Durante el siglo XXI, los mercados bursátiles han avanzado con una tenacidad que ha desafiado crisis, pandemias y ciclos monetarios cambiantes. El viaje no ha sido lineal, pero sí inequívoco: desde comienzos de siglo, el S&P 500 se ha multiplicado por más de cinco, una carrera que corona a la tecnología, y ahora a la inteligencia artificial (IA), como el motor indiscutible del capitalismo contemporáneo.
El ascenso ha sido especialmente abrupto desde 2020, cuando, tras el shock pandémico, la economía digital aceleró de manera vertiginosa y desencadenó una ola de entusiasmo inversor en torno a la IA generativa y los semiconductores que la hacen posible. Sin embargo, esta exuberancia tiene una contracara: valoraciones que se adentran en territorios históricamente elevados y una concentración sin precedentes del poder de mercado en un pequeño grupo de gigantes tecnológicos. El resultado es un sistema financiero que ya no refleja tanto la economía real como una apuesta colectiva por el futuro.
Espejismo estadístico
Los índices bursátiles han disfrutado de dos décadas de viento de cola, pero la trayectoria no ha estado exenta de tropiezos. Años como 2018 y 2022 recordaron que incluso en un mercado dominado por las grandes tecnológicas, la gravedad existe: el Nasdaq 100 cayó cerca de un tercio en 2022, víctima del enfriamiento pospandemia, del endurecimiento monetario y de una abrupta revisión de expectativas. Aun así, ni siquiera esos episodios se acercaron al estallido de las puntocom o a la destrucción de valor de 2008. Hoy, pese a las turbulencias, el mercado estadounidense continúa en terreno expansivo, aunque sus valoraciones se sitúan claramente por encima de sus promedios históricos.
El delirio que llegará
El PER del S&P 500 se aproxima a niveles altos dentro de su registro histórico, aunque sin alcanzar los excesos del año 2000 o los primeros meses posteriores a la pandemia. El Nasdaq 100, en cambio, se adentra en territorios menos confortables: su ratio se ubica claramente por encima de una desviación típica respecto de su media histórica, lo que revela a un mercado dispuesto a pagar precios considerables hoy por beneficios que solo existirán si la IA cumple sus promesas.
La comparación internacional introduce matices importantes. Frente a los múltiplos estadounidenses, que pueden superar las 30 veces de beneficios, los principales índices europeos y asiáticos cotizan en rangos que van de 13 a poco más de 20, lo que implica que los inversores pagan mucho más por cada dólar de beneficio en Estados Unidos que en el resto del mundo. Esa exuberancia se replica en la ratio precio/valor en libros, donde las grandes tecnológicas estadounidenses operan a múltiplos de entre cinco y nueve veces, frente a los dos de Europa y menos de uno y medio en Asia.
La paradoja es que, pese a estas valoraciones abultadas, la subida bursátil de 2025 en Estados Unidos ha sido más moderada que la de Europa y Asia. La explicación reside en la composición sectorial: mientras la revolución tecnológica impulsa la renta variable estadounidense, Europa y Asia viven un rally más robusto y menos especulativo en torno al sector defensa, la energía, la banca y la manufactura. Empresas como Rheinmetall en Alemania, Mitsui Kinzoku en Japón o Zijin Mining en China avanzan más del 150%, impulsadas por factores geopolíticos, por la transición energética y por la reorganización de las cadenas industriales globales.
Mercado dominado por los gigantes
Los analistas financieros que advierten un riesgo sistémico señalan la creciente concentración del S&P 500. Las diez mayores compañías, todas tecnológicas o profundamente apalancadas en la tecnología, representan ya casi la mitad del índice. A primera vista, esto parece motivo de preocupación, pero la concentración no es un rasgo exclusivamente estadounidense: el Ibex 35, el DAX alemán y el CAC francés muestran niveles similares o incluso superiores. Lo verdaderamente distintivo no es la concentración, sino la escala.
