Feijóo pacta con el Orban español

El líder del PP pierde los papeles e incurre en contradicciones cada vez que le toca improvisar un discurso político

15 de Abril de 2026
Actualizado a las 8:55h
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Abascal y Orban en una imagen de archivo mientras estaban pendientes los pactos de Vox con Feijóo
Abascal y Orban en una imagen de archivo mientras estaban pendientes los pactos de Vox con Feijóo

Dice Feijóo que Pedro Sánchez es “el Orban del sur”. La hipérbole deformada, caricaturesca, va en la línea de lo que es el dirigente del PP: un señor ridículo sin principios, sin ideales, sin empaque democrático y sin un proyecto de país. Alguien que se limita a repetir, como un papagayo, aquello de “váyase, señor Sánchez”. En definitiva, un candidato vacuo, sin alma de estadista y pleno de cinismo.

Para empezar, por si Alberto no lo sabe, Orban es el topo de Putin en la Unión Europea. El infiltrado del KGB que le pasa información al Kremlin sobre cada cosa que se cuece en Bruselas. Si algún día el sátrapa de Moscú invade Polonia, lo hará gracias a los microfilms, dosieres sobre la OTAN, audios y datos sensibles que el ya expresidente húngaro le ha ido filtrando y remitiendo, bajo manga, durante tantos años. Sánchez ha denunciado esa amenaza del Este por activa y por pasiva. Si por algo se ha destacado el presidente del Gobierno español es por plantar cara a los autócratas de este siniestro nuevo mundo de oligarcas y posverdad que nos están construyendo. Sánchez ha liderado el movimiento europeo contra el expansionismo de Putin en Ucrania; ha denunciado los genocidios de Netanyahu en Gaza, Cisjordania y Líbano; y ha desafiado a Donald Trump por hacer añicos el Derecho internacional, por secuestrar a Maduro, por bombardear Irán en otro crimen contra la humanidad que quedará para los libros de historia. Orban, el espía que surgió del frío, está al servicio de esa pandilla de ricos gamberros, iluminados, totalitarios, megalómanos y narcisistas de los que Sánchez nos ha desmarcado a los españoles para colocarnos en el lado bueno de la historia. Y quizá por eso el presidente húngaro ha perdido las elecciones de este fin de semana a manos de un señorito con pinta de ario supremacista y de derechas, aunque algo más moderado. Si la extrema derecha empieza a perder fuelle en toda Europa, si el suflé Trumputin empieza a desinflarse, es en buena medida porque Sánchez y un puñado de líderes occidentales se mantuvieron firmes sin dar un paso atrás frente al nuevo fascismo posmoderno. Que no venga Feijóo ahora a vendernos el cuento al revés de que él es el “salvador” de la democracia.

Aquí, si hay alguien que ha estado desde el principio con el trumpismo rampante, con la secta MAGA y con el Orban del norte (Abascal es vasco) ha sido el PP. Y ese bochorno, uno más, le perseguirá para siempre. Cuando llegó el momento de romper con el caudillo ultra decidió pactar con él en los diferentes gobiernos regionales. Cuando llegó el momento de condenar las matanzas de Gaza, Feijóo sacaba a pasear a Ayuso para que soltara burradas como que el Gobierno de coalición estaba lleno de “terroristas de Hamás”. Y aún estamos esperando que el gallego saque algo de vergüenza torera, un ramalazo de dignidad, de bravura ibérica y de verdadero patriotismo, y le diga a Trump que este es un viejo país con más de quinientos años de historia, por fortuna ya libre, que no se arrodilló ante Napoleón y no lo hará ante los chantajitos, arancelitos y amenazas de un pijo con ínfulas de Premio Nobel.

Ahora que Trump se retrata en las redes sociales disfrazado de Jesucristo, Feijóo empieza a comprobar con estupor que ir de la mano con los teloneros del gurú de la secta ha sido un mal negocio político. Entre otras cosas porque al mundo católico no le ha hecho ni pizca de gracia que el loco haga bromas con eso de que es el nuevo mesías. Hasta el papa León XIV (otro pontífice que le sale rojeras al PP, se siente), se alinea con las tesis de Sánchez. “El corazón de Dios está desgarrado por las guerras, la violencia, las injusticias y las mentiras. Pero el corazón de nuestro Padre no está con los malvados, con los prepotentes, con los soberbios; el corazón de Dios está con los pequeños y los humildes, y con ellos lleva adelante su Reino de amor y de paz, cada día. Donde hay amor y servicio, allí está Dios”. Activismo antitrumpista en estado puro. Ahí le duele a Feijóo. El mundo cristiano dando arcadas ante las frivolidades religiosas del magnate neoyorquino y él diciendo que Sánchez es un dictador. Patético.

Feijóo queda una y otra vez en evidencia, y lo hace por cada cosa que hace y dice, desde su impostado “no a la guerra” para no perder votos hasta los sensibles temas de extranjería, que él identifica, en otro error estratégico garrafal, como un problema de seguridad y terrorismo. Garamendi le rebate su discurso xenófobo (en sintonía con Vox) cuando se felicita por la regularización masiva de inmigrantes y Josep Sánchez Llibre, presidente de la patronal catalana Foment del Treball, recuerda que las empresas españolas necesitan la inmigración “como el agua que bebemos”. Si las gentes del dinero rechazan el argumentario de Génova es que algo está haciendo mal el mandamás popular.

Feijóo quiere aparecer ahora como pacificista, como defensor de la Iglesia frente a la herejía Trump y como demócrata de pedigrí. El problema es que ya es tarde para cambiar de bando y de opinión. Está demasiado manchado por el nuevo fascismo posmoderno. Juzgar la historia a toro pasado es fácil. El auténtico estadista es el que sabe ver los males y amenazas que acechan a la humanidad antes de que acontezcan. Feijóo debe pensar que los españoles son estúpidos si espera que crean que Sánchez es poco menos que Stalin. Sus patrañas y piruetas de payaso sin gracia cada vez se parecen más a las de Trump. Solo le falta disfrazarse de Apóstol Santiago que cura enfermos a lingotazos de queimadas. Cualquier cosa.  

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