En nuestra infancia, allá por la Transición, todo muchacho del barrio llevaba dentro un Chuck Norris. Te acercabas a otro chaval de la pandilla y te lanzaba una superpatada giratoria patentada por el actor del momento que, aunque nunca te alcanzaba, te pasaba tan cerca de la cara que te rozaba el flequillo y te hacía temblar. Pequeños Chucks andaban con sus nunchakus de acá para allá, del colegio a los recreativos, de las boleras a las salas de videojuegos. Era como una plaga.
Hoy ha muerto el tipo duro por excelencia, la estrella de las artes marciales y de las películas de acción que marcaron a varias generaciones de aquella España de parados y golpistas. En realidad, no hay una sola película suya que supere el aprobado. O sea que no pasará precisamente a la historia del Séptimo Arte. Pero en aquella época convulsa, las historias de celuloide de Norris inundaban las carteleras de los cines de estreno y sesión doble. Y reventaban las taquillas. El público se sentía atraído por el personaje bélico y marcial que arreglaba el mundo a fuerza de sopapo limpio. Era el hombre fuerte que necesitaban los espectadores sumidos en la decadencia de las democracias liberales y la crisis del petróleo del 73. A fin de cuentas, el cine es un arma ideológica.
Curiosamente, hoy vivimos en un tiempo muy parecido, prueba fehaciente de que la historia se mueve en movimientos cíclicos y pendulares. El miedo a la extrema derecha y a la recesión provocada por la guerra del absurdo Trump atenaza a las sociedades occidentales. No tardará en salir el nuevo Chuck Norris que, a mayor gloria del imperio yanqui, solucionará los males de la humanidad a patadas, coces, puñetazos y con una buena dosis de violencia gratuita. Que tiemblen los iraníes, norcoreanos y cubanos, villanos del Eje del Mal, porque no solo se les viene encima una lluvia de misiles del Pentágono, sino una somanta de palos de cine bélico, de acción y propaganda. La guerra de Trump no solo trae colapso energético, miseria y muerte, como muy bien dice Pedro Sánchez, también jugosos pelotazos para las petroleras de Wall Street y para los productores de Hollywood del método Epstein con poco arte para contar buenas historias pero mucho para el blockbuster o taquillazo.
Chuck Norris hizo decenas de películas, ninguna buena. Pero eso no es lo importante. Al personaje se le juzgará no por la calidad artística de su obra menor sino por la gran influencia ejercida en la sociedad norteamericana. El ideal del macho alfa triunfador frente al loser o perdedor, esa es la temática principal del actor que nos deja. El trumpismo ha germinado en las colas del paro del cinturón industrial desmantelado y en las iglesias evangélicas y otras sectas destructivas, pero también en las salas de cine con películas solo aptas para mentes simples y enfermas. MAGA ha arraigado tras décadas de incultura, odio racial y estúpidas películas de acción donde el héroe reparte mandobles a diestro y siniestro, golpea, mata, dispara, fulmina, destroza y aplasta al enemigo comunista o árabe de turno.
Se cuenta que Greg Bovino, uno de los jefes de los “camisas pardas” del ICE –la unidad que siembra el terror entre los inmigrantes del país–, se hizo militar para limpiar la nación de negros e hispanos tras ver, embelesado, una película sobre los Rangers de Texas (quién sabe si no una de Chuck Norris). Y no hay más que escuchar el lenguaje infantilizado de Trump, que parece sacado del diálogo de buenos y malos de uno de los filmes del karateca más famoso de la gran pantalla (con permiso de Bruce Lee). Al presidente norteamericano le hubiese gustado ser como Chuck Norris para abatir al ayatolá de un certero patadón en la cara, pero se quedó en el patético bufón de una negra comedia con poca gracia: la que nos puede arrastrar a la Tercera Guerra Mundial. Hoy el mundo contiene la respiración por los delirios de un millonario bravucón que se cree muy fuerte con los débiles pero que sin los guardaespaldas de la Casa Blanca es un cobarde sin media hostia.
De los títulos de la filmografía de Norris sale la filosofía del trumpismo: El poder de la fuerza, Cuestión de pelotas, Delta Force, Invasión USA, El templo del oro, El hombre del presidente y en ese plan. De hecho, la operación contra Irán, Furia Épica, podría ser perfectamente el cartel de una película del actor de los puños de hierro. De Chuck Norris se cuenta que fue republicano y simpatizante de la corriente trumpista. Tras al asalto al Capitolio, circularon una serie de fotografías donde posaba con los golpistas. Luego se demostró que se trataba de un doble con ganas de fama. El propio actor desmintió su participación en la asonada: “Yo siempre estoy con la ley y el orden”, tuiteó. Se sabe que Norris apoyó al magnate neoyorquino en las elecciones de 2016, pero no se pronunció durante el segundo mandato trumpista. Fue, eso sí, un cristiano devoto y autor de libros de temática evangélica. O sea, un ultraconservador hasta las cachas. Para la historia quedarán las leyendas, chistes, anécdotas y memes sobre su supuesta inmortalidad y sus superpoderes. En una ocasión, la revista Variety dijo de él: “Acción más que actuación es lo que caracteriza las puestas en escena de Norris”. Uno quiere ver en Trump a un frustrado actor de películas de acción, alguien que confunde la realidad con la ficción, un tipo delirante que entiende Oriente Medio como un decorado, los misiles como un videojuego y los iraníes como figurantes de cartón piedra a los que poder bombardear. Esa frustración la pagamos todos cuando vamos a la gasolinera a repostar. Cuanto daño hiciste, Chuck.