Las llamadas “Siete Magníficas”, Apple, Microsoft, NVIDIA, Alphabet, Amazon, Meta y Tesla, acumulan una capitalización conjunta superior a los veinte billones de dólares, lo que equivale a más que el PIB combinado de todos los países de la Unión Europea. Ese tamaño convertirá cualquier corrección puntual en un terremoto de escala global.
Narrativas inquietantes
El análisis financiero de estas gigantes tecnológicas ofrece un veredicto dual. Por un lado, empresas como Microsoft, Apple, Alphabet, Amazon y Meta presentan balances sólidos, márgenes robustos y tasas de crecimiento razonables. NVIDIA, por su parte, parece desafiar la lógica financiera, con márgenes operativos superiores al 50% y un retorno sobre el capital que roza lo sobrenatural. En su conjunto, el grupo exhibe un endeudamiento moderado, lo que contrasta con las burbujas anteriores, donde el apalancamiento era el combustible del exceso.
Pero la otra cara de la moneda muestra señales más inquietantes. NVIDIA y Tesla cotizan a múltiplos que solo se sostienen bajo supuestos extraordinariamente optimistas sobre su capacidad futura de generar beneficios. En el ecosistema más amplio de la IA aparece, además, una forma de circularidad financiera en la que los gigantes se financian, adquieren y abastecen entre sí, creando una red autorreferencial que distorsiona el análisis tradicional de riesgos. La exuberancia es aún más evidente en empresas de menor escala, como Palantir, ARM, C3.ai o Snowflake, cuyos múltiplos evocan los delirios especulativos de principios de siglo. No se trata de una burbuja monolítica, sino de un desnivel de especulación que va desde la solidez probada de Microsoft hasta las valoraciones casi metafísicas de C3.ai.
Reequilibrio
Detrás de estas dinámicas bursátiles late un proceso menos visible pero potencialmente más trascendente: la reconfiguración del flujo de capitales globales. La política económica de la Administración Trump está generando una creciente salida de capital desde Estados Unidos hacia Europa y los mercados emergentes. Tras dos décadas de dominio estadounidense, este desplazamiento podría anunciar el inicio de un ciclo nuevo en el que Europa y Asia recuperen relevancia como destino de inversión, no por haber encontrado el santo grial de la productividad, sino por presentarse como refugios más estables ante la incertidumbre política y monetaria estadounidense.
Mucho en juego
El debate profundo no es financiero, sino tecnológico. Todo dependerá de si la IA cumple o no su promesa de impulsar una nueva ola de productividad. Si lo hace, las valoraciones actuales no solo estarían justificadas, sino que podrían parecer baratas con el tiempo: la deuda pública sería más manejable, los márgenes empresariales crecerían y la transición energética aceleraría. Si la IA no logra cumplir esas expectativas, los mercados tendrán que ajustar sus presupuestos, y ese ajuste podría ser doloroso y catastrófico. Incluso en ese escenario, parte del capital mal asignado podría transformarse en infraestructura útil, como ocurrió con la fibra óptica tras la burbuja puntocom.
Pero la cuestión más delicada es distributiva porque el escenario se puede convertir en un nuevo tipo de tecnofeudalismo dominado por unas pocas corporaciones con capacidad de condicionar gobiernos. La proximidad creciente entre los líderes tecnológicos y la presidencia de Donald Trump añade un componente político que multiplica la incertidumbre.
El retorno del riesgo
Quizá el cambio más profundo sea cultural. Tras la crisis financiera de 2008, la ortodoxia económica predicó disciplina fiscal, balances limpios y aversión al riesgo. Esa era ha terminado. Gobiernos, empresas e inversores coinciden en que no participar en la carrera tecnológica tiene un coste mayor que endeudarse o asumir riesgos. El péndulo económico se ha desplazado hacia la inversión agresiva y hacia una tolerancia mucho mayor al riesgo financiero y político. Este nuevo paradigma puede alimentar una década de innovación sin precedentes o prolongar una ilusión colectiva que solo el tiempo desmentirá.
Hasta entonces, los mercados seguirán avanzando, confiados en que esta vez, quizá, el futuro sí justificará el precio.