos por el absolutismo, el vivan las caenas y Fernando VII, que era el Carlos Mazón de la época, o sea un inútil total, y así nos fue. Ya lo dice Nieves Concostrina, que ha inventado un género nuevo, la historia con humor: “Aquel rey nos engañó dos veces”. Pues El Campechano jubilado ya ha batido el récord, y con creces, cabría añadir.

El emérito se encuentra cómodo y a gusto en un país como Francia que hizo correr ríos de sangre azul. Otra incongruencia más del rey de las contradicciones. ¿Está fantaseando Don Juan Carlos con que la monarquía regrese alguna vez al Palacio de Versalles en una Transición a la francesa? Quién sabe, de este hombre fuera de la realidad y de su tiempo puede esperarse casi cualquier cosa. El caso es que en tierras galas le dejan soltar sus medias verdades sin que le salga una jacobina Silvia Intxaurrondo a preguntarle por la Fundación Zagatka. La prensa francesa se lo compra todo y se lo traga todo. No es que tenga cuentas en Suiza, es que le gusta ir al paraíso alpino a esquiar. No es que huyera de España porque los inspectores de Hacienda le pisaban los talones, simplemente siguió la instrucciones del GPS (“gire a la derecha”) y se tomó unas largas vacaciones con sus primos del lejano Oriente. La Transición, todo un éxito, una oda a la concordia (salvo el pequeño detalle del 23F, por el que siempre pasa de puntillas y sin aclarar la verdad). Y en cuanto al genocida Franco, un segundo padre para él. Patético.

Juan Carlos I ya no es rey de nada ni de nadie. Sin embargo, en la tierra del napoleónico Macron, entre cruasanes, Dom Pérignon y titulares de Le Figaro, todavía ejerce sin complejos. Francia hace tiempo que dejó de creer en cuentos de hadas y príncipes. Pero por lo visto los franceses siguen enganchadísimos al cotilleo de esa aristocracia decimonónica venida a menos que siempre ha pululado por los hoteles a orillas del Sena (en todo hotel de París hay un barón polaco arruinado o una condesa rusa desheredada). De alguna manera, todo francés sigue llevando un monárquico dentro. No se han quitado el vicio, y ahora con los ultras supremacistas retornando, el síndrome de Estocolmo rebrota con fuerza. Los periodistas galos, encantados con el emérito, lo reciben como si se tratara de un personaje singular de Molière: un rey sin reino, un monarca sin corona, un Borbón que se confiesa en la República. Hay que reconocer que la historia, periodísticamente, tiene su morbo y da titulares. Juan Carlos I, rey de Francia, señor de los desiertos de Abu Dabi y dueño de los ducados de Oriente. El hombre que gobernó España durante décadas era en realidad un extranjero francófilo, uno que pasaba por ahí, un extraño. Qué cosas.

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