Mientras las gentes de Hollywood, salvo honrosas excepciones, guardaban un ominoso silencio, el valiente Javier Bardem, nuestro Bardem, alzaba la voz alto y claro: “No a la guerra y Palestina libre”. Un año más, la gala de los Oscar se ha caracterizado por su tibieza frente al poder y su escaso contenido político. Algo desalentador en un momento especialmente dramático, cuando las bombas de Trump y Netanyahu caen sobre Irán y el fantasma de una Tercera Guerra Mundial se materializa ante nuestros ojos.
Los divos y divas del cine americano se han puesto una venda en los ojos y tapones en los oídos para no ver ni oír cómo las escuelas de niñas de Teherán vuelan por los aires. Las celebrities siguieron con sus modelitos y esmóquines, con sus cursis discursos de agradecimiento y sus estúpidos cócteles mientras en ese preciso instante morían decenas de inocentes al otro lado del mundo. Ochocientos muertos en un solo día en el Líbano. Y la cifra sigue engordando cada minuto que pasa.
“Hay que aprovechar esto (los Oscar) para hablar de las cosas que importan. El cine hay que celebrarlo, pero también hay que aprovechar este altavoz para las cosas que han creado tanto dolor en el mundo”, recordó nuestro actor más internacional, que lució en la solapa la misma pegatina del “No a la guerra” que ya exhibió en 2003, durante la guerra de Irak ilegítima e injusta patrocinada por el Trío de las Azores Bush/Blair/Aznar. Bajo el adhesivo, una chapa con la caricatura de Handala, un símbolo de la resistencia palestina creado en 1969.
El mundo de ayer se desmorona sin remedio. Volvemos a la ley de la jungla, a las viejas fronteras del Congreso de Viena, al inhumano colonialismo y a las ancestrales guerras franco-prusianas. La muerte de Jürgen Habermas, último intelectual del siglo XX, simboliza la sensación de vacío que se apodera de la humanidad. El padre del patriotismo constitucional (patriotismo, que no patrioterismo) y de la teoría de la acción comunicativa, nos deja un legado impagable: el lenguaje debe servir para el diálogo porque sin diálogo no hay democracia. Si las personas hablan en condiciones de igualdad, libres de coerción y orientadas al entendimiento racional, la verdad resplandece y los charlatanes, populistas y embaucadores cesan en su verborrea barata. Es la palabra como gran arma de la libertad contra el fascismo. Bardem va más allá del kantiano Habermas, cuya ilustrada y pacífica filosofía quizá haya quedado algo pasada de moda en este nuevo mundo despiadado, polarizado y salvaje. Bardem dispara beligerantes mensajes antifas que impactan en las conciencias anestesiadas, mientras las dinastías cinematográficas de Beverly Hills, por miedo a que el amo Trump las eche del plató para siempre, se ponen de perfil, junto al lobby sionista de la industria del Séptimo Arte, y enmudecen.
Frente al cateto matón Trump que amenaza con un “futuro muy negro” a toda aquella nación del mundo que no se sume a su flotilla en el Estrecho de Ormuz, nos quedan las minorías culturales, los valientes irreductibles, los últimos intelectuales, cada vez menos. Nos quedan las enseñanzas de Habermas, el niño del labio leporino humillado por sus compañeros de colegio a causa de sus problemas de habla. Nos queda el perreo mestizo, multicultural y subversivo de Bad Bunny. Y nos queda Bardem, el inmigrante hispano con rostro y gesto de honrado gladiador capaz de partirse la cara con el Nerón de la decadente Roma neoyorquina, entregada ya sin complejos a la codicia del dólar, a la fiebre del oro negro y a las bacanales Epstein.
¿Pero por qué calla Hollywood? Porque la industria del cine depende la Bolsa de Wall Street. Porque defender al pueblo palestino condenado al genocidio puede hundir una película de alto presupuesto. Porque las grandes productoras y plataformas ya solo miran la cuenta de resultados y no los derechos humanos. Y porque las grandes estrellas de hoy son cobardes y le tienen pánico a las campañas de desprestigio en las redes sociales (cuando Bogart y Bacall salieron a la calle, codo con codo, para protestar contra la caza de brujas del senador McCarthy, no había Twitter).
Los artistas no solo tienen un compromiso con su arte, también con el mundo y con su tiempo. Están obligados, por su genialidad y su capacidad de generar nuevas ideas, a transformar la sociedad. La equidistancia mientras avanza el nuevo nazismo posmoderno es un indicio de complicidad. Pero Hollywood, la aplastante maquinaria del entretenimiento capitalista, opta por el silencio de los corderos. En este caso, por el silencio de los lobos con piel de cordero. Las aristocracias del cine callan porque hay mucha mansión con piscina y palmera que pagar, mucho contrato que firmar con los estudios Disney, la Paramount y Netflix y mucho anuncio de perfume caro que rodar. Y luego están los impostores del método Stanislavski, buenos y convincentes actores que por el día se hacen pasar por activistas por la paz y por la noche frecuentan las fiestas salvajes de Mar-a-Lago. Por fortuna, aún nos queda Bardem, un espíritu libre, el potro indomable del star system, el Séneca del cine que con sus diatribas antibelicistas hace temblar las columnas del imperio, la meca de la frivolidad. Un embajador de la España buena que representa lo mejor de nuestro país. Antaño, el franquismo exportaba toros, vino, el flamenco de Lola Flores y el Real Madrid. Hoy Bardem exporta las últimas ideas humanistas de un mundo que se desmorona sin remedio: paz, fraternidad, justicia y libertad. Trump ya lo ha incluido en su lista negra de losers a liquidar, justo al ladito de Pedro Sánchez.