Europa pasó buena parte de las últimas décadas convencida de que el mundo exterior podía administrarse mediante una combinación de comercio, diplomacia y protección estadounidense. La guerra de Ucrania quebró una parte de aquella seguridad. China cuestionó otra al convertirse en competidor industrial y tecnológico. Donald Trump está terminando de desmontar la tercera al demostrar que la relación transatlántica ya no ofrece a Europa las certezas políticas y estratégicas sobre las que construyó buena parte de su seguridad durante décadas.
Josep Borrell ha resumido este lunes ese cambio de época con una formulación poco tranquilizadora. Europa, sostiene, se ha encontrado de repente en un mundo donde tiene más adversarios que aliados y donde las presiones llegan al mismo tiempo desde tres direcciones distintas: la militar de Rusia, la comercial de China y la ideológica de Estados Unidos. Lo dijo en Santander, durante la apertura del curso Quo Vadis Europa? de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, dedicado precisamente al tránsito desde la unión económica y monetaria hacia un verdadero actor geopolítico.
La Unión Europea dispone de uno de los mayores mercados del planeta y, sin embargo, continúa comportándose demasiadas veces como un gigante económico que necesita de otros para garantizar su seguridad y defender algunos de sus intereses esenciales. Esa situación podía sostenerse cuando Washington garantizaba de manera casi automática la protección europea y el comercio internacional funcionaba bajo reglas relativamente previsibles. El mundo de 2026 es bastante menos hospitalario.
Rusia mantiene una guerra en la frontera oriental de la Unión y obliga a Europa a asumir que la seguridad militar ha vuelto al centro de su proyecto político. China compite en sectores estratégicos en los que el continente intenta evitar nuevas dependencias. Estados Unidos, con Trump en la Casa Blanca, ya no se limita a reclamar a los europeos un mayor esfuerzo en defensa. Borrell habla directamente de una «presión ideológica» estadounidense y recuerda que el presidente norteamericano ha llegado a presentar a Europa como adversario y como expresión de un modelo político que combate. Ese último cambio es probablemente el más difícil de asumir en Bruselas ya que afecta a una relación construida durante ocho décadas.
Trump ha convertido la dependencia en vulnerabilidad
Borrell reconoce que emplea palabras fuertes. Los europeos han vivido desde el final de la Segunda Guerra Mundial bajo lo que él mismo denomina el «paraguas protector americano», pero advierte de que Estados Unidos puede representar ahora una amenaza o, cuando menos, dejar de prestar apoyo precisamente cuando Europa más lo necesite.
Trump no es únicamente un presidente particularmente hostil hacia algunas posiciones europeas. Su regreso a la Casa Blanca ha obligado a mirar una dependencia que durante mucho tiempo resultó cómoda y preguntarse qué ocurre cuando Washington y Bruselas dejan de querer lo mismo.
Durante años, la autonomía estratégica fue presentada como una aspiración francesa, una discusión burocrática de Bruselas o incluso una extravagancia de quienes pretendían distanciarse de Estados Unidos. Trump la ha convertido en algo bastante menos teórico. Si el compromiso norteamericano depende también de quién ocupe la Casa Blanca, Europa necesita capacidad suficiente para defender sus intereses cuando estos no coincidan con los estadounidenses.
La advertencia de Borrell, por tanto, sobrevivirá a Trump. La alianza transatlántica seguirá siendo fundamental, pero Europa empieza a asumir que no puede descansar sobre las mismas certezas que durante las últimas décadas.
Y recursos no le faltan. La Unión reúne alrededor de 450 millones de habitantes, posee una economía de dimensiones mundiales y conserva una extraordinaria capacidad regulatoria. Sus normas pueden modificar el comportamiento de algunas de las mayores empresas del planeta. Los Estados miembros disponen además, en conjunto, de un enorme potencial económico, tecnológico y militar, lo difícil sigue siendo convertir todo eso en poder político.
Europa regula a las grandes tecnológicas estadounidenses y depende al mismo tiempo de buena parte de su tecnología. Aprueba sanciones económicas de enorme alcance, pero continúa teniendo dificultades para mantener una política exterior plenamente cohesionada. El aumento del gasto militar tampoco resuelve por sí solo la fragmentación de la defensa europea. Hay muchas capacidades europeas y todavía demasiado poco poder europeo.
La integración se juega ahora en terrenos bastante menos cómodos que el mercado interior. Defensa, tecnología, fronteras, energía. Y, sobre todo, en una pregunta que durante décadas pudo dejarse en buena medida en manos de Washington: qué hace Europa cuando sus intereses y los estadounidenses dejan de coincidir.
El curso que Borrell dirige esta semana en Santander gira precisamente alrededor de ese desafío y de las reformas institucionales necesarias para que la ambición geopolítica europea deje de quedarse tantas veces en una declaración de intenciones.
Trump puede acabar produciendo un efecto que difícilmente figuraba entre sus objetivos: acelerar el debate sobre una Europa menos dependiente de Washington. Al tratar a la Unión cada vez menos como un socio protegido y cada vez más como un competidor al que pretende imponer condiciones, está proporcionando argumentos a quienes llevan años reclamando una mayor autonomía europea.
La batalla también está dentro de Europa
Borrell ha añadido otra preocupación a su diagnóstico. Europa envejece frente a una África mucho más joven y en expansión, una transformación con consecuencias económicas, laborales y sociales que ya resulta imposible separar del debate sobre inmigración. El exalto representante considera que los flujos migratorios forman parte de la respuesta al desequilibrio demográfico, aunque reconoce las dificultades de integración.
La crisis de Ceuta ha introducido esa discusión de lleno en la actualidad española. Borrell ha criticado este lunes la reacción de una parte de los socios europeos ante España, ha defendido que la protección de los menores y solicitantes de asilo debe ajustarse a la legislación y ha reclamado reforzar las fronteras exteriores de la Unión.
Ahí vuelve a aparecer el mismo problema que atraviesa su intervención. Europa tiene mercado, normas, recursos y capacidad económica, pero buena parte de las decisiones que determinan su posición en el mundo siguen dependiendo de consensos difíciles entre veintisiete países. Europa tiene ahora más adversarios y sigue afrontándolos con instituciones diseñadas para un tiempo en el que creía no tenerlos.
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