El Ártico ha dejado de ser un espacio remoto para convertirse en un problema inmediato. Dinamarca y Groenlandia han pedido formalmente a la OTAN una misión específica en la isla, una decisión que no se explica solo por el aumento de la tensión geoestratégica, sino por un hecho más incómodo: la principal incertidumbre para la seguridad del territorio procede hoy del socio que durante décadas garantizó esa misma seguridad.
La solicitud trasladada al secretario general de la Alianza, Mark Rutte, no es un gesto rutinario ni una operación simbólica. Es una señal política precisa. En el lenguaje de la OTAN, pedir una misión equivale a internacionalizar un conflicto latente, a elevarlo de problema bilateral a asunto colectivo. Y eso es exactamente lo que Copenhague y Nuuk buscan: sacar el debate de la órbita de Washington y situarlo en un marco europeo y multilateral.
El Ártico como frontera política
Groenlandia no forma parte de la Unión Europea, pero sí del sistema de seguridad occidental. Su posición, estratégica para el control del Ártico y de las rutas que el deshielo abre cada año, ha pasado de ser un activo silencioso a un objeto de disputa explícita. Las declaraciones reiteradas de Donald Trump sobre la soberanía de la isla —disfrazadas de preocupación por la seguridad— han roto un tabú: por primera vez, un país de la OTAN amenaza implícitamente la integridad territorial de otro.
La reacción danesa ha sido medida, casi quirúrgica. Lejos de romper puentes, ha optado por reforzar el marco común. La petición de una misión de la OTAN no es un desafío directo a Estados Unidos, pero sí una forma de recordarle que el Ártico no es un espacio vacío ni un tablero privado. Es territorio, población y soberanía.
Una alianza que se mira a sí misma
El propio Rutte ha hablado de “seguridad colectiva”, una expresión que en este contexto adquiere un significado menos retórico. Porque la OTAN se enfrenta aquí a un dilema poco habitual: cómo proteger a un aliado de otro aliado sin romper la arquitectura de la Alianza. La respuesta, por ahora, es procedural. Tomar nota, ganar tiempo, insistir en la cooperación y evitar cualquier gesto que pueda interpretarse como una fractura abierta.
Pero la realidad es menos cómoda. Dinamarca ha acelerado inversiones militares, Europa aumenta su presencia en el Ártico y Groenlandia, tradicionalmente ausente del debate estratégico, ha comenzado a hablar en primera persona. El movimiento no es menor: el gobierno autónomo de la isla ha dejado claro que no quiere ser solo un espacio logístico, sino un actor político.
El silencio como mensaje
La ausencia de una respuesta concreta por parte de Rutte es, en sí misma, una respuesta. La OTAN se mueve con cautela, consciente de que cualquier paso en falso puede convertir una tensión diplomática en un precedente incómodo. Mientras tanto, Estados Unidos sigue siendo definido oficialmente como “socio indispensable”, aunque cada vez resulta más evidente que ese socio actúa con una lógica propia, no siempre alineada con el interés europeo.
La petición de una misión aliada en Groenlandia es, en el fondo, un movimiento defensivo. No contra una potencia externa, sino contra una deriva interna. El Ártico se ha convertido en el lugar donde la OTAN ensaya una pregunta que Europa lleva tiempo evitando: qué hacer cuando el riesgo no viene de fuera, sino del centro mismo del sistema.