Ursula von der Leyen propuso que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” de la Unión Europea. No miembro pleno, ya que el artículo 49 TUE reserva esa posibilidad a los Estados europeos, sino algo nuevo, todavía por fabricar. La presidenta habla de pasar del CETA a una “Alianza para el Futuro”: espacio común de prosperidad y seguridad económica, alianza tecnológica e integración de las bases industriales de defensa, espacio que ya se viene trabajando con el Reino Unido. Inmediatamente que se ha filtrado la noticia, Australia, Nueva Zelanda y México han dicho que se ponían en la cola.
Ayer, Mark Carney ha recogido el guante ante el Parlamento Europeo. Canadá propone comercio digital prácticamente sin fricciones para bienes no agrícolas y numerosos servicios, participación en Erasmus+ y Horizon, cooperación en minerales críticos, energía, IA, computación, espacio, pagos, servicios financieros y defensa. No parece precisamente un acuerdo para vender jarabe de arce.
Lo divertido es que Bruselas acaba de poner nombre institucional a algo que ya estaba ocurriendo por piezas. Canadá es formalmente el primer país no europeo integrado en SAFE, el instrumento europeo de 150.000 millones para adquisiciones conjuntas de defensa. Y SAFE contiene una pequeña bomba conceptual: Ucrania, U.K. y los Estados del EEE/AELC pueden participar junto a los Estados miembros en las adquisiciones comunes, mientras Canadá entra mediante un acuerdo bilateral específico. El perímetro industrial y militar europeo ya no coincide con el mapa político de la Unión.
Por si faltaba alguna pista, la Comisión propone ahora un Consejo Europeo de Seguridad que trabaje estrechamente con Canadá, Noruega, Reino Unido y Ucrania. Y Canadá acaba de solicitar formalmente su incorporación a la Joint Expeditionary Force, la fuerza multinacional europea liderada por Reino Unido. Es decir: comercio, tecnología, materias primas, industria militar y seguridad empiezan a organizarse mediante geometrías distintas. La bandera mantiene doce estrellas; la arquitectura empieza a parecer una comunidad de propietarios después de tres reformas simultáneas.
En La Europa de Hojalata planteé precisamente esa evolución. El capítulo 11 anuncia el final del “Club de Todos Igual” y describe una “Europa de los Cuatro Círculos”: un núcleo duro de integración y defensa; la Unión Europea ordinaria; unos miembros asociados vinculados al mercado y a políticas comunes sin pertenecer plenamente a la estructura política; y una comunidad exterior más flexible. Y el libro añadía, con bastante poca discreción, que Canadá podía ocupar “muy próximamente” un puesto como miembro asociado.
El modelo tampoco sale de un sombrero. Noruega, Islandia, Suiza y Liechtenstein llevan más de treinta años demostrando que se puede estar dentro del Mercado Interior sin pertenecer a la UE. Incorporan la legislación relevante del mercado único, participan en programas y agencias y colaboran en su elaboración, pero no votan cuando las instituciones europeas aprueban esas normas. Soberanía, sí; aunque con un manual de instrucciones bastante bruselense.
Ucrania recorre el camino inverso: desde candidato hacia una integración progresiva antes de la adhesión plena. En julio la UE abrió con Kyiv el grupo negociador relativo a relaciones exteriores, que incluye la alineación comercial y de defensa. SAFE, mientras tanto, ya permite integrar industria y proyectos ucranianos con los europeos. No hace falta esperar a la fotografía solemne de la adhesión para empezar a pertenecer funcionalmente al sistema.
Jurídicamente, conviene no vender todavía la vajilla: “miembro asociado” no es hoy una categoría prevista por los Tratados. Pero el artículo 217 TFUE permite acuerdos de asociación que establezcan derechos y obligaciones recíprocos, acciones comunes y procedimientos particulares. Materia prima jurídica hay de sobra. Falta decidir hasta dónde llega la obra.
Quizá por eso la Europa que viene no será exactamente una federación ni una simple organización internacional. Será algo mucho más europeo: complicado, gradual, lleno de excepciones y, para desesperación de quienes necesitan etiquetas sencillas, probablemente funcional.
En La Europa de Hojalata lo llamé la Europa de los Cuatro Círculos. Bruselas parece haber decidido empezar a redactar las instrucciones de montaje.
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