El hombre en el castillo es una novela de Philip K. Dick que plantea un escenario ucrónico (género literario que especula con qué hubiese sucedido de haber terminado un determinado acontecimiento histórico de forma distinta a como ocurrió). El relato recrea, como hipótesis de historia ficción, una victoria total de las potencias fascistas del Eje (Alemania, Italia y Japón) durante la Segunda Guerra Mundial. De esta manera, la esvástica termina ondeando en todo el planeta, también en los Estados Unidos de América, y ya toda la humanidad brazo en alto y Heil Hitler. Tal argumento, propio de la especulación literaria, empieza a ser escalofriantemente real.
Oficialmente, el Tercer Reich se dio por derrotado en 1945, pero hoy ya tenemos indicios suficientes para concluir que aquello no fue más que un espejismo, un paréntesis, una pausa o intermedio en la hegeliana dialéctica de la historia. A lo largo de los últimos ochenta años, el fascismo en la sombra se ha ido rearmando, avanzando posiciones, ocupando todos los frentes de las sociedades occidentales. Hoy está más fuerte que nunca en todo el mundo. El trumpismo, la gran internacional fascista MAGA, es la continuación del Tercer Reich por otros medios, es más, es el Cuarto Reich en potencia y en acto. Una vez más, la imaginación prodigiosa de Philip K. Dick fue capaz de vislumbrar el futuro sombrío y distópico que nos espera.
Hay no pocos indicios para concluir que ya estamos viviendo, quizá sin que nos hayamos dado cuenta aún, en un régimen nazi. Y no solo el ascenso al poder global de un tipo como Donald Trump racista, golpista y genocida declarado. Alguien que ha amenazado con liquidar la Constitución americana para perpetuarse en el poder de forma vitalicia y ya para siempre. Hay otros síntomas que, aunque no queramos verlo ni afrontarlo, nos sitúan de lleno en un escenario como el planteado por la célebre novela ucrónica del genio de la anticipación. El modelo democrático liberal ha entrado en crisis y en los cinco continentes se abren paso partidos de corte neofascista. Los sistemas parlamentarios naufragan en franca decadencia. Y la fragmentación política, la polarización y el odio alimentado por las redes sociales (sobre todo por X, el altavoz mediático del goebelsiano Elon Musk) han creado una atmósfera política tóxica e irrespirable generadora de conflictos entre personas, sociedades y pueblos. La desafección de buena parte de la ciudadanía hacia la democracia (sobre todo de los más jóvenes que se afilian alegremente a los nuevos partidos fascistas, como en tiempos de la Europa de los convulsos años 20 y 30) es el mejor indicador reflejado en las encuestas sociológicas. Que uno de cada cuatro adolescentes españoles declare que prefiere una dictadura a un régimen de libertades confirma los peores presagios.
El mundo de ayer se ha derrumbado (como predijo Stefan Zweig, paradigma del suicida que prefirió morir junto a su esposa antes que seguir viviendo bajo una terrorífica dictadura); el Derecho internacional ha quedado liquidado, muerto y enterrado; y en todas partes emerge el mito del hombre fuerte, providencial, carismático llamado a salvar a la patria. Y si aún no hemos llegado al horror del horno crematorio, tal como ocurrió durante el Holocausto judío entre 1940 y 1945, no estamos tan lejos, ya que convivimos armoniosamente con otras cámaras de gas al aire libre, como el campo de exterminio de la Franja de Gaza. Trump promete levantar un complejo hotelero de lujo sobre los cadáveres de decenas de miles de asesinados; los militares de Netanyahu planifican otras “soluciones finales”, otros genocidios similares en el Líbano y Cisjordania; y Putin masacra a los ucranianos.
El ciudadano medio vive aterrorizado, pero no por los horrendos crímenes contra la humanidad que en nombre del nuevo Cuarto Reich se cometen cada día y a los que asiste indolente por los noticieros de la televisión –mientras engulle sin pensar una pizza o una hamburguesa–, sino porque el litro de gasolina anda por las nubes y muy pronto no le dará el bolsillo para su pequeñoburgués y contaminante coche barato. Se ha normalizado la violencia y las mujeres son asesinadas a diario, mientras los partidos del movimiento ultra ensalzan el machismo y niegan el feminismo. Se han abolido los principios elementales de la convivencia, se ha deshumanizado a quien piensa diferente (reduciéndolo a la categoría de insecto a fumigar), el ruido y la furia del haterismo rampante ha sustituido al respeto, al diálogo y a la buena educación. Todos llevan un supremacista dentro y pronto llegarán las delaciones entre vecinos y familiares.
Las potencias europeas vuelven a rearmarse hasta los dientes en una loca carrera hacia el desastre nuclear, tal como ocurrió en los peores tiempos del siglo XX, y hasta la ilustrada y pacífica Francia de Macron, con sus ojivas modernistas o de art nouveau, se suma al aquelarre final contra la supervivencia de la especie humana.
Hoy se revisa la historia para amoldarla a la nueva ideología nazi, en todas partes surgen discursos de odio racial, sexual y político y la religión medievalista retorna con fuerza (que se lo pregunten si no a las mujeres de Sagunto expulsadas de las cofradías de Semana Santa por el patriarcado hetero, blanco y ultraconservador). Al mismo tiempo, el capitalismo tecnológico va creando sus crisis de entreguerras, el desempleo, la desigualdad y el miedo al futuro, caldo de cultivo perfecto para el advenimiento del aprendiz de Hitler de turno. Otra vez el culto al líder, otra vez los enemigos y traidores a la patria. Las minorías son perseguidas (los científicos e intelectuales por rojos o zurdos, los inmigrantes por negros, los homosexuales por mariquitas). Retornan los cánticos que nos helaron la sangre y las soflamas nacionalistas cara al sol sobre el falso amor a la patria. La tiranía se ha instalado entre nosotros, que seguimos anestesiados, zombificados y enganchados al influjo narcotizante del Gran Hermano.