La diplomacia ante la ley del más fuerte

Sánchez fija una línea política frente a la operación estadounidense en Venezuela y coloca el foco en el deterioro del derecho internacional como eje del nuevo desorden global

07 de Enero de 2026
Actualizado el 08 de enero
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La diplomacia ante la ley del más fuerte
Pedro Sánchez afronta una crisis profunda en el PSOE. 

La reacción del Gobierno español al ataque de Estados Unidos en Venezuela trasciende la coyuntura latinoamericana. Pedro Sánchez advierte del riesgo sistémico que supone normalizar acciones militares unilaterales y sitúa a España en la defensa activa del multilateralismo.

El método importa tanto como el objetivo

La condena expresada por Pedro Sánchez a la operación estadounidense en Venezuela no es un gesto retórico ni un posicionamiento táctico. Al calificar la acción como “ilegal” y “precedente muy peligroso”, el jefe del Ejecutivo introduce un marco de lectura que apunta más allá del caso venezolano: el debilitamiento acelerado de las reglas que han ordenado las relaciones internacionales desde el final de la Guerra Fría.

El mensaje lanzado desde París, en un contexto europeo de creciente inquietud estratégica, conecta dos planos que rara vez se abordan juntos en el debate político interno: la política exterior y la estabilidad democrática. Sánchez no discute únicamente la legitimidad del objetivo —un régimen que España no reconoce—, sino el procedimiento. Y ahí fija una línea clara: la ilegalidad no se corrige con otra ilegalidad.

El énfasis en el derecho internacional no es casual. En los últimos años, la erosión del multilateralismo ha dejado de ser una advertencia académica para convertirse en una práctica recurrente. La operación ordenada por Donald Trump en Caracas, sin mandato internacional ni cobertura jurídica reconocible, refuerza una lógica de fuerza que, de consolidarse, altera el equilibrio global y reduce el margen de maniobra de los Estados medios.

Venezuela, más allá del cambio de régimen

Sánchez introduce un matiz relevante al separar dos debates que a menudo se confunden deliberadamente. Por un lado, la falta de legitimidad democrática del anterior Gobierno de Nicolás Maduro, que España nunca reconoció tras unas elecciones consideradas irregulares. Por otro, la respuesta internacional a ese déficit democrático. El presidente español sostiene que la ausencia de reglas no habilita su sustitución por la fuerza.

Esta distinción explica la disposición a mantener interlocución tanto con la oposición venezolana —incluido Edmundo González— como con el Ejecutivo encabezado por Delcy Rodríguez. No se trata de equiparar actores, sino de preservar canales que permitan una salida política verificable. En esa lógica, España aspira a un papel de mediación, consciente de su peso histórico y diplomático en la región.

El planteamiento no está exento de riesgos. En un clima internacional cada vez más polarizado, defender procesos largos y negociados frente a soluciones expeditivas suele interpretarse como ambigüedad. El Gobierno asume ese coste al entender que el precedente venezolano puede proyectarse sobre otros conflictos latentes.

Europa ante el desgaste de las reglas comunes

La referencia explícita de Sánchez a otras amenazas recientes —como las declaraciones de Trump sobre Groenlandia— amplía el perímetro del análisis. No es solo Venezuela. Es la normalización del cuestionamiento de fronteras, la instrumentalización de la fuerza y la subordinación del derecho a intereses estratégicos inmediatos.

España se alinea así con una lectura europea que, aunque no siempre homogénea, comparte una preocupación central: sin reglas comunes, la seguridad deja de ser colectiva y pasa a depender del tamaño, la capacidad militar o la proximidad a los centros de poder. Para países como España, ese escenario resulta particularmente lesivo.

El presidente insiste en el valor político de las palabras, un elemento frecuentemente minusvalorado en tiempos de gestos contundentes. En diplomacia, nombrar una violación es el primer paso para evitar que se convierta en costumbre. Callar, en cambio, equivale a aceptar.

La posición del Ejecutivo no resuelve la crisis venezolana ni frena por sí sola la deriva unilateral de las grandes potencias. Pero fija una referencia: la defensa del orden internacional no como consigna abstracta, sino como condición material para la estabilidad democrática y la autonomía política de los Estados.

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