Corcho, el tesoro nazi en Sevilla

Hitler vio en el corcho español un recurso estratégico indispensable para su maquinaria de guerra y una herramienta para implementar su visión de una Europa dominada por el III Reich y controlar suministros primarios de naciones periféricas

03 de Febrero de 2026
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Corcho ACTO pro NAZI.Sevilla 1937 (1)
Acto pro nazi en Sevilla en 1937

El relato concurrente de los historiadores más académicos sobre la presencia e influencia de los nazis en territorio español bascula sobre un eje: su esencial ayuda para que el general Franco lograse la sublevación golpista contra la democracia de la II República (1931-1939).

Posteriormente, se enfatiza sobre el apoyo a otro eje, el Berlín-Roma-Tokio, durante la II Guerra Mundial que, meses antes de la deriva del III Reich, España se reconvirtiera como ‘neutral’. El régimen franquista, sin embargo, miró de soslayo a expatriados nazis a cambio de no ‘alertar’ a los vencedores aliados de la IIGM. Estos, sin embargo, consideraron inicialmente a Franco cómplice de Hitler y Mussolini. Después, desde el tratado con EEUU (1953) que implantó bases militares en la ‘reserva espiritual’ se rentabilizó el anticomunismo de Franco.     

Antes del 18 de julio, en 1936, el militar ferrolano maniobró para financiar la rebelión anti democrática. Para el empeño, usó a su hermano Nicolás, fomentó encuentros con banqueros y mandos militares ‘africanistas’. Los golpistas delegaron en el general Mola los preparativos de la asonada contra un Frente Popular republicano disgregado en siglas y egos tras ganar por muy poco las elecciones de febrero de 1936.

La ayuda del contrabandista y financiero Juan March fue sustantiva para que Franco aterrizara en Tetuán, capital del Protectorado marroquí, a bordo del Dragon Rapide. Era el pasajero de una cruzada que fracasó durante sus primeros meses en las principales capitales peninsulares.

Desde el norte africano se sabe que volaron y desembarcaron tropas en el sur andaluz. Legionarios y regulares, la élite guerrera de los sublevados, acamparon en el Parque de María Luisa sevillano tras inutilizar el aeródromo de Tablada y arrestar, en modo opereta, al general Villa-Abrile, un dudoso golpista.

Su colega, el general Queipo de Llano, poco franquista, tomó el mando en plaza y comenzó una cruel represión. Llenó de fosas y de incontables cráneos baleados el cementerio hispalense y colmató la cárcel de Ranilla. Los miles de detenidos y torturados se agolparon en más recintos (buque Cabo Carvoeiro, bajos de Plaza de España, cines y campos en la provincia). 

Nazis sevillanos

En la Sevilla del verano de 1936, donde ya reinaba Queipo, lucían palmito los fieles a Adolf Hitler desde las navidades de 1933. El cónsul andaluz y empresario Gustav Dräeger, ex oficial prusiano, también quería venganza tras la humillación de la I Guerra Mundial (1914-1918) que le exilió en el sur español.

A Draëger le obsesionó su antecesor, el pacifista e ingeniero Otto Engelhardt. Esbirros de Queipo lo arrojaron a una fosa tras ser fusilado sin juicio en septiembre de 1936. Otros antinazis locales, y alemanes expatriados, corrieron idéntica suerte. Al terror del general Queipo se unió la ira de un ‘Don Gustavo’ al que los historiadores apenas conceden relevancia por sus nexos con el espionaje más cutre.

A este cónsul en parte le debe el éxito el operativo de inteligencia británico más fascinante. Cambió el curso de la II Guerra Mundial. Nos referimos a ‘Mincemeat’ (carne picada). En abril de 1943 un submarino soltó un cadáver uniformado como oficial de la Navy que portaba un maletín con planes secretos del desembarco aliado en Grecia. Un agente de Draëger, Adolf Clauss, fotografió el contenido del maletín. Creyó un engaño de nota. Los nazis ‘picaron’, porque los aliados finalmente desembarcaron en Sicilia. Draëger abandonó sus cargos nazis pocos meses después.       

En la Sevilla del verano de 1936, donde ya reinaba Queipo, lucían palmito los fieles a Hitler desde las navidades de 1933. El cónsul andaluz y empresario Gustav Dräeger, ex oficial prusiano, también quería venganza tras la humillación de la I Guerra Mundial que le exilió en el sur español   

De todas formas, el equipo de Draëger, también embajador andaluz del espionaje (KO Spanien, Abwher) y Gestapo -según la inteligencia norteamericana- cubría en Andalucía los esquemas hitlerianos. Lo integraban C. Fiessler (NSDPA, Partido Nacional-Socialista), P. Drexler (DAF, sindicato nazi), E. Gotmann (ubicuo fotógrafo), F. Liesau (Biólogo) y E. Schäffer (asesor cultural) y se caracterizó por su eficacia e influencia.

Desde 1934 los alemanes nazis trasladaron el consulado desde una casa en el Porvenir (calle Brasil) a una amplia mansión del Barrio de Santa Cruz (calle Fabiola). Organizaron concurridos actos para sus fieles, alumnado y docentes del Colegio Alemán. Ya la nochevieja de 1933 la celebraron a lo grande en el Majestic (hoy Gran Hotel Colón) donde se brindó por el poderío de Hitler y el supremacismo racial de arios con ojos azules.

El otoño de 1936 el –antiguo- Hotel Cristina se llenó de tripulantes, pilotos y mecánicos de la Legión Cóndor. Se alojaron de incógnito, tras acoplarse las piezas de Stukas, Junkers y Messermicht que arribaron por piezas a los puertos de Huelva y Cádiz. Villa Chaboya -palacete de Engelhardt- tras ser incautado por los falangistas- acogió a mandos y estrategas de quienes bombardearon Gernika y probaron en España bombas, más cazas nazis.

