El torrente de solidaridad de Adamuz sepulta el odio enfermizo de Abascal

El líder de Vox aprovecha la tragedia ferroviaria de Córdoba para hacer antipolítica al más puro estilo trumpista

19 de Enero de 2026
Actualizado a las 15:16h
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Abascal Vox Extremadura
Santiago Abascal en un acto electoral en Extremadura | Foto: Vox

La tragedia de Adamuz ha vuelto a sacar lo mejor de la sociedad española. Los habitantes de la pequeña localidad cordobesa y de las pedanías cercanas se han volcado tras el accidente ferroviario causante de decenas de muertos. Ellos fueron los primeros en correr hacia los vagones siniestrados con mantas, con agua, con medicinas, con lo que tenían. Algunos incluso llegaron antes que los servicios de emergencia a un páramo desolado en medio de la noche que no es precisamente de fácil acceso (no hay farolas, no hay autovías, no hay nada). Los hospitales se llenaron de voluntarios que querían donar sangre y el cuponero del pueblo, que rescató con su quad a una decena de pasajeros de entre el amasijo de hierros, pasará a la historia como ejemplo de esos héroes anónimos que salen de alguna parte cuando el cielo parece quebrarse y caer sobre la tierra: “Los vagones estaban destrozados, no puedes ni imaginarlo”, relató. Ellos son lo mejor de este país que a menudo suele caer en el cainismo más atroz tras una gran catástrofe.

Y mientras el espíritu solidario se desbordada por las primeras lomas de Sierra Morena salpicadas de chatarra, cables, tuercas y sangre, afloraba también esa otra España negra, enferma, putrefacta, que ha decidido terminar con cualquier atisbo de humanidad y decencia moral solo por un motivo: conquistar el poder. Unos, los habituales youtubers e influencers carroñeros obsesionados con monetizar el dolor de las víctimas; otros los mal llamados periodistas de la extrema derecha (en realidad agitadores profesionales) que se han lanzado a la tarea de desestabilizar al Gobierno. Y, entre ellos, cómo no, él, el de siempre, el trumpito español: Santiago Abascal. “Como toda España, sigo con atención y desolación las informaciones del accidente ferroviario de Córdoba. Roguemos ya por las víctimas, y espero que toda la capacidad del Estado esté trabajando para atender a los heridos. Por desgracia, y lamento decirlo, como en tantas catástrofes que nos han golpeado estos años, no puedo confiar en la acción de este Gobierno. Nada funciona bajo la corrupción y la mentira”, aseguró. El nivel de maldad de este personaje funesto y aciago de la historia de España no tiene límites.

No era el momento de atizarle a Sánchez, pero hace tiempo que este señor dejó de comportarse como una persona normal para convertirse en una especie de pequeño monstruito. La investigación sobre las causas del siniestro no ha hecho más que empezar. La Guardia Civil está recogiendo las pruebas en el lugar, los técnicos de la Comisión de Accidentes están tomando contacto con el suceso y expertos y sindicatos llaman a la prudencia hasta saber qué es lo que ha ocurrido. Y, sin embargo, el líder de Vox ya sabe que el culpable de la tragedia ha sido el Gobierno. El trumpismo era esto. Ahora que el gurú mayor de esta secta global amenaza con invadir Groenlandia, dando un paso más hacia la Tercera Guerra Mundial, se vuelve a confirmar el auténtico rostro del nuevo fascismo posmoderno, una hidra de varias cabezas –ultranacionalismo, fanatismo, negacionismo y bulo– que está dispuesta a destruirlo todo, hasta los buenos sentimientos de la gente, con tal de usurpar el poder.

La crueldad está en la raíz misma de la fundación del trumpismo. Crueldad con los inmigrantes (las redadas de los “hombres de hielo” del ICE en Estados Unidos, que recuerdan y mucho a la caza al judío emprendida por los “camisas pardas” de la Alemania nazi); crueldad con los homosexuales (bravo por el futbolista Borja Iglesias, que ha forjado el movimiento de las uñas pintadas para visibilizar la homofobia); crueldad con las mujeres, a las que se les niega el derecho a defenderse de la violencia machista; y crueldad con las víctimas de las catástrofes (aún colea el escándalo del desvío de donaciones a los afectados por la dana que ha salpicado a Revuelta, la organización juvenil supuestamente vinculada a Vox). El fascismo no es más que la anulación de la bondad del ser humano por fines políticos.

Erich Fromm describe la crueldad como obediencia “virtuosa” a la autoridad del Estado totalitario. Umberto Eco, en El fascismo eterno, advierte que el totalitarismo necesita un enemigo permanente al que se caricaturiza y demoniza. Y el gran Walter Benjamin concluye que el fascista convierte la violencia en un espectáculo: la demostración de poder. Todo eso es lo que hace Abascal cada minuto. Jugar cruelmente con el dolor humano, anular el humanismo, remover lo más bajo de nuestra especie. Emponzoñarlo todo, enturbiarlo todo, envenenarlo todo con una especie de odio extraño e irracional que solo puede provenir de un deseo enfermizo de venganza o de un trauma oculto de la infancia.

Hitler incendió Europa porque lo echaron de la Academia de Bellas Artes de Viena por mal pintor. Abascal ni siquiera cuenta con ese agravio comparativo para justificar su nauseabunda forma de practicar la antipolítica. ¿Acaso lo ha abandonado la democracia tras jugarse la vida en una guerra como le ocurrió al Führer? No parece, ni siquiera hizo la mili. ¿Es que pasó hambre, malvivió en pensiones baratas, tuvo que vender acuarelas para llevarse un trozo de pan a la boca? Tampoco. Al contrario, lo tuvo todo, siempre vivió a cuerpo de rey, primero en el PP con el chiringuito de Aguirre, hoy con un jugoso sueldo de diputado y trabajando lo justo, según ironiza Gabriel Rufián en sus intervenciones en el Parlamento. ¿Entonces de dónde le viene esa mala baba, qué le pasa, por qué es así este sujeto asocial y amoral que se comporta como un perro rabioso obsesionado con morder a quienes no piensan como él? Muy sencillo. Dólar Trump le ha enseñado el camino en el convulso mundo de hoy: cuanto más odio, más éxito, más fama, más dinero. Más lejos se llega en la política y en la vida. Y hasta le dan a uno el Premio Nobel de la Paz.

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