La igualdad entre hombres y mujeres ha sido una de las transformaciones sociales más profundas de las últimas décadas. Se ha legislado, se ha discutido en la escuela, se ha incorporado a la cultura política y se ha convertido en un principio básico de las democracias europeas. Por eso resulta llamativo que, en una generación que ha crecido con ese marco normativo y cultural, reaparezcan con cierta naturalidad ideas que parecían pertenecer a otra época.
Un estudio internacional elaborado por Ipsos junto al Instituto Global para el Liderazgo de la Mujer del King’s College de Londres señala que casi uno de cada tres hombres de la llamada Generación Z considera que una esposa debería obedecer a su marido, y una proporción similar cree que el marido debería tener la última palabra en las decisiones importantes del hogar.
Un retroceso inesperado
Durante años se dio por hecho que las generaciones más jóvenes consolidarían el avance feminista. Era una hipótesis razonable: nacieron en sociedades donde el acceso de las mujeres al trabajo, a la educación superior y a la vida pública ya no era una excepción.
Sin embargo, los resultados de la encuesta, realizada a más de 23.000 personas en 29 países, dibujan un panorama más complejo. Los hombres jóvenes muestran en varios aspectos actitudes más tradicionales que las de generaciones mayores, algo que rompe con el relato lineal de progreso social.
Mientras alrededor de un tercio de los hombres más jóvenes considera que el marido debe tener la última palabra en el hogar, entre los llamados “baby boomers” esa opinión es minoritaria. La diferencia generacional, lejos de avanzar hacia posiciones más igualitarias, en algunos casos parece invertirse. Entre las mujeres la tendencia es distinta. Las jóvenes muestran un rechazo mucho mayor a esos esquemas jerárquicos
La nostalgia del orden
La encuesta muestra otra paradoja interesante. Muchos de los hombres jóvenes que consideran excesiva la presión para apoyar la igualdad también mantienen expectativas tradicionales sobre su propio papel como hombres.
Una parte significativa cree que los hombres deben mostrarse físicamente fuertes, evitar mostrar afecto entre amigos o asumir el papel central como proveedores económicos. Es decir, no solo se preserva una visión jerárquica del papel de las mujeres, sino también un modelo rígido de masculinidad.
El feminismo lleva décadas señalando precisamente esa cuestión: los estereotipos de género limitan a ambos sexos. Pero la reacción que aparece en parte de la juventud masculina parece responder a otra lógica: una cierta nostalgia por un orden social claro, aunque ese orden sea desigual.
Otro aspecto relevante del estudio es la distancia entre lo que las personas creen personalmente y lo que perciben como expectativas sociales. Muchos encuestados dicen no compartir visiones tradicionales, pero creen que su sociedad sigue esperando que las mujeres asuman la mayor parte del cuidado doméstico y que los hombres sean los principales sustentadores económicos.
Esa percepción refleja algo que el feminismo ha explicado con insistencia: las normas culturales sobreviven mucho más tiempo que las leyes.
Incluso en países donde la igualdad jurídica está ampliamente consolidada, los roles tradicionales siguen apareciendo en la vida cotidiana, en el mercado laboral, en la crianza o en la distribución del tiempo doméstico.
Un debate que no ha terminado
Las cifras del estudio no significan que exista un giro generacional masivo hacia posiciones antifeministas. La mayoría de los jóvenes, hombres y mujeres, sigue mostrando actitudes más igualitarias que las que dominaban hace medio siglo.
Pero sí indican algo importante: los avances sociales no son irreversibles. Las redes sociales, la cultura digital y ciertos discursos políticos han reintroducido entre algunos jóvenes una narrativa que presenta la igualdad como una amenaza para los hombres. Esa idea, amplificada por comunidades digitales muy activas, encuentra eco en quienes perciben los cambios sociales como una pérdida de estatus.
El feminismo lleva décadas explicando que la igualdad no es una concesión ni una moda generacional. Es un principio democrático. Y, como todos los principios democráticos, necesita ser defendido una y otra vez, incluso, y quizá especialmente, entre quienes han crecido pensando que ya estaba garantizado.