El otoño de 1937 se levantó en Sevilla un campo (Colector de Heliópolis) de trabajo-esclavo que llenaron presos republicanos. Clavaba los planos de los que, posteriormente, instalaron los nazis durante la II Guerra Mundial por toda Europa. El espionaje nazi albergó a casi doscientos agentes en Sevilla y Cádiz y estrenó Enigma, la encriptadora de telegramas pionera. 

Liesau, bajo cobertura de ser empleado de Tabacalera, importó monos de Guinea y Marruecos. Su afán fue experimentar sobre venenos a presos y vacunas para soldados alemanes. Los logros en su laboratorio sevillano se aplicaron en campos de exterminio y cuarteles en la II Guerra Mundial.      

La que hoy denominamos ‘sociedad civil’ se rindió a los mandos nazis que irrumpieron en aquella Sevilla. Aristócratas, industriales, ganaderos y terratenientes hicieron negocios, cedieron fincas, cosechas y casas a quienes se pasearon con la esvástica junto a los sublevados contra la II República en una Sevilla que describió con excelencia Juan Eslava Galán  en su novela Señorita (Planeta, 2002), Premio Fernando Lara.

Los tanques más temidos del momento (Panzers) atracaron desde navíos nazis y submarinos vanguardistas navegaron, Guadalquivir arriba, hasta el puerto hispalense. El grupo empresarial que articularon los nazis en España, Sonfidus (Sociedad Financiera e Industrial), implantó tentáculos en Sevilla. Bakumar, la consignataria pro alemana que empleó a Draëger y Fiessler, resultó ser un cobijo insuficiente para los propósitos nazis en territorio español. 

Importaciones y exportaciones

El mantra más extendido sobre lo que más interesaba a los nazis antes y durante el primer franquismo era importar, principalmente, wolframio (tungsteno). Hablamos de mineral vital para su industria armamentística. Durante la guerra fratricida (1936-1939) y años después extrajeron e importaron desde Galicia miles de toneladas del ‘oro negro’. Es especialmente útil para blindajes y proyectiles.

La historia oficial deja en segundo término otras materias primas y alimentos. El vino, aceite, naranjas, tabaco y chocolate por más toneladas llegaron hasta Alemania obviándose el sello ‘made in Spain’. Pero poco hay escrito sobre el secreto y codicioso interés de los nazis por el corcho. 

No hablamos de algo baladí. Consideraron, quienes creyeron ser los amos del mundo, al corcho como herramienta estratégica. Entrañó una materia prima vital para la industria bélica en tareas de aislamiento e insonorización principalmente.

Los nazis con el corcho y desde Sevilla aplicaban una política sutil de control de recursos primarios de igual forma. Su idea era subordinar economías agrarias como la española. Después hicieron lo propio en otros países europeos que invadieron desde que traspasaron las fronteras polacas en septiembre de 1939. 

El sur español, además de laboratorio militar, aeronáutico, naval y biológico se convirtió en proveedor de materias primas y "despensa" para el previsto y secreto esfuerzo de guerra alemán años antes de la IIGM. Durante la guerra española ya contemplaban invadir Europa y la franja norteafricana con un ejército obediente, capacitado y bien dotado.

El corcho fue crucial para el ejército alemán durante la II Guerra Mundial. Se usó para aislar –parcialmente- tanques y submarinos por su ligereza y resistencia al agua. Y en municiones o diversas aplicaciones industriales y bélicas.

En resumen, los nazis vieron en el corcho español un recurso estratégico indispensable para su maquinaria de guerra y una herramienta para implementar su visión de una Europa dominada por el III Reich. Además, así controlaban suministros primarios de naciones periféricas.

La conexión sevillana

Un soleado día de mayo de 1938 aparecieron por la notaría de José Gastalver Gimeno, también decano colegial, Anton Brener, Herman Zum, Manfred Hoffman y Kase Heinz Jacob. Había propiciado la reunión C. Fiessler, íntimo de Draëger, y quien sería nombrado presidente de una importante sociedad casi secreta hasta publicarse este artículo.

Gastalver merece un aparte por sus vaivenes ideológicos. Ferviente republicano conservador, fue editor de El Noticiero Sevillano, agrarista, ateneísta, gobernador del Rotary International, hacendado e íntimo de su compañero Blas Infante, que acabó en la misma fosa que Engelhardt.     

Gastalver fue el fedatario del acta fundacional de Zum Ghiste S.A. Con sede en Plaza de Jáuregui 3 y capital de tres millones de pesetas (equivalentes a tres millones de euros hoy) tuvo por objeto societario exportar corcho a Alemania “donde cuenta esta firma con buenos compradores”, según reza el acta que redactó Gastalver.

Resulta llamativo que Johannes Bernhardt, el principal directivo de Sofindus, no integrara la millonaria sociedad corchera. Otras tantas empresas del grupo que presidía siempre contaban con Bernhardt en su accionariado o cargos más representativos. 

Meses antes de constituirse la importadora corchera que integraban alemanes pronazis afincados en Sevilla, varias factorías del mejor aislante natural recibieron la visita de intermediarios para comprar pilas de corcho recién extraído, tapones y planchas.

Las fábricas y mayoristas estaban principalmente en la provincia de Sevilla, Cádiz y Badajoz. Los captadores del corcho también visitaron a otros industriales, almacenistas y extractores del sur portugués. Las exportaciones de corcho comenzaron desde el puerto hispalense en el otoño de 1938 calculándose que acabaron a principios de 1941.

El interés y los negocios con el corcho por parte de los nazis que articularon desde Sevilla sigue siendo un misterio, aunque -en parte- se desvela aquí.

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