La izquierda se planta: unidad para frenar a la extrema derecha

Cinco voces, un mismo mensaje: unidad útil, esperanza concreta y un compromiso emocional con la gente común

21 de Febrero de 2026
Actualizado a las 16:55h
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"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán
"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán

El Círculo de Bellas Artes de Madrid se quedó pequeño este 21 de febrero de 2026. No fue solo una foto de familia. Fue un termómetro: había demasiada gente con ganas de escuchar —y de escucharse— como para que aquello pudiera ser un trámite. En un tiempo de titulares que empujan al desánimo, el acto por la unidad de la izquierda se presentó como una respuesta política y también íntima: la necesidad de volver a creer que lo colectivo sirve, que la democracia se defiende mejor cuando se organiza, y que el miedo no puede seguir mandando.

"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán
"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán

El malestar cotidiano como punto de partida político

Desde el arranque, Rita Maestre puso nombre al ambiente que respira buena parte del país: una mezcla de saturación y cansancio, esa sensación de “pitido constante” que acompaña cada mañana al abrir el móvil. Con un tono directo, casi de conversación con la sala, describió la vida cotidiana como una carrera de obstáculos: alquileres, hipotecas, comedor, extraescolares, gasolina, aceite, vacaciones que ya no parecen vacaciones sino una cuenta atrás de gastos. Y, frente a la tentación de bajar los brazos, dejó clara una idea vertebral: no hay neutralidad social cuando gobierna la derecha. “Ni los migrantes, ni las personas LGTBI, ni las mujeres, ni —ojo— las grandes mayorías trabajadoras viven mejor con la derecha. Solo los privilegiados viven mejor con la derecha”, dijo, y el auditorio respondió como si esa frase resumiera una experiencia compartida.

Su intervención trazó un marco nítido: la derecha y la extrema derecha, aseguró, no solo compiten por el poder, compiten por el sentido común. Y lo hacen con un plan que mezcla propaganda, recortes y una cultura del señalamiento. Maestre lo resumió con una advertencia política y moral: “Tienen un plan, tienen todas las redes sociales, tienen el 90% de los medios de comunicación, tienen dinero y vienen a por nosotros”. No era una hipérbole lanzada al aire: era la manera de explicar por qué, en su opinión, la unidad no es un lema bonito, sino una necesidad defensiva.

"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán
"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán

Unidad como responsabilidad histórica

Cuando tomó la palabra Lara Hernández, de Movimiento Sumar, el acto cambió de temperatura: de la denuncia a la construcción. Arrancó con una frase que quiso sonar a compromiso y a comienzo: “este acto no es un punto de llegada. Es un punto de partida”. Su idea central fue clara: no basta con estar orgullosos de lo logrado; hace falta ambición y un método. Habló de “innovación”, de “osadía” y de una izquierda que no camine con “la mochila pesada” de las inercias. En su intervención, el concepto de unidad se alejó de la suma aritmética y se convirtió en algo más exigente: unidad como proyecto, como programa, como herramienta democrática.

Hernández insistió en que la gente no pide uniformidad, pide coordinación útil: “La gente lo que nos pide es que caminemos juntos y juntas”. Y lanzó, con cierta crudeza, un diagnóstico que resonó más allá del auditorio: la izquierda no puede permitirse la melancolía ni el repliegue. “Este no es un tiempo de resignación. No puede serlo”, afirmó, conectando el malestar social con un deber político: recuperar calle, tejido, conversación en barrios, centros de trabajo, AMPAS, institutos. Lo dijo sin adornos: si la izquierda se ausenta, alguien ocupa el hueco.

"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán
"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán

Cultura y democracia frente a la censura contemporánea

Ernest Urtasun, ministro de Cultura, se apoyó en el lugar donde se celebraba el acto para aterrizar una advertencia concreta: la cultura es de las primeras víctimas cuando la derecha decide gobernar con tijera y con control. Denunció los recortes al propio Círculo de Bellas Artes y lo calificó como una forma contemporánea de censura: “cuando uno recorta… y dice que solo va a financiar actividad por actividad porque quiere condicionar lo que aquí se hace, eso… es una forma de censura moderna que no toleraremos”. Su intervención mezcló cultura y política con un hilo muy reconocible: la libertad artística como termómetro democrático.

