El elefante blanco ya no cabe en la habitación

La emisión de 'Anatomía de un instante' en TVE y la desclasificación de los documentos oficiales del 23F devuelven el interés de la opinión pública sobre la amenaza golpista

23 de Febrero de 2026
Actualizado a las 14:04h
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Una secuencia de 'Anatomía de un instante', la película sobre el 23F basada en el libro de Javier Cercas
Una secuencia de 'Anatomía de un instante', la película sobre el 23F basada en el libro de Javier Cercas

La 1 de TVE emitió anoche Anatomía de un instante, la película basada en el libro bajo el mismo título de Javier Cercas. Y no defraudó. El filme obtuvo unos elevados índices de audiencia, lo que demuestra el interés de los españoles (tanto de las viejas como de las nuevas generaciones) por un episodio, el 23F, que 45 años después sigue arrojando sombras oscuras no suficientemente aclaradas.

Anatomía de un instante es una muestra más que notable de buen cine histórico hecho en España, y no solo por la contribución artística del gran elenco de actores –todos ellos soberbios y algunos como Álvaro Morte en el papel de Suárez, Eduard Fernández como Carrillo y Manolo Soto en la piel de Gutiérrez Mellado sencillamente sublimes–, sino por la interesante forma de filmar de su director, Alberto Rodríguez. El realizador ha sabido captar el espíritu de la novela, que no solo se centra en el momento concreto en que Tejero (brutal David Lorente) irrumpe con sus esbirros en el Congreso de los Diputados, sino que indaga en las causas, en los antecedentes, en las biografías y factores humanos que confluyeron en el asalto al hemiciclo. Novela y película, dos caras de una misma moneda, son una indagación moral, un artefacto híbrido que mezcla investigación, memoria, autoficción y reflexión sobre nuestros trastornos y males como país, sobre nuestros fantasmas pasados y futuros. De ahí la anatomía, un término que alude a la enfermedad crónica del golpismo, esa dolencia tan española.

La película salva con destreza varios escollos. En primer lugar, el riesgo de volver a tocar un tema que ya se había llevado a la televisión con escaso éxito de público y crítica. En segundo término, sale airosa del siempre complejo desafío del biopic, ese subgénero que se centra en la biografía de personajes relevantes y que a menudo naufraga en la mediocridad bajo la manida coletilla de “basada en una historia real”. Y por último, la producción es de una factura fílmica impecable, una muestra de buen cine moderno plagado de hallazgos con efectistas movimientos de cámara, estudiados encuadres, primeros planos, fotografía de alta calidad y música, vestuario y maquillajes perfectamente estudiados y cuidados. El resultado supera esas habituales producciones ambientadas en la época de la Transición que suelen transpirar una especie de sabor rancio y antiguo, rudimentario y cutre. Rodríguez ha rodado un 23F digitalizado, remasterizado, pasado por el filtro de hoy, algo que, lejos de restarle autenticidad, refuerza el realismo de la historia. Todo ello asentado en un guion que funciona con la precisión de un reloj suizo (magistral el dominio del flashback que no pierde el hilo argumental en ningún momento) y unos diálogos brillantes y profundos (incluso con una voz en off, la voz de la conciencia del autor de la novela, que aporta un punto de humor e ironía a la hora de aliviar cada escena de solemnidad y tensión).

La anatomía podría haber terminado como un ejercicio de pretencioso/farragoso expediente clínico político, pero funciona, en buena medida, ya decimos, gracias a la maestría de los actores que saben aportar luces, sombras y matices a los protagonistas del relato golpista, entre los que, sin duda, destaca un Eduard Fernández en estado de gracia. Su Carrillo destrozado por el dolor del exilio y la clandestinidad, pero generoso a la hora del abrazo y la reconciliación con el enemigo, es antológico, el gran emblema de la película. Los jóvenes desmemoriados de hoy están encarnados en ese activista que, en un momento de la película, le pide al viejo dirigente del PCE más dureza, más lucha armada y responder a la violencia con violencia para frenar al fascismo. Es cuando Carrillo le da una lección al asegurar que eso ya se intentó en la Guerra Civil y solo sirvió para un baño de sangre. Todos estamos en deuda con el hombre de la peluca obsesionado con participar en las elecciones del 77 y con no perder el tren de la democracia.

En cierta ocasión, en un acto público, Javier Cercas aconsejó a Pedro Sánchez que desclasificara todo el material confidencial sobre el 23F porque ya está todo contado por encima de “bulos y bolas”. Y es cierto que Anatomía de un instante cuenta la mayor parte de la historia con datos oficiales y sin caer en especulaciones descabelladas o sensacionalistas. Basta ver la escena del juicio contra los conspiradores para entender lo que pasó y sin necesidad de leer entre líneas o lanzar arriesgadas teorías conspiranoicas. Ese momento en que el general Armada, cabecilla de la conjura, niega ante el tribunal que el rey Juan Carlos estuviese en el ajo, o sea al tanto del golpe, mientras un encolerizado y fuera de sí Tejero estalla contra él al grito de miserable y traidor, lo dice todo. En ese instante toda la tramoya quedó al descubierto ante los jueces. Y el país supo la verdad, aunque mirara para otro lado.

Hoy, 23 de febrero de 2026, toda la ingente documentación desclasificada sobre el tejerazo ve la luz en virtud de la ley del Gobierno de coalición y cualquier ciudadano podrá acceder a ella con plena libertad. Y aunque tiene razón Cercas en que a estas alturas lo sabemos casi todo sobre aquel día negro de nuestra historia (y quien no lo sepa es que ha cerrado los ojos a la verdad, no hay más ciego que quien no quiere ver), los archivos secretos servirán para confirmar el final de un cuento sobre un misterioso elefante blanco que ha estado en medio de la habitación durante todos estos años sin que nadie haya querido mirar hacia él.

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