A Elon Musk se le funden los plomos

Una avería global, la segunda caída en tres días, deja sin servicio a la red social X

16 de Febrero de 2026
Actualizado a las 22:47h
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Elon Musk con Trump en una imagen de archivo
Musk y Trump, dos socios en el Despacho Oval

La red social X ha sufrido su segunda caída global en tres días. Millones de usuarios en todo el mundo se han quedado sin compartir mensajes y tampoco han podido usar la aplicación de inteligencia artificial, o sea Grok, ese instrumento digital siniestro con el que se puede desnudar niños impunemente. No ha sido un buen día para el magnate Elon Musk y sí un día glorioso para los demócratas de bien.

Hay vida más allá de X, antes Twitter. Se cae la red y la vida continúa como siempre. El sol sigue saliendo por las mañanas, la radio y la televisión funcionan, el agua y la luz no se cortan, los supermercados no tienen problemas de abastecimiento y el camión de la basura sigue pasando por los barrios, puntualmente, cada noche. Hasta los repartidores de Amazon y los sufridos riders siguen con su duro y abnegado trabajo de cada día sin que se vean afectadas sus tareas. La sociedad no se detiene ni se colapsa, o sea que no necesita para nada al Gran Hermano orwelliano del nazi de la gorra de béisbol que desafía a la democracia, envía chatarra al espacio y elige farragosas fórmulas matemáticas como nombres para sus hijos.

La caída generalizada de la red social X no ha sido ninguna tragedia para la humanidad, demostrándose así que lo que ofrece Elon Musk no es la absoluta y total libertad de expresión, sino un producto de entretenimiento prescindible, un opio electrónico para el pueblo, un falso medio de comunicación generador de bulos y burricie a mansalva para éxito del ciberfascismo. Puro humo, que es lo que se vende en el sistema capitalista salvaje (ya no quedan fontaneros, electricistas o carpinteros, pero creadores de contenido los hay a patadas).

Un poco de tuiteo al empezar la jornada no es pernicioso para la salud. Incluso podría decirse que viene bien para estar conectado con la actualidad de nuestro tiempo y no quedarse demasiado anticuado, desfasado o carca. Lo malo es cuando se dedica más tiempo del debido a navegar por esos océanos artificiales que al trabajo, a los libros, al buen cine, a escuchar música o a hacer deporte. Entonces llega la adicción.

La avería o apagón de X es una pequeña victoria para esa minoría silenciosa de irredentos a contracorriente que no lo usan nunca, que pasan mucho y que incluso hace tiempo le hace la guerrilla digital al monstruo, al Leviatán, a ese altavoz maquiavélico del ciberfascismo. Todos esos héroes resistentes han vivido el día del apagón con inmensa felicidad, con un intenso placer y con una carcajada vengativa e insumisa. Como no están enganchados al Matrix no padecerán trastornos como ansiedad, zozobra, angustia, desazón o inquietud por no poder publicar el mensajito de marras de cada día. Entonces, ¿quiénes sufrirán el colapso del imperio Musk? Los que le dan al aparatito a todas horas; los que no pueden conectarse para lanzar al mundo sus brillantes estupideces, sus geniales bobadas, sus pretendidas ideas revolucionarias sin las que el mundo no puede pasar; quienes estén al borde de la adicción grave, un drama del que no se habla pese a que en este país ya hay miles de personas atrapadas en las redes de las redes y cuyas vidas se ven seriamente afectadas por su poder alienante. Téngase en cuenta solo un dato demoledor: uno de cada tres jóvenes está sufriendo ya serias deficiencias en su desarrollo cognitivo por su enganche a las redes sociales. Se habla de enfermedades neuronales degenerativas similares al alzhéimer provocadas por un abuso de las plataformas digitales en paralelo al abandono de otras actividades intelectuales fundamentales para el desarrollo de una persona como la lectura. Ansiedad, insomnio, aislamiento, crisis emocionales y en casos extremos hasta ataques psicóticos. Algunos no pueden estar ni diez segundos sin consultar sus muros o sin subir una foto comiendo un plato de paella o en bañador. Salivan y les tiembla el pulso. Hay sectas destructivas que no provocan tanto daño en el individuo.

Si el ser humano está atravesado por el lenguaje, tal como creían Wittgenstein y Lacan, el humano milenial, el homo tecnologicus, está empalado por el post, el tuit, el meme y el story de Instagram. X y otras tecnologías han parido a una nueva casta de políticos que viven por y para el cuento de las redes sociales, su razón de vivir sin trabajar. No hacen la o con un canuto, no pegan golpe ni chapa, no saben gestionar una emergencia ni articular un discurso lógico o coherente más allá de los 140 caracteres o los que sean. Los sacas de la pantallita y del plasma y se pierden. Gente como Donald Trump, que no deja de intoxicar a la humanidad con sus delirios de grandeza; gente como Abascal, que está en la misma onda posfascista del magnate neoyorquino; los Alvise, Vito Quiles, Ayuso, MAR y otros. Todos ellos se han quedado huérfanos, sin saber qué hacer ni qué decir durante la avería. Se les nubló la vista, se les apagó la bombilla, por un momento volvieron a la cueva y al ostracismo, de donde no debieron haber salido jamás. Les faltaba el pienso de cada día: la sandez de turno con miles de likes. Qué remanso de paz, qué felicidad sin ellos y sus gilipolleces. Todo volvió a ser como antes de que llegara esta fauna.

Hoy, en el día para la historia, en el día de la liberación, en el auténtico Independence Day para quienes ya estamos hartos de telegramas rápidos y fáciles llenos de insultos, amenazas, chulerías, bravatas y griterío –todo ese chapoteo inmundo del estercolero de odio y caos que es X–, brindemos con champán por que se le haya jodido el invento a la oligarquía y el ruido de la antena del Goebbels de nuestro tiempo se haya apagado de repente. Disfrutemos de esta bendición, aunque solo sea por unas horas.

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