España contiene la respiración ante la desclasificación de los papeles secretos del 23F hoy en manos del Gobierno. ¿Qué saldrá de todo ese ingente material, de esos 153 documentos sobre el sumario, de las grabaciones entre Zarzuela y Moncloa y del informe Jáudenes sobre la implicación de agentes del CESID? ¿Sabrán por fin los españoles quién era el “elefante blanco”? ¿Está el rey emérito tan tranquilo en Abu Dabi, tal como asegura su entorno? Javier Cercas, el escritor que removió la memoria con su excelente novela Anatomía de un instante (bien llevada al cine), ya ha advertido de que la noticia de la desclasificación no deja de ser un ratón parido por una montaña. O sea, que ya se ha contado todo sobre la intentona golpista que marcó el futuro del país, de modo que la publicación de secretos oficiales servirá para aclarar “bulos y bolas” y poco más. Habrá que verlo, señor Cercas, porque quizá abrir la caja de Pandora en estos tiempos distópicos que corren no sea tan inocuo como parece y sí un regalo, un bombón para los conspiranoicos. Peor el remedio que la enfermedad.
Es cierto que cualquier persona podrá consultar los famosos archivos y, aunque solo sea por eso, este país dará un paso adelante en transparencia. Pero los expertos avisan: cada papel debe ser leído con espíritu crítico y riguroso, con el siempre necesario enfoque escéptico y siempre teniendo en cuenta que mucho material fundamental puede haber sido destruido, así que el puzle del 23F seguirá estando incompleto. Las cloacas del Estado (en 45 años han funcionado muchas e intensamente) han tenido tiempo suficiente para lavar los trapos sucios sobre aquella jornada negra. En esa línea, Julián Casanova advierte de que el historiador no asume el material que cae en sus manos como una “verdad absoluta”, ya que a lo largo de las décadas ha pasado por numerosos “filtros”. Además, cada papel debe ser cotejado, analizado y contrastado con otras fuentes de información, archivos oficiales, libros, ensayos y noticias de prensa de la época. Por tanto, prudencia y tranquilidad porque esto no es un corta y pega, ese mal endémico que está convirtiendo la sociedad es un vertedero de desinformación y burricie, y pueden pasar años hasta que empiecen a llegar los estudios e investigaciones más interesantes sobre la desclasificación.
Está bien que el pueblo llano, la ciudadanía, tenga acceso al material hasta hoy confidencial. Eso habla bien de la salud de nuestra democracia. Pero es preciso recordar que han de ser los analistas y periodistas, los escritores especializados en la materia, los historiadores con los conocimientos precisos para manejar los papeles, audios y vídeos, quienes extraigan conclusiones pertinentes a partir de una información delicada y compleja que ha de ser necesariamente manejada con extrema precaución y casi con pinzas y bisturí. Por desgracia, mucho nos tememos que ocurrirá justo lo contrario y lo de siempre: que llegará el influencer, youtuber, cuñado con cámara o indocumentado de turno a montar el show haciéndonos creer que ha descubiero la clave oculta del 23F. Toda una legión de gurús del misterio, de cantamañanas y de gente que no ha leído ni un solo libro de historia en su vida ya se están frotando las manos ante la posibilidad de “monetizar” la desclasificación ordenada por Pedro Sánchez. El tema tiene morbo y sensacionalismo a tope.
Preparémonos por tanto para una carrera de pollos sin cabeza entre quienes van a la caza desesperada de ese audio de los servicios de inteligencia supuestamente inédito donde unos espías hablan de la Operación Galaxia al calor de un par de güisquis, de esa factura oculta de la CIA, de esa grabación definitiva entre el rey Juan Carlos y Suárez donde quedan para jugar al tenis en vísperas del golpe. Se ha abierto la veda del zoco, mercadillo o rastro de la memoria histórica. Todo a precio de saldo y al mejor postor. Se van a poner a la venta certificados oficiales y judiciales secretos como hacían aquellas furgonetas ambulantes de la Transición que iban de calle en calle vendiendo cinco melones a veinte duros, vamos nena que se acaban.
Mucho nos tememos que los difusores y altavoces de bulos no van a poder dormir esta noche por la excitación del momento. Ya están tramando sus nuevos montajes, sus nuevos bulos, sus nuevos truculentos planes sobre cómo cargarse al autócrata Sánchez que, aunque tenía solo nueve años en 1981, seguro y fijo que estaba implicado en el tejerazo. De hecho, Tellado está a un telediario de soltar que por Ferraz, ya en aquella época, circulaban sobres con dinero para el general Armada. Y el agitador propagandista Rubén Gisbert ya está también en el tema, investigando si en el asalto al Congreso de los Diputados hubo muchos muertos, muertos como en el parking de Bonaire durante la dana de Valencia. Y a esta hora Vito Quiles sigue la pista a cualquier documento que pueda demostrar que Carrillo y Felipe, esos zurdos woke, eran en realidad la misma persona con diferente peluca. Seguro que alguno de estos figuras de la comunicación de nuestro tiempo termina por aclarar uno de los grandes enigmas del golpe: si, en su histórico mensaje a los españoles de aquella noche, el rey llevaba puesto el pantalón de pijama bajo la casaca repleta de insignias de los tres ejércitos.
Circula una fuerte corriente periodística entre los medios de la caverna que apunta a la descabellada teoría de que la extrema derecha de Vox es un invento de Sánchez e Iván Redondo (quien por cierto dicen que vuelve), para hundir al PP. Y no queremos darles ideas a los prebostes de Génova, que en este mundo distópico y lisérgico cualquier cosa puede ocurrir. Asegura la ministra Elma Saiz que la desclasificación de papeles del 23F tiene el objetivo de aclarar bulos y “convencer” a los chavales de hoy de que con Franco no se vivía mejor. No creemos que sirva de mucho airear ese legajo de papeles amarillentos. La desinformación y la desmemoria es un cáncer ya letal del país. Una batalla perdida para varias generaciones. Por si fuera poco, la idea de verdad en nuestros días no tiene nada que ver con la que imperaba en 1981. Hoy es más excitante creer que Tejero era uno del PSOE bien disfrazado de picoleto.