Cuando la diplomacia estadounidense necesita ganar tiempo, suele recurrir a metáforas históricas. Esta semana, Marco Rubio ha encontrado una particularmente útil: la Transición española. El problema no es la comparación, sino el uso. Convertir un proceso lleno de contradicciones, silencios y renuncias en un manual exportable para Venezuela dice más del momento político de Washington que del futuro de Caracas.
En una comparecencia ante el Senado, el secretario de Estado de Estados Unidos citó a España —junto a Paraguay— como ejemplo de que las salidas de una autocracia no son inmediatas, de que requieren pactos y paciencia. La frase pasó casi desapercibida, pero no es inocente. Sirve para legitimar un giro estratégico: el acercamiento de la administración Trump a Delcy Rodríguez, hoy presidenta interina tras la caída de Nicolás Maduro, y el inicio de una normalización que hace apenas meses se consideraba impensable.
Rubio habla de transiciones mientras Washington ya ha cerrado acuerdos energéticos, ha reactivado canales diplomáticos y ha desplegado a la CIA sobre el terreno. No es una transición: es una negociación. Y la diferencia importa.
Historia de uso inmediato
La Transición española fue un proceso condicionado por el miedo, por la correlación de fuerzas y por la necesidad de evitar otra ruptura violenta. No fue un modelo, fue una salida. Y, sobre todo, fue un pacto interno, no un diseño tutelado desde fuera. Utilizarla ahora como justificación de un acuerdo pragmático con una élite que sigue controlando los resortes del Estado venezolano es una simplificación que roza el cinismo político.
España no transitó porque alguien desde Washington decidiera que era el momento oportuno. Transicionó porque el régimen ya no podía sostenerse como estaba y porque las fuerzas sociales empujaron hasta donde se les permitió. Exportar esa experiencia como receta es una manera elegante de rebajar las exigencias democráticas mientras se aseguran los intereses estratégicos, especialmente energéticos.
Rubio no es ingenuo. Sabe que invocar la Transición española desactiva críticas, porque apela a una idea de progreso gradual, de mal menor. Pero también sabe que esa Transición dejó heridas abiertas, zonas de impunidad y una memoria democrática incompleta. Usarla ahora como argumento no es una torpeza: es una maniobra retórica.
El lenguaje de la estabilidad
Desde enero, la política estadounidense hacia Venezuela ha cambiado de tono. Menos amenazas, más reuniones discretas, menos maximalismo y más vocabulario técnico. Se habla de “estabilidad”, “gestión ordenada” y “normalización progresiva”, palabras que suelen aparecer cuando el objetivo principal ya no es la democracia, sino la previsibilidad.
La restitución inminente de la presencia diplomática, la reanudación de los flujos petroleros y la liberación parcial de presos configuran un escenario que se vende como avance, pero que en realidad es un equilibrio provisional. Un equilibrio que Rubio necesita explicar sin admitir que ha renunciado a su propio discurso de confrontación.
Por eso aparece España. Como metáfora amable. Como precedente que sugiere que negociar con los herederos del poder es una forma de progreso. El problema es que la Transición no fue una pedagogía, fue una excepción histórica. Y cuando las excepciones se convierten en norma, la historia deja de explicar y empieza a encubrir.
Lo que se dice y lo que no
Rubio habla de altibajos, de procesos largos, de paciencia. No menciona que la arquitectura del poder venezolano sigue intacta. No menciona que los aparatos de seguridad siguen operativos. No menciona que los acuerdos energéticos se firman antes que las reformas políticas. Tampoco menciona que Estados Unidos ha aprendido a convivir con regímenes incómodos cuando el precio del petróleo lo aconseja.
La Transición española sirve aquí como lenguaje de legitimación, no como análisis. Es un espejo útil porque refleja lo que Washington quiere que se vea: gradualidad, prudencia, responsabilidad. Lo que no refleja es la asimetría de poder, ni el coste social, ni el riesgo de que la transición se quede en relato.
Rubio no ha citado la Transición para Venezuela. La ha citado para el Senado. Para explicar que lo que está ocurriendo no es una claudicación, sino una estrategia. Y para hacerlo ha usado una historia ajena, compleja y todavía discutida como si fuera un manual de instrucciones. La diplomacia, cuando se queda sin argumentos, siempre encuentra refugio en la historia. Aunque no sea la suya.