Bruselas tiene las espaldas más anchas de Europa: aguanta hasta las tonterías de los políticos españoles

La Unión Europea lleva 75 años sobreviviendo a crisis, guerras, gobiernos, profetas del desastre, tertulianos y ahora youtubers cuñados. Lo verdaderamente extraordinario es que todavía no haya pedido la baja por agotamiento psicológico

27 de Octubre de 2026
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Hay que reconocerlo: los pasillos de Bruselas tienen unas espaldas formidables. Probablemente las más anchas del continente, con permiso de algún levantador de pesas búlgaro. Sobre ellas caben los errores de nuestros gobiernos, las frustraciones de la oposición, las incompetencias administrativas, las promesas electorales incumplidas y hasta las ocurrencias del último cuñado que, después de tres vídeos de YouTube y dos carajillos, ya está en condiciones de explicar  porqué todo es culpa de los “pasillos de Bruselas”. La culpa, naturalmente, siempre es de Bruselas. Da igual qué haya ocurrido, quién firmó la decisión o quién levantó la mano para aprobarla. Bruselas tiene la ventaja de estar suficientemente lejos para no poder defenderse en Tik Tok y suficientemente cerca para cargarle cualquier muerto.

El maravilloso oficio de echarle la culpa al vecino

La fórmula es infalible. Cuando una medida gusta, ha sido una conquista de los nuestros, sea Gobierno nacional o nuestros próximos políticos, fruto de su extraordinaria capacidad negociadora. Cuando disgusta, es una imposición de Bruselas, una exigencia de esos misteriosos burócratas que, según cierta literatura política, se levantan cada mañana pensando cómo fastidiar a un agricultor extremeño o a un transportista de Albacete. Lo curioso es que muchas de esas decisiones se aprueban en el Consejo de la Unión Europea, donde se sientan ministros de los propios gobiernos nacionales, junto al Parlamento Europeo, que curiosamente son mayoritariamente del Partido Popular y de la derecha más dura, pero semejante detalle estropea una buena rueda de prensa.

El cuñado europeo ya tiene canal de YouTube y Tik Tok

La especialidad ha evolucionado. Antes, para pontificar sobre Europa, hacía falta una columna periodística o un micrófono. Ahora bastan un teléfono, una expresión indignada y un título en mayúsculas anunciando que alguien ha HUMILLADO a alguien en el Parlamento Europeo y que se desatará el kaos. En marzo de 2025, Maldita.es documentó una red de 49 canales activos de YouTube que difundían enfrentamientos ficticios entre políticos españoles y europeos, con voces sintéticas e imágenes manipuladas. La política convertida en lucha libre, pero sin necesidad de que los contendientes hayan coincidido siquiera en el mismo edificio.

Tampoco falta materia prima entre los políticos profesionales. En septiembre de 2026, Vox volvió a cargar contra la sobrerregulación europea y su eurodiputado Jorge Martín Frías atribuyó responsabilidades al PP, los socialistas y los verdes. Es una crítica política legítima, naturalmente, y Europa tiene burocracia suficiente para proporcionar trabajo a varias generaciones de destructoras de documentos. Pero convendría distinguir entre una norma europea, su aplicación nacional y los requisitos adicionales que cada administración decide añadir. Porque tenemos una extraordinaria habilidad para fabricar nuestros propios laberintos administrativos y después denunciar que el plano llegó desde Bélgica.

También circuló aquella memorable historia de que Europa nos obligaría a comer gusanos. La Comisión tuvo que recordar, con paciencia casi maternal, que autorizar un alimento sometido a controles sanitarios no equivale a obligar a nadie a desayunarlo. Parece evidente, pero la evidencia tiene pocas posibilidades cuando compite contra un vídeo alarmista acompañado de música de suspense.

Los británicos decidieron probar el experimento

Y entonces llegamos al Brexit, esa maravillosa demostración práctica de que las soluciones sencillas para problemas complejos suelen necesitar bastantes explicaciones posteriores. Durante años, sectores de la política y la prensa británicas alimentaron historias sobre las absurdas normas europeas, incluyendo los célebres plátanos demasiado curvados. Boris Johnson contribuyó a popularizar aquel folclore normativo. Finalmente, en 2020, el Reino Unido abandonó la Unión. Se acabaron las imposiciones. Llegó la soberanía. Y, con ella, nuevos trámites comerciales, controles fronterizos y dificultades que no desaparecen simplemente agitando una bandera.

La Oficina británica de Responsabilidad Presupuestaria mantiene en sus previsiones de 2026 que el Brexit reducirá a largo plazo la productividad del país un 4 % respecto al escenario de permanencia. Es una estimación económica, no una factura definitiva, pero merece atención. Nigel Farage continúa defendiendo la salida y atribuye buena parte de sus problemas a cómo la gestionaron los gobiernos británicos. De modo que también fuera de la Unión permanece intacta una tradición europea: cuando la realidad no coincide con la promesa, siempre queda alguien a quien responsabilizar.

Setenta y cinco años después, la maldita Unión sigue aquí

No pretendo canonizar a Bruselas. La Unión comete errores, produce normas difíciles de entender, negocia con desesperante lentitud y presenta ocasiones en las que parece necesitar tres comisiones, cuatro informes y siete traducciones para decidir dónde colocar una papelera. El Tribunal de Cuentas Europeo estimó que el 3,8 % del gasto presupuestario de 2025 estaba afectado por errores de regularidad. Hay motivos para exigir correcciones, transparencia y responsabilidades, sin confundir irregularidades contables con fraude.

Pero hay algo que merece recordarse. Aquella cooperación que comenzó con seis países en 1951 reúne hoy a veintisiete. Ha superado crisis económicas, ampliaciones, enfrentamientos diplomáticos y la salida de uno de sus miembros. En el Eurobarómetro de primavera de 2026, el 74 % de los europeos consideraba beneficiosa la pertenencia de su país a la Unión; en España, el 79 %. No son cifras de unanimidad, pero tampoco describen precisamente una institución moribunda.

Y quizá ahí esté la cuestión. Europa no necesita aduladores que disculpen sus errores ni vendedores de apocalipsis que los inventen. Necesita ciudadanos capaces de distinguir entre lo que decide Bruselas, lo que acuerdan sus gobiernos y lo que nuestros dirigentes hacen después con ello. Criticar a la Unión es saludable; convertirla en el vertedero de todas nuestras frustraciones es bastante menos útil.

Porque, después de 75 años, lo verdaderamente sorprendente no es que Bruselas tenga las espaldas tan anchas. Es que algunos líderes de opinión todavía tengan la cara suficiente para cargarle decisiones que ellos mismos o sus próximos negociaron, mientras nos explican solemnemente que la culpa es de otros. Y encima pretenden que les aplaudamos.

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