De la doctrina Monroe a la "doctrina Morro"

Donald Trump convierte el robo y el expolio en su forma de hacer política

12 de Enero de 2026
Actualizado el 03 de febrero
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Trump en una imagen de archivo

Donald Trump es ese millonario que coge lo que quiere sin reparar en si el producto es suyo o no, en si es moral y legítimo apoderarse de él o en si hace o no daño a los demás. Sin duda, ha dado un salto cualitativo en la historia de la humanidad, en la dialéctica hegeliana, al pasar de la doctrina Monroe a la “doctrina Morro”. Y nos explicamos.

Pocas frases tan célebres como aquella de “América para los americanos” proferida en 1823 por el presidente James Monroe. Con aquella sentencia lapidaria, el mandatario yanqui de entonces impidió que las potencias europeas (España, Francia, Reino Unido, Rusia) intervinieran o recolonizaran territorios en América; protegió a las nuevas repúblicas latinoamericanas recién independizadas; y reafirmó a Estados Unidos como potencia emergente en el continente americano. Dos siglos después, también en esto hemos ido a peor.

¿Qué quiere decir eso de la “Doctrina Morro”?, nos preguntarán ustedes. Sin duda, nos referimos a que el magnate neoyorquino le pone mucha caradura, mucha jeta, en definitiva, que le echa mucho morro a su política internacional. Si aparecen los yacimientos de crudo más extensos del planeta en el subsuelo venezolano, ahí está él para quedarse con ellos y explotarlos sin pudor en un protectorado petrolífero que durará “muchos años”. Si descubren tierras raras en Groenlandia y más al norte en el Polo, desembarco de los marines al canto y que le den a los esquimales. Y si Gaza tiene un enorme potencial turístico, tanto como la Riviera Azul de Oriente Medio, máquinas excavadoras y buldóceres a destajo y a otra cosa. En eso consiste la Doctrina Morro.

Trump va de gañote o de gorra a todas partes. Así son los archimillonarios, cuanto más tienen más quieren. El sufrido lector de esta columna no encontrará el concepto doctrina Morro en ningún periódico de gran tirada nacional ni en ningún libro de historia. Es invención de uno mismo. Pero no creemos que haya una mejor forma de definir el marcado carácter aprovechado, parásito y chupón del trumpismo. Tantas horas de acaloradas tertulias en la Fox, tantos ensayos, libros y análisis sobre el movimiento MAGA, tantas disquisiciones sobre el aislacionismo económico, las políticas arancelarias, el unilateralismo y el acratismo de extrema derecha impulsado por el nuevo Calígula de Occidente y todo se reduce a un triste asunto de gorroneo internacional, a un tipo que eructa y dice tacos mientras toma lo que le da la gana y se larga sin más.

Trump era esto. Un mal pagador, un arronchado, un cicatero o rácano que tiene dólares y millones a espuertas como para vivir mil veces pero que no se gasta un duro porque todo se lo lleva prestado. Siempre mejor sangrarle el petróleo al pobre chavista que no tiene donde caerse muerto que invertir en nuevos pozos. Así se levanta un imperio: con el acero del engaño y el abuso. Y no debe extrañarnos. Desde hace una década venimos conociendo noticias sobre las trapacerías del gran sablista mundial. Noticias que hablan de corrupciones inmobiliarias, de problemas con Hacienda, de sospechosos pelotazos en Wall Street. La leyenda negra del rubiales sacacuartos, del vividor a costa de los otros, le precedía. Y, sin embargo, 60 millones de idiotas cayeron en sus demagogias baratas y le dieron el voto sin preguntar. Toma mi papela Donald, para que me estafes mejor. Algo le debieron echar a la hamburguesa o a la Coca Cola, un bebedizo que ha agujereado la masa gris del norteamericano medio hasta dejarla como un queso suizo.

El gran cacique de la aldea global va por el mundo sableando al prójimo. Es lo que le enseñó papá Trump, no sabe hacer otra cosa. Tú a un timador profesional le das poder, una gorra y un puñado de comandos de los Delta Force y te esquilma el planeta de norte a sur en un plis plas. Vete a saber los planes que tiene para Groenlandia. Echar a los inuits de sus iglús centenarios y convertirlos en lujosos resorts; robarles las pieles y el trineo a los cazadores; quitarle el pescado fresco del día a las pobres focas. Cualquier cosa. Por la cabecita del señor Dorito no pasa nada bueno. Siempre piensa en clave de trincar. Es lo que aprendió de los pijos del selecto club Harvard, de la historia sangrienta de sus ancestros, de sus tatarabuelos pioneros del Oeste que también echaron de sus tierras, a patadas, a los pieles rojas, los venezolanos de entonces. Lleva la rapiña en la sangre.

Este tipo fatuo sin clase ni para el sirle y el afane viene a romper el mito del hombre hecho a sí mismo. Hacerse rico tiene su mérito, siempre que no sea robándole el pan a otros. Nosotros los españoles sabemos mucho de la doctrina Morro, no en vano le echamos mucho ídem en el saqueo del oro de las Américas. La nueva versión trumpizada del señor Monroe se estudiará en las universidades, dará para muchos doctorados y sesudos libros de politología. Pero la cosa no tiene mayor secreto. Esto es lo de siempre desde los tiempos de Artajerjes: un fulano con un ejército fuerte tras de sí que vive a costa de vampirizar a los demás hasta sacarles el jugo, el hígado y el alma. Un tipo con morramen que se queda lo que no es suyo. Trump no está inventando nada. Ha desempolvado el viejo lema – “América para los americanos”– de aquel presidente yanqui decimonónico y lo ha adaptado a los nuevos tiempos posmodernos que corren: “América para mí, qué cojones”. No hay pruebas, pero seguro que no pagaba ni las copas de las orgías Epstein. Morro y jeta que le echa el menda.

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