Pero Urtasun no se quedó en el símbolo. Dio un salto al tablero internacional para subrayar que el auge reaccionario no es una nube lejana, sino una corriente con efectos cotidianos. Y, en un giro que tensó a la sala, convirtió a Vox en un proyecto de importación: “no vamos a permitir que estos vendepatrias financiados por potencias extranjeras nos conviertan en una franquicia de Donald Trump”. Luego volvió al terreno de las medidas y la gestión, con una frase que buscó sacudir a los suyos: “no se ganan las elecciones con el freno de mano puesto”. En su planteamiento, gobernar bien no es un argumento defensivo, es una estrategia: estabilidad laboral, salarios, sanidad y, sobre todo, vivienda.

"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán
"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán

Adiós a la melancolía política

Antonio Maíllo, coordinador de Izquierda Unida, fue el que mejor recogió la energía emocional de la jornada. Entró con humor, se permitió una confesión colectiva (“nadie esperaba este desborde”) y proclamó una ruptura simbólica con la tristeza como estilo político: “se ha acabado la melancolía en la izquierda”. Lo suyo fue una llamada a disputar el clima cultural del país sin caer en la trampa del algoritmo. Bajo la espuma digital, recordó, hay algo más fuerte: “debajo de los algoritmos hay muchas mentes, muchas inteligencias y muchos corazones”.

Maíllo habló de la vida en común como antídoto: sanidad, educación, universidad pública, becas, formación profesional. No como nostalgia, sino como defensa de un modelo social que permitió a muchos “ser los primeros” en su familia en estudiar. Su discurso no huyó de la palabra que tantos evitan: el fascismo, dijo, “no es una amenaza futura”, está presente. Y, en el cierre, convirtió la unidad en una forma de obediencia a la gente, no a los aparatos: “es un acto de obediencia al clamor social que reclama unidad”.

Gobernar para transformar, no solo para resistir

Mónica García, ministra de Sanidad, cerró con un tono que mezcló cercanía y filo. Empezó agradeciendo y saludando, pero enseguida puso el acento en el contraste moral: la bienvenida “calurosa” no es la misma para todos, vino a decir, y la izquierda debe elegir a quién abraza. Y planteó la receta de Más Madrid como un modo de hacer política: hablar de lo cotidiano, arraigo territorial, orgullo sin encerrarse. Su mensaje se ordenó alrededor de una idea: hay que sacudirse el pesimismo sin caer en la autoayuda.

"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán
"Acto por la unidad de la izquierda" Un paso al frente, foto Agustín Millán

De las frases que dejó, una sintetizó su propósito político de fondo: “no hemos venido a lamentarnos ni a mirarnos el ombligo. Hemos venido a ganar, a gobernar y a transformar”. Señaló adversarios “hacia arriba” —tecnooligarcas, fondos buitre, grandes tenedores— y rechazó el juego de culpas internas como explicación cómoda. Y reservó uno de los momentos más graves para lo que llamó “la verdadera inseguridad”: la violencia machista. En su cierre, volvió al hilo común de toda la mañana, casi como consigna de bienvenida y de futuro: “aquí no sobra nadie”.

Un acto contra la resignación

El encuentro del 21 de febrero no cerró acuerdos electorales ni presentó candidaturas. Su objetivo fue otro: reconstruir confianza política en un contexto marcado por la sensación de retroceso democrático global.

Cinco intervenciones distintas coincidieron en una misma conclusión: la unidad no es un gesto simbólico, sino una condición necesaria para disputar el futuro.

Más que un cierre, el acto funcionó como declaración de intenciones. Frente al cinismo, organización. Frente al miedo, cooperación. Frente a la resignación, participación.

Porque, como se repitió implícitamente durante toda la jornada, el desafío no es únicamente ganar elecciones, sino sostener un proyecto común capaz de mejorar la vida cotidiana de la mayoría social.

Y ese camino —insistieron todos los ponentes— acaba de empezar.

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