Felipe VI está harto de Feijóo

Casa Real deja en evidencia al líder del PP al recordarle que el retorno del emérito no depende de los papeles del 23F, sino de sus problemas con Hacienda

28 de Febrero de 2026
Actualizado a las 11:23h
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Alberto Núñez Feijóo con el rey Felipe VI
Alberto Núñez Feijóo con el rey Felipe VI.

La relación entre Casa Real y el Partido Popular se vuelve tensa por días. Para empezar, ni a Felipe ni a Letizia les convencen los pactos de los populares con la extrema derecha de Vox. De hecho, en Zarzuela tiemblan cuando ven a los ultras de Santiago Abascal cantando el Cara al Sol, rodeando Ferraz o gritando aquello de “Borbones a los tiburones”. El fascismo posdemocrático hace tiempo que rompió con la monarquía, al menos con la monarquía de hoy, por mucho que Abascal se empeñe en convencernos de que su partido siempre respetará la Constitución. La Carta Magna del 78, con su modelo de parlamentarismo bipartidista y descentralizador nunca le gustó al Caudillo de Bilbao. Como a Trump tampoco le agradan las enmiendas norteamericanas y sueña con cambiarlas para quedarse él de presidente de forma vitalicia y ya para siempre. Ambos son aprendices de gran dictador, como en la película de Chaplin.

Por tanto, a la monarquía española contemporánea le repele Vox como el vampiro a los ajos. Sin embargo, eso no es lo más preocupante. Lo más grave para el futuro de este país es el divorcio en ciernes, la ruptura emocional entre Felipe VI y la derecha convencional, o sea el PP. En los últimos días hemos visto cómo Feijóo se entrometía en los asuntos de palacio al calificar como “deseable” el retorno a España de Juan Carlos I. La afirmación ha sentado a cuerno quemado en Zarzuela. Una gracia con poca gracia. Felipe y Letizia llevaban años intentando dar una imagen solvente y moderna a la monarquía. Con el rey emérito aparcado en Abu Dabi, la ruptura con los escándalos del pasado fue mucho más fácil. De esta manera, a Casa Real le resultó mucho más llevadera la difícil tarea de convencer al pueblo de que había puesto un estricto cordón sanitario a las trapacerías fiscales e historias de la bragueta del patriarca de la Transición. Estaban a un discurso de Nochebuena de convencer a los españoles de que esta vez iba en serio el intento de transparencia.

Pero llegó Pedro Sánchez a remover los papeles clasificados del 23F, que finalmente han venido a avalar la versión oficial de que Juan Carlos no estaba al tanto de la conjura, y todos los planes de Zarzuela para mantener lo más lejos posible al emérito han saltado por los aires. Los archivos secretos del tejerazo han sido una especie de sentencia absolutoria, el emérito se ha venido arriba (ya lo estaba tras la publicación de su libro de memorias, donde ajustaba cuentas con la familia y con los súbditos “desagradecidos”) y ya ha avisado a su entorno más próximo de que piensa regresar más pronto que tarde. Al momento, Feijóo, que no da una a derechas, tal es su desatino como estratega, creyó ver la ocasión perfecta para blanquear la imagen del exjefe de Estado, declararlo inocente de toda acusación de golpismo, quedar bien con Felipe VI y de paso desgastar al Gobierno de coalición, sugiriendo, tal como ha hecho Aznar, que el presidente socialista lleva dentro a un peligroso republicano empeñado en llevar a cabo un proceso constituyente, o sea una Segunda Transición, esta vez hacia la Tercera República. En realidad, Feijóo estaba haciendo de ridículo palmero, ya que el emérito no está en ningún exilio, en todo caso de vacaciones árabes, y se deja caer por Sanxenxo cada vez que le entran ganas de comerse un buen centollo.

El nuevo plan de Feijóo para arañar unos cuantos votos con el populismo monárquico ha terminado dándose de bruces con la realidad. La idea de que el emérito se vuelva cuanto antes a Madrid –poco le ha faltado para pedir un desfile con honores, confetis, fanfarrias y banda de música por las calles de la capital– no ha entusiasmado precisamente a la Casa Real, es más, se ha convertido en un incordio, y a esta hora a buen seguro que Letizia ya le ha dicho al rey eso de que callado estaba más guapo el líder del PP. De hecho, no habían pasado ni 24 horas desde las grandilocuentes declaraciones projuancarlistas del jefe de la oposición cuando Zarzuela salió al paso para aclarar que el problema de la vuelta del rey emérito son los impuestos y no el 23F tal como había planteado el dirigente conservador. En concreto, la familia real tiene claro que Juan Carlos I “debería recuperar su residencia fiscal en España” si es que está pensando en su retorno (y pagar impuestos aquí como todo quisqui). Hasta el hijo ha sido más crítico con los pecados del padre que el pelota dirigente genovés.

Tras sus desafortunadas declaraciones, Feijóo entendió que había vuelto a meter la pata y decidió enviar a un bombero, en este caso bombera, a intentar apagar el fuego. “Si la residencia es España, lógicamente es obvio que tendrá que pagar impuestos aquí”, aclaró Alicia García, portavoz del PP en el Senado, con una media sonrisilla algo cortada que dejaba en evidencia al jefe. Mientras tanto, el siempre maquiavélico MAR aconsejaba a Ayuso que no se metiera en el charco del fisco que tan malos recuerdos trae a su novio. Y la lideresa siempre hace lo que le dice su ventrílocuo, ese es su gran talento político.

En Zarzuela ya no se fían de Feijóo. Hasta el jardinero de palacio sabe que el líder popular está de cambalaches, francachelas y componendas con Vox, un partido que pretende superar el actual marco constitucional para instaurar una especie de autocracia posfranquista. A Abascal le sobra la Constitución, los derechos humanos, la monarquía parlamentaria y unos cuantos primeros espadas del partido a los que ya ha guillotinado como Ortega Smith, Espinosa de los Monteros, Macarena y el último el ala pivot de Murcia, que ahora no me acuerdo cómo se llama. Todo ese tufo autoritario, caudillista, cuartelero, ya se ha captado en Casa Real. O mejor dicho, lo ha captado la reina Letizia, que es la que tiene astucia y talento político para estas cosas, y se lo ha hecho entender a su esposo. Hoy por hoy, mezclarse con el PP es tanto como hacerlo con Vox. A eso hemos llegado. Qué vergüenza, Alberto.

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