El consenso fue durante décadas una palabra estructural en la política española. Hoy es presentada por la derecha radical como sinónimo de cesión, debilidad o traición. El desprecio estratégico por el acuerdo no es improvisado: es una herramienta para erosionar el sistema desde dentro.
Las democracias liberales no funcionan por unanimidad. Funcionan por pactos imperfectos. El consenso no elimina la discrepancia; la encauza. Sin embargo, Vox ha construido su identidad política precisamente contra esa lógica. El acuerdo es denunciado como componenda. La negociación, como claudicación. El pacto de Estado, como reparto.
La deslegitimación como método
Cuando se niega legitimidad al adversario, el consenso se vuelve imposible. Si el Gobierno es “ilegítimo” por definición, si las instituciones están “capturadas”, si los medios son “corruptos”, entonces el acuerdo deja de ser una opción política y pasa a ser una concesión moralmente inaceptable.
Es un patrón compartido con otras derechas radicales europeas y con el trumpismo estadounidense: desacreditar el sistema mientras se participa en él.
El coste invisible
La erosión del consenso no produce un colapso inmediato. Produce desgaste. Bloqueos presupuestarios. Deslegitimación constante de tribunales. Sospecha permanente sobre procesos electorales. Desconfianza hacia la prensa. Nada estalla. Pero todo se debilita.
La derecha radical entiende que el sistema democrático no cae de golpe; se vacía por dentro cuando la cooperación se convierte en sospecha.
En España, la cultura de pactos ha sido una herramienta de estabilidad en momentos críticos. El desprecio sistemático por esa tradición no responde a una propuesta alternativa de modelo institucional. Responde a una lógica de movilización: cuanto más fracturado el escenario, más rentable resulta el discurso de confrontación. No es un accidente ideológico, es una estrategia política.