En medio del cruce de versiones, una cosa parece clara: lo que Washington presenta como negociaciones, Teherán lo define como otra cosa muy distinta. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, ha negado de forma tajante que exista un proceso de diálogo con Estados Unidos para poner fin al conflicto. No hay conversaciones, insiste. Lo que sí reconoce es la existencia de mensajes que llegan a través de intermediarios, pero sin carácter negociador. Una diferencia que, en el contexto actual, no es menor.
Porque detrás de esa matización hay algo más que una cuestión semántica. Hay dos relatos enfrentados.
Mientras Donald Trump habla de avances, consensos e incluso de compromisos sobre el programa nuclear iraní, desde Teherán se responde con un desmentido frontal. No hay negociación, no hay acuerdo y no hay señales de distensión en los términos en los que lo plantea la Casa Blanca.
Lo que sí hay es intercambio de mensajes, pero sin marco formal ni garantías.
Araqchi lo deja claro: responder a comunicaciones a través de terceros no equivale a sentarse a negociar. Y, en paralelo, fija la posición iraní sin demasiados matices. Irán no busca la guerra, pero tampoco acepta un alto el fuego en las condiciones actuales. El conflicto, sostiene, debe terminar en términos que eviten que se repita.
Eso incluye algo que Washington no menciona: reparaciones y reconocimiento de daños.
El discurso iraní se apoya además en una idea que ha ido ganando peso en las últimas semanas. Esta no sería, según Teherán, una guerra bilateral, sino un conflicto impulsado por Israel en el que Estados Unidos ha terminado implicándose. Una lectura que sitúa a Trump no como mediador, sino como parte activa del problema.
Y ahí es donde las declaraciones del presidente estadounidense pierden credibilidad fuera de su propio marco.
Trump insiste en que hay avances, en que Irán ha aceptado condiciones clave y en que el conflicto puede encauzarse. Pero esas afirmaciones no encuentran respaldo en la otra parte. Más bien al contrario: desde Teherán se interpretan como movimientos destinados a influir en el escenario internacional, especialmente en el mercado energético.
En paralelo, Irán eleva el tono hacia los países de la región. Araqchi ha pedido abiertamente que se distancien de Estados Unidos y que no permitan el uso de sus bases o espacios aéreos para operaciones militares. El mensaje no es nuevo, pero sí más directo que en fases anteriores del conflicto.
La crítica se centra en el papel de esas bases. Según Irán, lejos de garantizar seguridad, han convertido a los países que las albergan en objetivos potenciales. Una advertencia que busca ampliar el foco del conflicto más allá del eje Washington-Teherán.
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz sigue siendo el punto más sensible.
Araqchi ha defendido que no está completamente cerrado, aunque reconoce que el paso se restringe a lo que denomina “enemigos”. En la práctica, eso significa que el tránsito depende del origen, la bandera o incluso de la posición política de cada país. Un escenario que introduce incertidumbre en una de las rutas clave del comercio mundial.
El mensaje iraní intenta trasladar una cierta normalidad controlada: el paso está abierto para unos y limitado para otros. Pero la realidad es más inestable. Muchas compañías evitan la zona, los seguros encarecen los trayectos y el impacto en los precios del petróleo ya es visible.
En ese contexto, el margen para interpretaciones optimistas es reducido.
Trump ha llegado a amenazar con ataques directos si Irán no reabría el estrecho, aunque después ha optado por aplazar cualquier acción. Un movimiento que refleja más dudas que determinación, y que encaja con una estrategia que alterna presión, anuncios grandilocuentes y cambios de rumbo en cuestión de días.
Un estilo que complica más de lo que aclara en un escenario ya de por sí volátil.
Irán, por su parte, mantiene una línea más constante: resistencia, control del terreno y rechazo a negociar en los términos actuales. El choque no es solo militar o económico, también es narrativo.