La caída del mito de la 'generación de cristal'

La monumental investigación del profesor Peter Fonagy desmonta el discurso populista sobre la salud mental, señalando a la precariedad, la soledad y el desmantelamiento del estado del bienestar como los verdaderos motores de una crisis sistémica

13 de Octubre de 2026
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Jóvenes generación cristal caída
Foto: FreePik

Hace dieciocho meses, al calor de un agrio debate en Westminster sobre el tijeretazo a las ayudas por discapacidad, al ministro de Sanidad británico, Wes Streeting, se le escapó una frase de esas que dejan mancha. Soltó, sin un solo dato que le respaldara en la carpeta, que la salud mental juvenil se estaba sobrediagnosticando en el Reino Unido.

Aquello encendió la mecha de inmediato. La bancada conservadora y los tertulianos habituales salieron en tromba a aplaudir. ¡Por fin alguien lo decía! Era la prueba que esperaban para apuntalar el viejo cliché populista: que los chavales de hoy son unos flojos, una generación de cristal incapaz de encajar los reveses normales de la vida y dispuesta a pedir la baja al primer dolor de cabeza. Pero la realidad, cuando uno se molesta en rascar la superficie, suele ser un plato digestivo bastante amargo para los profesionales del titular fácil.

Consciente del lío en el que se había metido, el propio Streeting intentó cubrirse las espaldas y encargó una auditoría a fondo sobre el avance de los trastornos emocionales, el autismo y el TDAH en Inglaterra. Se la encomendó al profesor Peter Fonagy, una eminencia indiscutible en la materia. Pues bien... la investigación acaba de salir a la luz. Y el golpe contra el discurso oficial ha sido tremendo.

Nostalgia cero y la mirada limpia

Hay un detalle en las primeras páginas del documento que te desencaja la mandíbula. No está en las tablas estadísticas ni en la jerga de los anexos, sino en el prólogo personal de Fonagy.

El sabio académico abre la puerta de su intimidad y confiesa, sin miramientos, que él mismo fue un chaval atrapado por una depresión negra en el Londres gris de los años sesenta. Pero no esperen la típica chapa del abuelo cascarrabias asegurando que "en mis tiempos sí que apretábamos los dientes". Nada de eso.

Fonagy echa por tierra esa nostalgia barata. Afirma con una contundencia que hiela la sangre que los chicos de hoy lo tienen muchísimo más difícil que él a su edad. Admira su entereza. Sostiene que esta juventud no es blanda ni caprichosa, sino que está teniendo que plantar cara a monstruos invisibles y a presiones estructurales de un calibre que su generación ni rozó. Apelar al viejo "espabila y espabila" ya no sirve de nada. El pasado es un país extinguido.

El entorno te enferma

¿Dónde están las causas de esta marejada de angustia? El informe lo deja clarísimo: el problema no es un fallo genético de la chavalería, sino las costuras rotas de la sociedad británica.

Hablamos del trauma acumulado tras la pandemia, de la imposibilidad de independizarse por el precio del alquiler, del empleo basura y de esa carrera de ratas permanente que se cocina a todas horas en las pantallas de los teléfonos móviles.

A todo ese caldo de cultivo hay que sumarle una herida sangrante: el desguace acelerado de la vida comunitaria. En la última década, al calor de los recortes presupuestarios, han ido echando el cierre programas como Sure Start, clubes juveniles de barrio y centros de encuentro. Los chavales se han quedado solos. Literalmente. Y cuando destruyes los espacios donde construir un sentido de pertenencia, la soledad y la desesperanza terminan desembocando, irremediablemente, en la consulta de un médico.

El abismo entre ricos y pobres

La investigación destapa además una perversión burocrática del Sistema Nacional de Salud británico. Hoy por hoy, conseguir un diagnóstico formal se ha convertido en la única llave que abre la puerta a la atención médica, a las adaptaciones en la escuela o a las ayudas estatales. Sin el sello del médico en un papel, no eres nadie.

Y claro, ahí se abre la brecha de clase. Con listas de espera públicas que superan el año de demora para una simple evaluación, las familias con pasta acuden corriendo a gabinetes privados de dudosa reputación para comprar el papelito rápido.

El resultado es un sistema perverso que penaliza al que no tiene recursos y que satura las urgencias médicas. Fonagy pide a gritos cambiar el chip: hay que detectar y atender las necesidades emocionales del chaval mucho antes de tener que encasillarlo con un código clínico en su historial.

Este trabajo no se ha publicado para adornar una estantería del ministerio. Conecta de lleno con el debate sobre el desempleo entre los más jóvenes y la reforma del subsidio por enfermedad. El recado que el profesor Fonagy le manda a la clase política de Westminster es seco y sin paños calientes: o se meten mano a las causas reales o el modelo de bienestar saltará por los aires.

Mirar para otro lado y seguir echándole la culpa a la supuesta flojera de los chavales es una irresponsabilidad criminal. Si la política insiste en refugiarse en discursos populistas en lugar de arreglar las escuelas, los alquileres y los servicios públicos de atención temprana, el precio no solo lo pagará una generación acorralada; lo pagará la credibilidad entera de las instituciones. Y eso sí que no habrá diagnóstico privado que lo cure.

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