Adamuz, la noche en que la alta velocidad dejó de ser símbolo

Un accidente múltiple en la línea de alta velocidad Madrid-Andalucía reabre preguntas incómodas sobre el modelo ferroviario, la gestión de riesgos y la fragilidad de una infraestructura que se daba por amortizada políticamente

19 de Enero de 2026
Actualizado a las 9:09h
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Adamuz, la noche en que el AVE dejó de ser símbolo

La tragedia ferroviaria de Adamuz no irrumpe solo como un suceso devastador, sino como una grieta en un relato largamente consolidado. Durante décadas, la alta velocidad española se ha presentado como una política pública incuestionable, un espacio casi blindado frente a la crítica técnica y al debate presupuestario. La noche del domingo, con al menos 24 muertos, decenas de heridos y dos trenes descarrilados en un tramo supuestamente renovado, ese blindaje se resquebraja.

A las 19.40 horas, en una recta de entrada a la localidad cordobesa, el tren de Iryo procedente de Málaga perdió estabilidad en los últimos vagones e invadió la vía contigua. En sentido contrario circulaba un convoy de Renfe hacia Huelva. El impacto no fue frontal, pero sí suficiente para provocar el descarrilamiento de ambos trenes y convertir uno de los vagones en un bloque irreconocible de metal. La alta velocidad, pensada para minimizar el riesgo, multiplicó esta vez sus efectos.

Un punto crítico en un sistema saturado

Las primeras informaciones oficiales apuntan a un tramo renovado en mayo de 2025, con una inversión superior a 700 millones de euros. Esa cifra, repetida en las comparecencias iniciales, funciona más como advertencia que como garantía: la modernización no es sinónimo de seguridad automática. La investigación deberá determinar si hubo fallo técnico, error de señalización, problema en los desvíos o una combinación de factores. Lo relevante es que el sistema no absorbió el error, si es que lo hubo. Y ahí está la clave.

El modelo de alta velocidad en España se ha construido sobre la extensión de la red más que sobre la resiliencia de cada tramo. Más kilómetros, más destinos, más frecuencias. Menos debate sobre mantenimiento estructural, redundancias de seguridad o fatiga de infraestructuras que ya superan la década de uso intensivo. Adamuz no es un punto aislado; es un nodo dentro de una red sometida a presión creciente.

La gestión de la emergencia, entre eficacia y carencias

La respuesta institucional fue rápida y coordinada. La activación de la UME, el despliegue sanitario, la apertura de hospitales de campaña y la movilización de recursos desde distintas comunidades evitaron un balance aún más dramático. En Adamuz, el polideportivo municipal se transformó en centro de atención improvisado mientras los vecinos aportaban mantas, agua y apoyo logístico. La solidaridad funcionó antes que cualquier protocolo.

Pero la escena también mostró las limitaciones del sistema: accesos complicados, zonas escarpadas, vagones que solo podían retirarse con maquinaria pesada, heridos evacuados durante horas. La alta velocidad, diseñada para ahorrar tiempo, se convirtió en un escenario donde cada minuto pesaba demasiado.

El silencio incómodo de las preguntas

El ministro de Transportes evitó especular sobre las causas. Es una prudencia necesaria, pero no puede convertirse en cortina de humo. España arrastra una relación compleja con sus grandes infraestructuras: se celebran en la inauguración y se olvidan en la supervisión. La seguridad ferroviaria no es solo un asunto técnico, es una decisión política sostenida en el tiempo.

La muerte del maquinista de Renfe, confirmada por el Ministerio, añade un elemento especialmente doloroso. El factor humano suele aparecer al final de la cadena de responsabilidades, cuando el sistema ya ha fallado en otros puntos. La investigación deberá aclarar si se le exigió reaccionar ante una situación que el propio sistema no supo neutralizar.

Una red paralizada y un relato en pausa

La suspensión total de la circulación entre Madrid y Andalucía durante al menos 48 horas tiene un impacto logístico, económico y simbólico. El AVE, emblema de modernidad y cohesión territorial, queda temporalmente fuera de servicio en uno de sus ejes más transitados. No es un dato menor: cuando se detiene la alta velocidad, se detiene también parte del discurso político sobre la eficiencia del Estado.

Adamuz se suma a una lista corta pero significativa de accidentes ferroviarios que han marcado a generaciones. Cada uno reabre el mismo debate, que suele cerrarse con rapidez. Esta vez, la magnitud y las circunstancias lo hacen más difícil. No hay moraleja posible en una noche de muertos y heridos, pero sí una certeza incómoda: las infraestructuras no se amortizan con inauguraciones, sino con vigilancia constante. Y esa vigilancia, en España, siempre llega tarde.

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