Estar cuando toca

La diferencia entre Carlos Mazón y Óscar Puente no está en el error, sino en la presencia. Y en política, eso lo cambia todo

29 de Enero de 2026
Actualizado el 02 de febrero
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Estar cuando toca

Las crisis no revelan tanto lo que hacen los gobiernos como lo que son. Cuando todo se rompe, cuando el agua entra en las casas o un tren descarrila, la gestión se reduce a una pregunta incómoda y sencilla: ¿había alguien al otro lado? La respuesta, en estos días, ha sido muy distinta para Carlos Mazón y para Óscar Puente.

En política no siempre se recuerda quién acertó, pero casi nunca se olvida quién no apareció. Las crisis tienen esa crueldad: reducen la gestión a una cuestión básica, casi infantil, que no entiende de competencias ni de organigramas. ¿Estabas o no estabas?

Carlos Mazón no estaba. Y no es una metáfora literaria ni una exageración de tertulia. Es una descripción.

Cuando la DANA arrasó municipios enteros de la Comunidad Valenciana, lo que se vio fue una administración desbordada y un presidente ausente durante horas que parecieron días. Mientras el agua entraba en casas, comercios y garajes, la Generalitat improvisaba comunicados y los alcaldes pedían información sin saber a quién. El mando político, que en esas situaciones no arregla nada pero lo ordena todo, tardó demasiado en hacerse visible.

No era una cuestión de protocolos —los protocolos siempre llegan tarde cuando llueve de verdad—, sino de algo más elemental: la presencia. En las emergencias, el liderazgo no consiste en acertar, sino en aparecer. En decir “estoy aquí”, aunque no se tenga todavía la solución. Cuando eso no ocurre, el vacío se llena solo. Y casi siempre con enfado.

Después llegaron las explicaciones. Que si la Aemet, que si el Gobierno central, que si las previsiones, que si el pasado. Llegaron todas menos la más difícil: reconocer que la reacción política fue lenta y que el silencio inicial pesó más que cualquier informe posterior. En política, repartir culpas suele ser el síntoma de que nadie quiere asumir la responsabilidad completa.

Óscar Puente hizo exactamente lo contrario

Cuando los accidentes ferroviarios irrumpieron en la agenda, el ministro de Transportes apareció desde el primer momento. Compareció, explicó lo que se sabía y lo que no, activó investigaciones técnicas y judiciales, anunció auditorías, revisiones de protocolos y cambios internos. No esperó a que se cerraran los informes ni a que bajara el ruido. Salió al centro del problema, que es justo donde más se desgasta un cargo público, pero también donde se ve para qué sirve.

Puente no intentó protegerse. No se escondió detrás de la complejidad técnica ni dejó que el tiempo hiciera su trabajo sucio. Entendió algo que en España todavía desconcierta: un ministro no está para salir indemne, sino para responder. Dar la cara no es admitir culpa, es asumir la función. Y el cargo no es un refugio, sino una exposición permanente a lo que sale mal, que es casi todo.

Eso descoloca a la oposición. Porque rompe el guion habitual. Si alguien se expone, si alguien se mueve, si alguien toma decisiones incómodas, ya no sirve el mismo manual de desgaste. Por eso se intenta igualar lo que no es igual: para que todo parezca lo mismo y nadie tenga que explicar nada.

Pero la comparación entre Mazón y Puente no es injusta. Es incómoda. Revela que hay dos maneras de estar en el poder. Una consiste en resistir, aguantar, desaparecer y esperar a que el tiempo diluya el daño. La otra, en exponerse, intervenir y aceptar que gobernar no es salir limpio, sino hacerse cargo incluso cuando el coste político es alto.

En el fondo, la discusión no va de trenes ni de inundaciones. Va de carácter. De entender el poder como un lugar donde esconderse o como un lugar donde dar la cara cuando todo va mal. De creer que la responsabilidad es un problema de comunicación o asumir que es, simplemente, parte del trabajo.

Por eso chirría tanto el intento de ponerlos en el mismo plano. No porque no haya tragedias en ambos casos, sino porque no hubo la misma actitud. Y en política, como en la vida, la actitud suele ser lo único que no se puede maquillar con un buen argumentario.

Se puede fallar —se falla siempre—. Pero desaparecer, cuando todo se hunde, es otra cosa. Y eso, por mucho que se grite, la gente no lo olvida.

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