Durante años, el centro político fue presentado como el lugar natural de la sensatez. Una especie de territorio templado donde supuestamente habitaban la moderación, el acuerdo y la responsabilidad institucional. En la política española, además, se convirtió en una palabra casi mágica. Todos querían ocuparlo. Todos decían representarlo. Muy pocos se detenían a explicar qué significaba exactamente.
Hoy esa idea atraviesa una crisis evidente.
España no ha dejado de tener votantes moderados, ciudadanos pragmáticos o personas que desconfían de los discursos más ruidosos. Lo que ha cambiado es el ecosistema político que les rodea. La polarización ideológica ha crecido durante este siglo, según los análisis realizados a partir de series del CIS, y la política se ha vuelto más emocional, más identitaria y menos dispuesta a reconocer legitimidad al adversario.
El centro, por tanto, no ha desaparecido como sensibilidad social. Lo que se ha debilitado es su capacidad para organizar la vida pública.
La primera confusión consiste en pensar que el centro equivale siempre a equidistancia. No es así. Estar en el centro no debería significar situarse a medio camino entre la defensa de los derechos y su retroceso, entre la igualdad y su negación, entre la convivencia democrática y los discursos que erosionan a las instituciones. Hay momentos en los que la moderación no consiste en repartir culpas, sino en defender con firmeza los principios básicos del sistema democrático.
Desde una mirada progresista, ese matiz resulta esencial. La política no puede reducirse a una competición entre tonos de voz. Un discurso sereno no es necesariamente más justo que un discurso intenso. Una propuesta presentada con formas suaves puede producir efectos profundamente regresivos. Y una política transformadora puede ser perfectamente institucional, rigurosa y responsable.
El auge de la extrema derecha en Europa ha complicado todavía más esta discusión. Estudios recientes sobre partidos europeos muestran que el apoyo a fuerzas de extrema derecha se ha multiplicado desde mediados de los años noventa y ronda ya una cuarta parte del voto en el continente. Ese avance ha empujado a una parte de la derecha tradicional a asumir marcos, lenguajes y prioridades que antes permanecían en los márgenes.
En ese contexto, hablar de centro exige hacerse una pregunta incómoda. ¿Puede una fuerza política presentarse como centrista si normaliza acuerdos con quienes cuestionan derechos civiles, niegan violencias estructurales o convierten la inmigración en un problema moral antes que social?
La respuesta no debería depender de la aritmética parlamentaria. El centro democrático no se mide por la distancia respecto a los partidos, sino por la relación que mantiene con los derechos, la igualdad y la calidad institucional.
También conviene reconocer que una parte del centro ha funcionado como mito mediático. Durante años se ha utilizado esa etiqueta para premiar determinadas posiciones económicas conservadoras y presentar como extremas algunas políticas socialdemócratas clásicas, desde subir el salario mínimo hasta reforzar los servicios públicos. Esa operación ha desplazado artificialmente el eje del debate.
Lo que en muchos países europeos fue consenso de posguerra, protección social, fiscalidad progresiva, servicios públicos fuertes y negociación colectiva, a veces aparece hoy descrito como radicalidad. Esa confusión empobrece la conversación democrática.
El verdadero centro social quizá no esté donde algunos editoriales lo colocan. Puede estar en la defensa de una sanidad pública digna, en una vivienda asequible, en salarios suficientes, en instituciones limpias, en una política migratoria humana y ordenada, en la igualdad entre hombres y mujeres o en la protección de las minorías frente al odio. Muchas de esas posiciones no son extravagantes. Forman parte de un sentido común democrático ampliamente compartido.
Por eso la desaparición del centro político debe matizarse. Lo que se ha evaporado no es la ciudadanía que desea acuerdos, sino la vieja fantasía de un centro neutral, sin conflicto y sin contenido ideológico. Toda sociedad democrática necesita pactos, pero los pactos no pueden construirse sobre la renuncia a valores esenciales.
Existe centro cuando hay voluntad de acuerdo. Existe moderación cuando se respeta al adversario. Existe responsabilidad cuando se aceptan las reglas del juego democrático. Pero no existe centralidad real cuando se utiliza la palabra centro para esconder retrocesos, blanquear extremismos o convertir la igualdad en una posición discutible.
Quizá el centro no haya muerto. Quizá simplemente haya llegado el momento de dejar de confundirlo con la comodidad.