El juicio por la trama de espionaje Kitchen se ha convertido en una nueva piedra en el tortuoso camino de Feijóo por llegar a la Moncloa. Pese a que han transcurrido nueve años desde que estalló el escándalo de la Policía Patriótica en el Ministerio del Interior de Mariano Rajoy, el asunto ha hecho saltar por los aires el guion del dirigente popular. El líder gallego pretendía hacer de esta una primavera caliente para el PSOE. Toda la logística de la caverna mediática estaba apostada en el Supremo para destrozar a Ábalos y Koldo por el escándalo de las mascarillas, pero el guion se le ha estropeado al Partido Popular en el último momento. Por mucho que la operación Kitchen parezca una cosa del pasado, un caso amortizado, la imagen del exministro Jorge Fernández Díaz entrando en la Audiencia Nacional para responder de la sustracción al tesorero Bárcenas de informes comprometedores sobre el caso Gürtel hace daño, y mucho, a un partido que aspira a gobernar el país algún día.
Las cloacas del PP tienen detritus para varias décadas en la oficina judicial. Esa es la gran desgracia de ese partido. Y, sin embargo, los Tellado y Ester Muñoz, heraldos de la política basura de Feijóo, saldrán hoy ante los periodistas a soltar sus habituales coartadas manidas, como que la operación Kitchen es cosa del pasado, un tema de la prehistoria, algo que no le interesa a nadie porque ya perdió el interés de la opinión pública. No es así. Nos encontramos en un momento especialmente sensible, crítico, y cualquier factor puede decantar la balanza electoral hacia un lado o hacia otro. Mucho más un escandalazo sin depurar. Prueba de ello es que Génova no está haciendo sangre con el juicio en el Supremo por la trama socialista en el Ministerio de Transportes. Guardan silencio como tumbas porque hoy tienen mucho que callar.
Vuelven los fantasmas de antaño. Vuelven los espías disfrazados de curas, los micrófonos y “libretitas”, los audios de Villarejo. Feijóo lo niega todo y no hace propósito de enmienda ni petición de perdón a los españoles, piedra angular de toda regeneración política. Ya se sabe lo que dijo Santayana: quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo, o sea que el negacionismo contumaz del PP de hoy es la Gürtel de mañana. Es cierto que el juicio nace cojo desde el principio, ya que en la ciudadanía cunde la sensación de que la Justicia ha dilatado el procedimiento para amortiguar todo lo posible el impacto del tsunami político. Casi una década para investigar la mayor trama de espionaje de la historia de la democracia se antoja una vergüenza difícil de digerir. Mayormente si tenemos en cuenta que el caso Ábalos ha ido mucho más deprisa y que al exfiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz (víctima de la encerrona ideada por Miguel Ángel Rodríguez y el novio de Ayuso) lo investigaron, lo sentaron en el banquillo, lo condenaron y se lo pulieron en tiempo récord. Comparar cómo se tramitan unos sumarios y otros, analizar la cronología que suele beneficiar al PP y perjudicar al PSOE, confirma que existe una cúpula judicial que juega, metódicamente, con el reloj político: el famoso “el que pueda hacer que haga”, que dijo Aznar.
La operación Kitchen va camino de cerrarse en falso, tal como se cerraron tantos otros casos de nuestra historia reciente. La farsa/pantomima está bien tramada. Es cierto que por la sala de vistas pasarán desde Rajoy a Cospedal, desde Sáenz de Santamaría a Javier Arenas, es decir, la explana mayor pepera. Más de cien testigos citados que no servirán para alterar ni una sola línea del guion que parece más que escrito de antemano. No hay margen para sobresaltos ni sorpresas, aunque todavía podría recaer una última infamia: que el tribunal admita la petición de las defensas para dar carpetazo al sumario por defectos de forma. Esa sería la guinda a un pastel maloliente que tiene mucho que ver con las cloacas, con el régimen totalitario parapolicial y con el terorrismo de Estado. Al igual que Felipe González logró irse de rositas tras la acusación de ser el “Señor X” de los GAL durante la primera etapa de los gobiernos socialistas, también los señores X del PP van a quedar impunes para degradación de nuestra maltrecha democracia. Pruebas de cargo que en cualquier Estado de derecho resultarían letales van a ser pasadas por alto y consideradas “endebles” a la hora de imputar a varios primeros espadas del Consejo de Ministros de Rajoy. Pruebas como esa grabación en la que la entonces todopoderosa ministra Cospedal le pregunta a Villarejo si cree que Bárcenas puede largar sobre la caja B del partido. “Oye, y la famosa libretita (del tesorero), ¿tú crees que la va a sacar? (...) La libretita sería mejor, sería mejor poderla parar, ¿eh?”. “Eso es, no, no... No te preocupes que yo voy a estar al loro en esto”, responde el siniestro comisario. Esa conversación es lo más parecido a pillar a un asesino con la pistola humeante y el cadáver a sus pies, pero por desgracia no será tenida en cuenta. El caso Watergate se basaba en pruebas mucho menos concluyentes que ese diálogo letal entre superiora y policía. Tú a un juez español le das la confesión de alguien del PP en toda regla, de viva voz y grabada para la posteridad, y te la desestima por anecdótica, inconsistente o frágil.
Feijóo no debería refugiarse en la autocomplacencia, en la falta de autocrítica o la en la técnica del avestruz (meter la cabeza debajo del ala cuando arrecia el chaparrón judicial). El Gobierno resiste, las cifras económicas son inmejorables y Vox no baja el pistón en su dura competencia por la hegemonía de la derecha. Abascal ya se permite calificar al partido conservador tradicional como “clan gallego con prácticas de contrabandistas de ría”. Demoledor. Los ultras se sienten fuertes y cómodos y siguen poniendo un precio alto a los gobiernos de Extremadura, Aragón y Castilla y León. El monumental caso de corrupción Kitchen arroja su pesada sombra, directamente, sobre el proyecto político de Feijóo sustentado en una falsa moderación y en una regeneración moral y democrática que nunca fue tal.