Cuando se lleva muchos años analizando lo que dicen los políticos, se sabe que en La Moncloa no hay adjetivo ni frase que se deje al azar. Ninguno. Los discursos los peinan los asesores una y otra vez antes de encender las cámaras. Por eso, lo que pasó ayer tras el Consejo de Ministros no fue un resbalón ni un calentón. Fue un acto que olía a kilómetros a desesperación.
Salió la portavoz, Elma Saiz, se plantó ante el micrófono solemne y soltó la consigna sin despeinarse: hacer justicia, dijo, es declarar inocente a Begoña Gómez. Tal cual. Leyó la sentencia antes de que exista el tribunal, porque, vamos a ver, ¡si ese jurado popular ni siquiera ha sido elegido!
Cuando un Gobierno se ve en la obligación de empezar a presionar a un jurado popular, lo que está demostrando no es fuerza. Es pánico. Es la prueba del algodón de que, en el fondo, en las tripas del Ejecutivo piensan que Begoña Gómez lo tiene francamente negro.
El auto del juez Peinado para sentar a la esposa de Pedro Sánchez en el banquillo por la presunta comisión de los delitos de tráfico de influencias y malversación ha caído como un jarro de agua helada. Se acabó el marear la perdiz con recursos técnicos. Ahora la suerte está echada ante nueve ciudadanos de a pie. Nueve vecinos anónimos sin carné de partido que van a juzgar los hechos según su conciencia. Y claro... ahí es donde a La Moncloa le han entrado los temblores porque a un tribunal de carrera le puedes discutir la doctrina, pero a un jurado popular no lo controlas desde un despacho. Intentar condicionar a esos nueve ciudadanos antes de que hayan sacado sus nombres del bombo es una jugada arriesgadísima. Si tan seguros estuvieran en el Gobierno de que todo esto es aire de borrajas, les bastaría con pedir serenidad y confiar en la justicia. Pues no. Han preferido salir a presionar en directo.
El mensaje soterrado es peligroso: si el jurado la absuelve, se habrá hecho justicia; si la condena, será un linchamiento político por ser "la mujer de". Una trinchera en toda regla. Están preparando el terreno para poder atacar al propio tribunal si las cosas se tuercen en la sala de vistas. O, lo que podría ser peor, acobardar a esos 9 ciudadanos con la sensación o la interpretación de que el decir "confiamos en que un jurado ecuánime hará justicia y en este caso hacer justicia es declarar a Begoña Gómez inocente" sea una amenaza velada de que podrían sufrir represalias si no ejecutan la justicia que quiere el Gobierno.
A estas alturas del partido, la estrategia salta a la vista. Como la defensa en los juzgados flaquea, lo apuestan todo al choque político. Pero les está saliendo el tiro por la culata. Cuanto más gritan la inocencia desde las tribunas, más sospechosa resulta tanta vehemencia a ojos del ciudadano de a pie.
En los pasillos de los juzgados existe una máxima que afirma que cuando la política necesita gritar a los cuatro vientos que alguien es inocente antes de que hable el juez, suele ser porque los papeles del sumario queman en las manos.
La Moncloa no está intentando convencer al tribunal de que no hay delito. Lo que están haciendo es construir un muro de contención para que, si llega la condena, la ola de impacto no se lleve por delante al partido o al líder porque, con unas elecciones de por medio, nadie puede garantizar que Pedro Sánchez continúe en La Moncloa. Pero al actuar así, de jueces de última instancia, han dado la sensación de que están confesando lo que tanto querían ocultar: que el horizonte judicial de Begoña Gómez pinta muy, pero que muy oscuro.
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